¿A qué jugaba usted
cuando estaba triste Don Julio? ¿Cómo diferenciaba la melancolía
de la pena? No crea que hoy vengo dramático porque “yo” no lo
creo, lo que no quita que estas letras peguen media vuelta con una
olla de agua hirviendo en las manos. Digamos que si me pregunta por
dónde ando diría que por una callecita descriptiva, media doble
mano media autopista.
Porque hoy charlando con
un amigo salió la tristeza a dar una vuelta, pero salió en un día
de alma soleada y sin chaparrones, salió como tema y no como alguno
de nuestros hombros. Pavada de sorpresa me llevé al empezar a hablar
de ella como queriéndole sacar el cuero (no literalmente, ya sabe
que a veces me patina la patria), estaba por ahí aunque lejos, pude
reflexionar con ella y no desde ella. Sinceramente no estoy seguro si
mi amigo sintió lo mismo, no pude leer si los dos hablábamos de mi
tristeza teórica mientras la suya masticaba su cabeza, pero mire que
de querer habernos engañado no lo culpo, porque yo también sé cómo
hacerlo y asimismo sé que por lo general suele salir bien.
La cuestión es que
estuvimos de acuerdo en una cosa irreductible: Los que no recordamos
el primer instante en que esa clase de tristeza no te deja hacer pie,
los que no tuvimos quizás un momento bisagra, luego del cual no haya
habido día sin pena (algo extremo, lo sé). Decía, los que no
sabemos de dónde salió ni por qué... Muchos días la sentimos
llegar sin explicación, con el mismo mundo girando lleno de esa
gente que nos gusta y que no nos gusta tanto, con un perro triste que
sigue moviendo la cola por las dudas, con un regalo o con un
extravío, con los mismos ojos buscándonos en el espejo madrugado,
con el sol o inestable, con la misma cantidad de amores al debe o al
haber. Así la muy sabandija nos prepara una fiesta sorpresa sin
invitados.
Entonces Don Julio, la
recibimos asustados y tercos, “Disculpame... ¿cuánto tiempo te
vas a quedar? ¿vas a volverme a obligar a reflexionar sobre lo que
no me gusta de mí? (volver-obligar-reflexionar... Mamita qué
sintaxiscazo, pero cuando lo leo despacito es eso lo que
quiero decir: ¿De nuevo?), ¿cuántos días contentos con las mismas
características que éste, donde aparecés haciéndote la distraída,
pasaron desde la última vez?”. Por eso (por la inexplicabilidad),
me cuesta culpar a los depresivos (depresivos es una de mis palabras
infavoritas, pero “muy tristes” suena a que no conozco la
palabra “depresivos”. En fin), porque sin haber llegado tan lejos
sé que no tenemos motivos para estar así de tristes, y curiosamente
cuando los tenemos nos reforzamos (los tristes digo), porque ahí no
creo que esté el problema, sino cuando ese espejo te mira y te
asevera que no tenés verdaderos motivos para no querer barrer el
piso, para no orear la casa, para no ir al supermercado.
Y como no sabemos la
estadía de la pena empezamos la pulseada realidad-inevitabilidad.
Porque es casi un hecho que va a volver-a obligar-a reflexionar y
meta comerse el bocho con las cosas (nimias y no tanto), con ese nudo
de humanidad que todos tenemos, así concluimos en que lo mejor es
abrazar esos días lo mejor que se pueda, sabiendo que la caducidad
depende de la cafeína que haya tomado la tristeza antes de ponerse a
jugar con uno, y esperar a que se canse procurando no permitirle el
papel protágonico que a ella tanto le gusta.
Cuesta mucho le digo, yo
a usted no tengo necesidad de mentirle y triste por estos días no
ando, entonces lo veo como a los problemas ajenos que cuando nos
pasan a nosotros qué macana, pero que al aconsejar qué
transparencia... si hasta dan ganas de ponerse en los zapatos del
pobre confidente que no sabe cómo despegar la cabeza de la mesa del
café. Pero no señor, que antes de atarse los cordones de esos
zapatos ajenos y de otra talla, seguro aparecerían las dudas...
A ver si me sale y la
próxima vez pongo un reloj hipotético cuando ésta ande cerca, de
momento sé que vuelve (que va a volver). No se ha ido en 36 años
mire si ahora va a perder el mapa de la boca de mi estómago... No
significa esto que la vaticine, alguien que no la haya sentido nunca
de la manera que acá procuro contarle seguro me trata de
melodramático, y hasta tal vez tiene razón, porque si alguien tiene
miedo de las mariposas y me pregunta catorce veces si en el muelle
hay mariposas también me va a generar algo parecido. Y tener razón
en estas cosas no es término absoluto, no pretendo que me comprenda
quien sólo ha estado triste de manera causal, con circunstancias,
con duelos milimétricos.
¿Y por qué va a
volver?, quizás me preguntaría (me refiero a ese desconocido, pero
si me lo pregunta usted también intento contestarle). Vuelve porque
puede salirme un afta, una roncha atrás de la rodilla, un dolor de
cabeza. Y a veces conviene buscarle razones, que las defensas bajas,
que los nervios del trabajo (o la ausencia de trabajo), o de esposa,
o quizás bichos en las sábanas, o nervios por una idolatría del
deporte... vaya uno a saber. Pero si analizamos esas ronchas, o ese
dolor de cabeza o las llagas en la boca, corremos atrás de los
mismos motivos que esa pena que golpea la puerta a principio de mes,
día 28 o a la mitad de la segunda semana. Y a veces conviene
reflexionar Don Julio, pero otras veces no tanto...
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