¿Cómo le va Don Julio?.
Ya lo sé, a estas alturas debería concentrame más en esa cara de
ofensa distanciada que percibo, y no tanto en contarle este desvelo.
Aunque quizás con franqueza combine las dos cosas, una por obstinado
y la otra por haber dormido una siesta.
Primero tiene que aceptar
que quien carece de algo digno de ser contado mejor se calla, ¿no?.
Y digno por decir digno es difícil, ya que con usted mi listón
sufre vértigo. Luego entender que saludarlo para ver como van sus
cosas allá donde esté no es muy literario que digamos, eso puedo
hacerlo sin dobles sentidos mientras veo su cuadrito hecho con un
vinilo que me regaló un amigo croata (ya puedo imaginar que si no le
explico eso del vinilo me va a resoplar el humo en la cara, pero no
quisiera repetir el patrón del desvarío. Ya me conoce).
Cuando me “voy” a
dormir no soy de dormirme de inmediato, o sea que en realidad estoy
yendo siempre a acostarme y luego de acostado un rato largo me
“quedo” ahí a esperar a la inconsciencia. Suena tan normal para
mí este hábito que sin importar lo cansado que esté, las horas que
lleve sin dormir, la tranquilidad de mis ideas... Casi siempre me
obligo a soñar despierto. Espere ahí, que sé que es un cliché,
pero para que eso haya sucedido (y esto abarca cada “cliché”
existente) será porque más de uno se “fue” a dormir y
durmió-las-pelotas, así creó un negocio de neumáticos reciclados
de otros neumáticos que antes fueron balas de goma. El punto (que ya
debería ser punto aparte), es que yo sueño con ficciones de mi vida
para que no me ataque la realidad tipo neumáticos. Tengo una de
aventuras que ni podría sospechar, y lo más curioso es que en esas
historias procuro una cronología realista, lo más minuto a minuto
que me permite la ansiedad cerebral. Pero alguna que otra vez, más
otra que alguna, la realidad grosera y saca-mocos empieza a molestar:
¿Terminate? ¿Ah? ¿Papá no etá muy viejo? ¿Ah? Cuchame ¿Quién
es sa chica con la que hablá? ¿Es la que te guta? ¿La de la tienda
de ropa súper moderna? ¿Ya puedo preguntate? ¿Le dijiste que lo
queré? Che. ¿Por qué no hacé algo si no podé casi moverte?
Y así, dentro de esas
“otras” más que “algunas” prendo la luz. Pero para seguir
reagrupando las eventualidades tengo que subdividir estas ocasiones
en que no hay caso con las sábanas, ni con los giros o los
boca-abajo. Está cuando me la banco con un cigarrillo oscuro
cantando el arrorró a la realidad hasta que se duerme, y cuando
(después de tanto tiempo Don Julio), me rindo a mantenerlo despierto
conmigo a pesar de sus preguntas insoportablemente redundantes.
Es importante poder
moverse, y creerá usted que le hablo de avanzar de manera temporal,
superación le llaman algunos, pero yo no le hablo del movimiento
tipo autoayuda sino del movimiento de fábrica. Caminar por ahí sin
que parezca que las piernas se olvidaron de estar de pie para
llevarlo sorpresivamente al suelo, andar sin unos zapatos de tres o
cuatro kilos cada uno y evitar subir las escaleras encorvado para
balancear el peso. ¿Vio?, a eso me refiero, al movimiento sin
aggornamientos (ni rimas malas), a poder moverse con juventud o a
moverse sin siquiera pensar en la juventud. A ponerse de pie sin las
manos, a creer que una chica puede venir sorprendida a abrazarlo como
un koala, animársele a una zanja sensata, o llanamanete poder
correr. Qué se yo, moverse... No sé cómo pasó pero hoy si intento
correr parezco quien cruza la calle con el semáforo bajo amenaza
amarilla, en esa mezcla absurda de caminar rápido y marchar la de
San Lorenzo.
Usted se preguntará a
dónde voy yo con ésto.
La macana es que no voy a
ningún lado Don Julio, ¿o por qué cree que tengo a esta asquerosa
realidad observando la cera que sus dedos sacaron de mi oreja?. La
quietud me amenaza por las noches, dobles sentidos a un lado, y
cuando esas muchachas de las que me enamoro en playas inventadas son
arrancadas por este zopenco que tengo acá al lado, no me veo ante
otra posibilidad que hablarle a usted mirándolo a esos ojos que tan
bien he recreado en mis deseos.
No crea que soy tan viejo
porque hablé más arriba de juventud como se habla de un pagaré o
de un Patacón, además si fuese más viejo vaya y pase (o mejor no
pase, que si aparece por la puertita del living me da un infarto), si
lo que más miedo da de la quietud es el tiempo que resta, ¿me
entiende?.
No voy a bombardearlo tanto con lo mismo, ya que si hay una quietud que puede ser inefable hay otra que no, y sin otro paréntesis con un chiste malo le confieso que le mentí cuando le dije que no quería hablarle del movimiento temporal. Porque ese va bien, ¿sabe usted?, a diferencia de la humanidad yo siento que voy para adelante, quietito pero para adelante. Cuando se trata de mis penitas diarias ando equilibrado, y a este pedazo de bondiola que me pregunta si mi papá está viejo, o que si le digo a la gente que la quiero, o si sé que mi soledad es peligrosa o que si la mirada de esa chica es real... Lo callo y sigo desvelado pero sin necesidad de prender la luz, ahí pueden salir unos mates confundidos y ese cigarrillo oscuro. Seguir pensando en lo que pensaba mientras intentaba dormir, pero con la lucidez del que no busca calmarse sino concluir la historia, procurar que la chica de la tienda de una vez por toda encuentre ese motivo que busca para sentarse cerquita mío, planear el segundo encuentro no buscado en las inmediaciones de la tienda de café orgánico, o buscar alimento en esa isla desierta a la que llegué por la teletransportación encubierta.
Es divertido la verdad,
mi imaginación siempre ha sido una violinista incondicional y casi
leal (innmaterial también, para rimar mal de nuevo). Para
explicarme mejor puedo decir que esta imaginación siempre ha estado
aquí intentando hacer lo mejor para mí, aun pecando algunas veces
de inocente, haciéndome daño por pensar que es lo único que
necesito... Pero que perverso sería yo por culparla ¿no cree?.
Entonces me muevo y no me
muevo, le encuentro la vuelta a la tristeza infundada y a la que
tiene un manual de instrucciones tendré que aprender a transitarla.
No se me ocurre mejor conclusión que esta.
Lo extrañaba Don Julio,
y no se me ponga triste usted también que aunque le suene a cuento
no estoy tan mal como aquí parece (¿le molesta que no ponga “acá,
verdad?. Lo estoy embromando). En cuanto este pavote me obligó a
prender la luz estaba más motivado por citar su nombre, por ese
“¿cómo le va?” que tanto ansiaba poner en letras, por contarle
de que al fin tengo el cuadrito suyo en mi pared (el del croata, sí),
que si avanzo por la vida contando cosas, más o menos quieto, más
contento que menos, seguramente seguiré “yendo” a acostarme y a
dormir cuando pueda, pero con la realidad hecha y derecha, adulta y
robusta, una realidad higiénica que ya no tiene más preguntas
estúpidas, una que aunque a veces no quiera dármelas por soberbia,
guarde algunas respuestas.
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