Las casualidades a veces
empiezan con una sorpresa tipo aplauso, como por ejemplo hoy, cuando
te vi simulada en un programa de televisión teniendo una cita a
ciegas con un señorito muy serio.
Creo que hay un tipo
específico de cara que me hace acordar a vos, algo de pómulos en la
sonrisa, ojos de expresión grande, un poco de dentadura que suele
verse a menudo en chicas contentas... Bueno, puede que ese
“específico” se trate más bien un adjetivo manoseado. Quizás
esté atento a chicas que se te parecen o quizás me ensañe en
inventar esas semejanzas, ya que con sus dentaduras diferenciadas y
con sus pómulos haciendo lo que los pómulos suelen hacer para
acompañar a la sonrisa, esas chicas no se te parezcan tanto. Quizás
hayas sido vos a los empujones, metiendo un par de medias en un
paquete vacío de cigarros.
En fin. Luego aparece la
sorpresa sopesada, que aumenta por la casualidad de la casualidad, ya
que el día en que veo tu avatar en ese programa de televisión
cumplís 29 años. Ahí llamé por teléfono a los clichés a ver si
me respondían, busqué en el cielo una estrella fugaz, un satélite
o un avión de Iberia; me puse nostálgico frente a una escena
fingida por una telenovela también inventada, yo cabizbajo apoyado
en el alféizar de la ventana, con los ojos entornados, así te
imaginé tal cual estarías en ese momento, sin darle importancia a
la diferencia horaria, ¿qué importaba que allá fuesen las 3 de la
mañana?, ¿qué posibilidad había de que no estuvieses desvelada en
la otra mitad de mi espejo imaginario?. Incluso le hable al aire y no
había otra salida que la telepatía. ¿Por qué no me hablaste todo
este tiempo?.
Ya había convencido a la
sorpresa para que se ponga el ridículo disfraz de la certeza. Y ahí
es cuando estás casi frito.
Se abre un albúm de
fotos y el tiempo suelta la primer carcajada, no podés estar
durmiendo con otro al lado, no podés tener una hija o un par de
perros que salvaste de la muerte, no tendrás una arruga en la frente
que quizás se engendró cuando estas fotos que ahora veo una y otra
vez, mantenían la cámara apagada. Casi supongo que al otro día
puedo recibir un correo electrónico preguntando por mis cosas, casi
que no va a poder ser de otra manera, y las fotos (que no son
tantas), van y vienen con lo que se puede rescatar de esos momentos
impalpables, total lo que no se recuerda se inventa... siempre a
favor de la fábula.
No, no vas a mandar un
correo, aunque sería sensato que me escribas... Por eso nada más
actualizar la casilla no me decepciono por ver que no hay mensajes
nuevos, aunque mientras el circulito giraba como un frisbee de malas
intenciones creí oír las burlas de la esperanza. Me dije mejor voy
y veo los correos de hace tanto, segunda carcajada del tiempo porque
después de las fotos ahora son las letras las que cobran esa vida
que yo les quité cuando la cosa se pueso fea. Pero eso no lo sé o
no lo capto, ¿cómo podés no sentir lo que en este momento siento?,
¿cuan absurdo es sospechar que no hayas vuelto a pensar en mí?. Ni
una vez, nunca más. Bajo una especie de hipnosis voy minimizando y
maximizando el pasado para maquillar a la certeza, que ya se parece a
la bruja que supo ser fantasma... Y si la miro con detenimiento la
bruja también se te parece, es mala como mis decisiones pero se te
parece, es mala pero es preciosa. Ya no sólo estoy frito, el aceite
está humeando peligro.
Fumo como si nunca antes
te hubiese extrañado y ya no tengo dudas, estás pensando en mí a
la hora que sea en donde sea. Capaz te estás por subir a un avión
porque averiguaste donde vivo, claro que puede ser, actualizo mi
casilla por jorobar nada más, y en el vacío admito que no puede
haber correo ni aeropuerto, pero hago fuerza con las tripas para que
la telepatía aunque sea te haga llegar un sollozo, una gárgara, un
ruido de oso hormiguero... “Nuevo Correo”. “Cancelar”. “¿Está
seguro?”. “Sí”. “¿Guardar en borrador? . “Descartar”.
“Nuevo Correo”. “Asunto: Hola”. “Cancelar”. “¿Está
seguro?”. “Sí”. “¿Guardar en borrador?”. “¿Tenés
algún problema conmigo Outlook?”.
Se genera ahí, o acá,
una sensación bamboleante, una polaridad siniestra: ¿Qué decir
después de tanto tiempo?. Pero si hace tres horas que estamos
ensiamesados, ¿qué importa lo que diga?. Ya el tiempo me lo
pide por favor, me suplica destripado de risa que pare, intenta decir
que le duele la panza pero no le salen las palabras. ¿Cuán grave
puede ser un saludo?, ¿qué tan inquietante puede ser ese saludo por
un cumpeaños después de tanto tiempo?, ¿Y los otros cumpleaños?.
Me agarro la cabeza porque se me está por salir, no sé si realidad
se escribe con o sin hache, quizás sí que pueda estar babeando
entre sus hijos y su marido, en el sommier King Size que compraron
mientras los planes daban resultados. Pero maximizo la foto que más
contento nos muestra allá antes, ¡marido las pelotas!, rebusco esos
huequitos en los pómulos, cuento tus dientes, el avatar se te
parecía un huevo, hasta la voz tenía parecida, ¡babeando so-li-ta
en cama de plaza y media!. El amor que imagino se sorprende de estar
acá, el tiempo debería explicarle mi idiotez pero se ha desmayado
de la risa. Floto negramente en el aceite hirviendo, puro humo y
furia.
“Nuevo Correo”.
“Cancelar”. “¿Está seguro?”. “Sí”. “¿Guardar en
borrador? . “Descartar”. “Nuevo Correo”. “Asunto: Hola”.
No, no. “Asunto: Feliz Cumpleaños”. “Cuerpo de mensaje: mala
decisión, mentira, mal chiste, pregunta descolocada, recuerdo
innecesaario, mala decisión, información no solicitada,
exageración, exceso de información no solicitada, amor propio
haciéndose pis encima, pregunta fuera de lugar, pésimo chiste,
saludo, posdata, recuerdo ridículo, otro saludo.”. Pausa de cinco
segundos. “Enviar”.
“Mail delivery no sé
qué cosa”. El destinatario no existe.
No sabés bien cómo ni
por qué, pero hay una sensación de que lo que acaba de suceder no
te ha sucedido a vos, que ese trance fue un mal juego de una parte
tuya que se acaba de ir. El tiempo ya no está pidiendo clemencia
aferrado a tus tobillos, está sentadito en el reloj de tu teléfono
señalándose la muñeca izquierda. La certeza se va desvistiendo,
desmaquillando, y a medida que se desnuda se puede ver a la sorpresa
que no tiene ya nada de sorprendente, que no es más que un recuerdo
mal puesto en la noche, torcido, desatornillado. Tirás un suspiro y
un arqueo de cejas, estás quemado, amargo, incomible, sabés que lo
mejor que podés hacer es intentar dormir, consciente de que esa
resaca sensorial te lo va a poner difícil, aunque también
consciente de que el cansancio va a torcer la pulseada, como siempre.
Y para rematar, tan
apretado en un sueño sin descanso, no vas a poder ver que el
verdadero problema es no sentir el humo ni el incendio que acarrea el
fuego del aceite, hasta despertarte de repente, con el hiperrealismo
sofocante de una pesadilla : “Son los últimos cuatro años los que
no han existido, no el destinatario del correo”
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