jueves, 6 de septiembre de 2018

La mancha

El abuelo se manchó con sangre, nada grave, un estornudo desprevenido y un vaso sanguíneo de la nariz que explotó por el susto.

Lo que sentía serpenteando por su nariz le daba sensación de agua, aunque al verse la mano por la inercia de los abuelos y de los niños, comprobó que los dedos estaban mojados pero también rojos.

Como esto había sucedido varias veces (quizás por los anticoagulantes), él ya conocía los procedimientos. Cabeza hacia atrás, algodones en la nariz, paciencia y de tratarse de un vaso sanguíneo rebelde y obstinado, humedecer otros algodones con una crema especial, minuciosamente recomendada por su farmacéutica (y podemos poner “su” con total confianza, como podemos ponerlo con ciertas madres sobreprotectoras).

La situación no activó alarmas, casi nunca lo hacía, salvo alguna que otra vez cuando el abuelo se asustó un poquito de más por la sangre que demoraba en calmarse (no estamos a gusto cuando no podemos mantenerla en el cuerpo). No fue esta vez como esas otras, donde decidió telefonear a alguno de sus hijos para comentarles sin ningún tipo de fatalismo lo que le sucedía, usando de hecho reacciones burlecas o graciosas ante un ofrecimiento de ayuda para patear la exageración al otro lado del teléfono.

Lo que sucedió esa vez fue diferente, porque el abuelo, aun demasiado prolijo en sus procedimientos médicos, no pudo evitar que una gota caiga en sus bermudas beige a unos cinco centímetros de la rodilla derecha. Mientras casi veía la tele (por su postura preventiva) y quitaba con cautela el algodón de su fosa nasal divisó el círculo rojo en su pierna. “Uy que lo parió”, dijo haciendo esa pausa en la p para marcar con la bronca abierta la letra a.

Por inercia arrastró el pulgar por la mancha casi seca en dirección a la rodilla, luego carajeó una vez más antes de sacarse las bermudas para llevarlas hasta el lavarropas. Se puso después un pantalón de gimnasia, pero en el camino a la silla que casi sabe los horarios de sus programas favoritos decidió volverse para rociar la mancha con antigrasa, quizás no tanto por la grasa que podría tener la sangre sino más bien por el comfort tipo spray que expulsa casi cualquier gatillo anaranjado.

Una señora concurría a su casa todos los jueves como un mesías semanal, pero ese martes el abuelo no pudo contener su malestar y pensó en llamarla para que pueda explicarle el funcionamiento del lavarropas, pero mientras revolvía la lista de contactos de su teléfono móvil supuso mejor darle una oportunidad a su nieto con la excusa o el premio de unos nuevos auriculares para su ordenador.

Entre los dos pudieron activar el aparato, el abuelo fingía estar interesado en aprender pero sólo quería oír el mismo ruido con agua lejana de ciertos jueves, sin importar bajó qué procedimientos. “Ya está abu, ¿vas a poder tender la ropa vos solo?”. El abuelo le jugó una amenaza de pellizcón en las costillas, apretando su labio inferior con los dientes, “¿tan viejo tonto es el abuelo?”.

El nieto se quedó un rato, un sacrificio temporal enorme que iba matando a cada minuto algo mejor que hacer; para el abuelo en cambio, fue una compañía a la que no supo adjudicar una unidad de tiempo. El lavarropas recién centrifugaba cuando se despidieron, y en el meollo del abrazo la ansiedad de Don Rogelio necesitaba no-ver la mancha de sangre.

Fue consciente de cada segundo en que la tapa de todo lavarropas oficia de seguridad aeropuertaria, no había tanta ropa dentro por lo que la bermuda se evidenciaba entre la poca ropa arrugada como un alivio lleno de perfume y humedad. Abrió la puerta redonda y al sacarla, el abuelo notó con enorme fastidio que la mancha, ahora marrón, seguía donde la sangre se había extraviado. “Y no salió che... No salió”.

Sería justo decir que esos días fueron exclusiva propiedad de la mancha, el abuelo puso a secar la bermuda el mismo martes por la tarde, ansioso por otorgarle a los rayos matutinos del miércoles alguna propiedad milagrosa, pero en su defensa vale aclarar que no visitó el tendedero más de tres veces. El abuelo abordó otro tema además de la mancha: cuál era la siguiente movida, digamos el cómo hacerse versus de la sangre.

Sandra. La milagrosa Sandra. Un tanto quejumbrosa sí, otro tanto parlanchina. Pero quién sino ella para encontrarle solución a su problema. El abuelo la esperó por la mañana con las bermudas sobre la mesa, como el niño que espera a su madre para poder llorar de una buena vez. Luego del saludo protocolar, y todavía en el umbral de casa, Sandra sintió una lógica curiosidad por la prenda sobre la mesa del desayuno. “¿Y eso Don Rogelio?”... Finalmente Don Rogelio pudo hacer catarsis luego de dos interminables días.

