jueves, 6 de septiembre de 2018

Carta a la que me ha olvidado

Perdone usted si empiezo tan de golpe... ¿Pero alguna vez se puso a reflexionar la de veces que uno piensa en la gente que es o que fue parte de su vida?. Espere, no quiero enchastrarla con ese barro que seguro imagina, no estoy disfrazando un anhelo de... “piense en mí”. Es un comentario nada más. Ojo, tampoco quiero que suponga que no pienso en usted. En fin, hablo de esos pensamientos fugaces, de las cachetadas agridulces que suceden entre realidad y cordón de la vereda, entre estornudo y bocinazo. No me diga que no sabe de qué va esto, no me refiero al tipo de reflexión profunda que, justamente ahora, le pido que tenga en consideración... sino a una zapatilla similar, a unas pecas “del tipo de”, a un piercing en el mismo sitio insano, a los nombres coincidentes. ¡Ese es buen ejemplo!. Un nombre, no precisamente el mío si acaso el mero hecho de que diga eso la enoja, el que quiera... Suena un nombre por ahí y algo le tiene que chapotear en el cerebro, no digo que sí o sí salpique nostalgia o pena (amor tampoco, claro que no, y menos si se trata de mi nombre). Digo un salpicón inofensivo pero un pelín cronometrable.

Yo creo que no nos damos cuenta... pero fuera de la razón pasa mucho por la cabeza en un día, ¿no?. Ya sigo con esta teoría que a decir verdad ni he empezado a relatar, pero antes quiero aclararle: Voy a pisar ese terreno que simulé evitar más arriba (quizás sin perspicacia), le voy a hablar de mis otros pensamientos suyos, o de sus otros pensamientos míos... Bueno, de esa mezcla rara. Voy a procurar diferenciarlos, no sea cosa que a pesar de mis explicaciones no le acabe de quedar claro. Porque además, pensándolo bien... Usted no puede evitar que la piense de vez en cuando. Más arbitrario aún, no me lo puede prohibir.

Ahora bien, no crea que todo es devoción, a veces la imagino como a un personaje de un cuento, casi como a una musa, pero usted tiene una sonrisa precisa y real, que si la describiese tal como es no sería muy poética (no se ofenda). La de un personaje no sé, sería como una canción sin voz ni humo; la suya es más bien de muchos dientes y hacia arriba. Otro ejemplo aver (a ver todo junto), el pelo de un personaje es infinito y serpiente, mientras que su flequillo sobra y desconcierta (me diría usted que todo esto no le importa, pero bueno, yo sigo igual). Después, para que vea, dentro de mis cavilaciones reflexivas sí que llega a ser pura poesía, porque ahí me pongo como a tejer con el orden y la concentración que se necesita para recrear a su suéter violeta, que se entrama zigzagueando a la manta con la que nos tapamos para ver el primer film en su sofá; así esa especie de alfombra persa se ensambla a “Non ti Muovere” y a los lagrimones por Penélope Cruz; y cuando el pedazote de tela va buscando espacio entre su pecho, que con gracia pero con cierta paciencia malhumorada, critica a mis manos por ser tan pero tan respetuosas (“criticaN”, si en vez de pecho digo sus tetas), se me arruinan los fideos, o se me hierve el agua para el mate.

Pero con los otros momentos hay diferencia, porque cuando la recuerdo con cierta fugacidad, sus apariciones son un susto o una carcajada, digamos que usted se le parece a algo mitad alguien, o simplemente a un momento.

Bueno, dejemos el crochet cansino a un lado, ni siquiera puedo entender de qué se acaban de tratar estos últimos párrafos. Me toca sacarme el barro de las suelas para ahondar en la fugacidad de esos pensamientos más... inofensivos si se quiere, donde tal vez voy a comprar leche al mercado abajo de casa, temprano y medio, cuando apenas han abierto; por lo cual si aparece en un perfume que pasa como un demonio entre el vuelto y las gracias, no hay profundidad de reflexión. No me doy cuenta que ha vuelto a visitarme sin aviso entre las ropas de quien está detrás del mostrador deseándome buenos días. Además justo al salir puede aparecer un niño que se parece a mi amigo Gustavo, y siendo niño es graciosísimo porque mi amigo Gustavo ya ronda los 40, pero se le parece y de golpe me muero de ganas del café matutino al sentir, como si recién llegase a mi mano, el cartón de semidesnatada.

Imagino que de esos tenemos miles en un día, que por una cosa es mi mamá, por otra es mi perra de la niñez, por otra es mi profesora de ayuda para matemáticas... Y ojo, que esa mujer sucedió hace más de veinticinco años, pero fumaba Imparciales mientras me daba la clase, uno atrás del otro, y ese olor nunca aprendió a irse para siempre. O la cara del profesor de fútbol que nos apaleaba las piernas en algún verano de los años 90', que a pesar de no recordarla, suele aparecer un tipo que me la trae a la cabeza, vaya uno a saber por qué.

La cuestión es la siguiente:

Si después del profesor o de la profesora, si antes del olor a madera húmeda que huele igual que algún recoveco de Reñaca, o después de una filetto en algún departamento de mi edificio, que casi me obliga a meter un pan imaginario en la salsa de mi Tía Susana, usted va y viene con apariciones fantasmagóricas (y fugaces eh, fugaces de verdad), yo ya no sé si son parte de esas cachetadas del pasado o puntadas sin hilo, que aunque también son del pasado, no hacen más que entorpecerme el presente.

No sé la verdad...

Mi vida pasa cada día entre lo que hubo y lo que va pasando, la leche por ejemplo, a su vez me encargo de esconder las agujas de tejer tratando de olvidar sus coordenadas. Aunque no le puedo prohibir que levante la mano entre esos flashes que encandilan y marean. Eso es... Usted es como el alumno sabihondo que no para de levantar la mano, “yo seño, yo”, y la seño alza la vista casi apretando los dientes mientras sus ojos la ven y no la ven, como que procuran hacer foco en otro lado. Pero usted y su mano se enardecen, se salen mano y cuerpo del pupitre... ¿Por qué se enoja la docente si usted no es culpable de la ignorancia del resto?. Los alumnos tampoco celebran esa actitud avasalladora, pero a fin de cuentas ellos son sólo unos chicos. Así la seño no-puede- creer estar diciendo nuevamente su nombre para que de una vez responda y se calme. Y otra vez responde y ahí está la verdadera y única macana... Porque otra vez responde bien.

Sea como sea, y para ir terminando esta carta, yo supongo que reduciré tarde o... menos tarde mis horas para tejer, es así como funciona el olvido; a su vez perderé la cuenta de la de veces que alza la mano omnipresente, o al menos le prestaré menos atención entre saltar un charco y esperar a que el semáforo de verde. En cuanto a usted. Usted no puede evitar que pase una vez por su día, y si se siente orgullosa y enfadada con esto que digo, pongamos por su semana, o si prefiere por su mes. ¡Lo que sea! ¡Por su año!, déjeme terminar... Ojalá que en esas visitas que quizás le haga yo mientras compra una maceta, o mientras cambia el cierre de un bolso, su cerebro distraído no mastique ni se embronque mediante sus cejas. Ojalá que esas visitas se parezcan más bien a una sonrisa.





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