No sé si voy a escribir
sobre vos, y no me refiero a escribir encima tuyo... Mal chiste, de
vos digo. No sé si va a ser de tus cosas, puede que escriba de mis
cosas infectadas por las tuyas, ahí sí. Quizás influyas en esta
tarde tan repleta de azar. Puede... que me acompañes al escribir
esto, pero no sé si me atrevo a llamarte exclusiva.
De un yo mareado capaz
que escriba, con la baba que se me cae por imaginarte contenta. Sería
más de mí, ¿no?. Es escribir sobre mí por vos. ¿O soy un
chanta?. ¿Y estoy escribiendo de vos, y listo?.
Si tengo que traer ese
momento en que decidí escribir esta carta, machacando mi piel bajo
el sol de las dos de la tarde, diría que pensaba escribirla como
soltándole la correa a la coherencia, con una libertad casi
peligrosa para la gramática, con mis sensaciones e imágenes un
tanto berretas, dejándote entrar de a versos como a una pincelada
violeta o amarilla. Chillona. Comestible.
Hasta ahora veo que la
coherencia sí que corretea con la lengua afuera, aunque la libertad
ha puesto el guiño siempre hacia donde estás vos. ¿Pero como
diferencio las imágenes que se transforman por tu culpa de las que
transformó el libro que estaba leyendo? A su vez, ¿cómo sé que la
sensación de suspiro dulce que me produjo ese libro no fue por
compararlo con la chance... con el quién te dice que...? .
Como viene la mano
debería, pero el principio de la carta no lo cambio, así sea de una
obviedad contundente que el guiño vaya siempre hacia tu izquierda, o
que la libertad tenga de libre lo que yo de pez martillo. Porque
hasta el final no sé si voy a darme cuenta de que soy tozudo, o
porque simplemente queda bien empezar mirando hacia otro lado e ir de
a poco bajando los peldaños hipócritas hasta la verdad irrefutable:
Hoy parece que todo es tuyo. Mamita qué párrafo... ¿Sabés qué
pasa?. Que si tengo que modificar ese inicio dual tendría que
arrancar con una comparación que tiene de velo lo que un film
plástico adhesivo.
Podría ser que no cambie
el principio y suelte ese otro inicio más sincero recién en este
sexto párrafo: Ayer contaba de aquel día en que me morfaron las
pulgas, y que aunque quería andar por la calle contento, una voz
repetía: “Te pica, te pica, te pica, te pica, te pica, te pica”.
Y ni siquiera calmó cuando yo me arremangué los pantalones junto a
la dignidad indumentaria en el metro. Ni a la noche con las sábanas
enemigas, ni al otro día con la crema antiálgica... Ni siquiera con
la bomba insecticida, que cuando diezmaban unas picaduras aparecían
otras nuevas para reemplazar el recuerdo...
¿Hace falta?. No creo...
No, ¿ah? ¿Es demasiado cursi poner “me picás”?. Puede que sí.
Gotea que da miedo este
texto, parece un mix de golosinas derretidas.
De las pulgas me salvé
alejándome de esa casa, de la beatificación de aquel abrazo sólo
me podés salvar vos. ¿Ves?. Todavía puedo ser más cursi.
En fin, exclusiva (que a
estas alturas no vale la pena renegar), significa que excluye todo lo
demás. Que repele o que hace rebotar como una pared a una pelota de
goma. Por ejemplo, si un club es exclusivo significa que sólo deja
entrar a cierta gente, pero para que exista esa exclusividad tiene
que haber quienes sí tienen permitido el acceso para hacer rebotar
al resto. Entonces no es que hoy hayas sido exclusiva al no dejar
entrar a nadie más que a vos a esta tarde, cómo vas a ser vos la
que excluye al resto si no sos parte de la comisión directiva de
todas estas horas ni de mi cerebro. Soy yo. Mi cabeza ha sido
exclusiva, y sin esta suerte de explicación suena a cabeza de marca,
a cabeza cara. Pongamos que lo reescribo abajo para ver cómo suena,
una última frasecita repetida y como de juguete, total la coherencia
ya anda suelta por algún callejón de Nicaragua o de Marruecos.
He tenido una tarde super
exclusiva, y hasta me da penita que andes tan sola por mi mente dando
vueltas, aburrida, enchastrada por las brochas, que ahora cabizbajas,
amarillas y violetas, reposan a tus pies como dos cachorros de
arcoiris.
No hay comentarios:
Publicar un comentario