Sandra dijo las palabras mágicas, o así sonaron. “Agua oxigenada Don Rogelio, y cuando afloje un poco la lavamos de nuevo”. Y sí, el abuelo entendió que debería vivir otra vez la espera mecánica y cíclica del aparato. Estuvo atento a los movimientos del cepillo de dientes sobre la tela, como apretando la mancha con la cabeza al ritmo de las cerdas, “Dale un poquito más Sandra”, pero ella le dijo que no entre risas, ya que de esa forma podría dañar el tejido. “Ahora le damos un lavado rápido con agua caliente y a ver si sale”. Él en primer lugar se alivió porque el tiempo de espera en este caso sería menor, luego se preguntó qué tipo de lavado habría programado junto a su nieto el martes, concluyendo en que no había demorado poco. “¿Y así cortito la va a sacar?”, ya no estaba tan convencido de que la situación le fuera tan favorable. “Y... vamos a ver Don Rogelio...”.

Y no. No la sacó, la mancha estaba menos pronunciada, había que admitirlo. O no. Quizás más acentuada, como invadiendo la tela para siempre, por lo que Don Rogelio no encontró qué otra pregunta hacerle a la mujer sobre el tema. Ésta se despidió menos preocupada de lo que a él le hubiese gustado, además no dejó constancia al despedirse de tener un plan alternativo para combatir el círculo marrón de sus bermudas favoritas, tampoco echó una ojeada al tendedero antes de cerrar la puerta. Lo había dejado solo en ese lío.

“Qué macana che...”, pronunciaba el abuelo girado hacia el sol del atardecer. La casa olía como un horno de pan perfumado.

Como el calor del verano dejó seca la ropa casi en un instante, el abuelo se puso las bermudas para sentir cuál era el verdadero daño de la mancha, pero aunque la fragancia hizo su esfuerzo para persuadirlo no logró aflorar su calma. “No... mirá. Se ve, se ve”, profirió antes de volver al pantalón de antes.

Mientras no dormía se dijo que pudo haber un yerro en los mecanismos, porque aunque él mismo había percibido el esfuerzo del cepillito y del agua oxigenada batallando contra la sangre, el lavado cortito ese lo había tomado por sorpresa al finalizar tan pronto, sobre todo cuando lo comparó con sensibilidad frente al realizado el día antes. Pero a su vez ese había sido con agua caliente y el del nieto no... “Largo y caliente”. Siguió desvelado unas horas sin sentirse un loco, porque si la obsesión lo hubiese tomado de rehén lo habría obligado a levantarse en mitad de la noche para dar el lavado correspondiente (luego del cepillito). Pero no lo hizo, y con la respiración acompasada en esa conclusión durmió un par de horas antes de que toque levantarse.

Con la misma cuerda disciplina, el abuelo tomó su desayuno junto a sus pastillas atento en no apurar la taza ni las tostadas. Masticaba precisando lo crujidos del pan, daba una vuelta extra con la cuchara, tintineaba el borde de la taza.

Luego, como si recién lo recordase, fue hasta la silla de su habitación y tomó las bermudas (de un beige ahora un tanto más claro) para llevarlas hasta el baño y hasta el agua oxigenada. Luego al lavarropas, al cual por una cuestión de supervivencia instintiva, pudo activar en el lavado más largo del programa y con agua caliente.

Se sentó con el ordenador a revisar sus dos casillas de correo, a leer el diario, tiempo casi compatible con la totalidad del lavado. La casa se parecía cada vez más a abrir el envase de jabón y aspirar profundamente, y ese aroma crecía a la par del ronronear del lavarropas, lo que al abuelo le generaba sensaciones enemigas o envidiosas.

Esperó otra vez los minutos de penitencia con los brazos inquietos. Quizás sabía que la mancha no había salido, más por lógica terquedad que por un don de adivino; así con la prenda mojada entre sus manos parecía querer discutir con la mancha. “Estás. Te veo ahí.”.

Ya sin buscar apoyo en su nieto y casi a escondidas de Sandra, el abuelo siguió lavando las bermudas por un tiempo, éstas empalidecían e iban perdiendo peso como quien sufre una tortura prolongada. La casa ya había cedido el mando al perfume del suavizante, ante la sorpresa de Sandra, que ya no sabía cómo apretar más las tapas de los envases.

Luego de todos los lavados, de todo el sol, de toda el agua oxigenada, de tanto cepillito... el abuelo probó salir a la calle con la borrosa mancha de sangre; dio unos pasos indecisos, como si su cuello estuviese lleno de hormigas, pero a las dos cuadras volvió a su casa para cambiarse, sintiéndose observado, convencido de lo ridículo de ese pensamiento. Convencido de que había que volver. Convencido de su confusión.

No dijo porque no usó más esas bermudas, las más limpias del mundo... ya que casi nadie notó que no estaban sobre sus piernas. Casi todos menos su nieto, que en un día alejado del verano le preguntó por aquella vez en que limpiaron la ropa. “¿Y qué tiene Abu?. Usala igual... si vos sabés que está limpia.”.

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