jueves, 6 de septiembre de 2018

La Línea

Estaba sentado en la peatonal de Santa Cruz tomando un café, los árboles que ensombraban el paseo le parecían fabulosos, o la sombra en sí le alegraba la frescura. A veces al estar cómodos y a gusto no sabemos dilucidar con claridad los motivos. Y esa era la situación que lo acompañaba. Estaba tranquilo, había terminado el trámite por el cual había viajado hasta Tenerife, desayunaba en un café esquinero atento a casi todas las diferencias entre ésta y su isla; la sonrisa dibujada sobre el cansancio de haber madrugado tanto calculaba sin ansiedad las horas que le quedaban para volver a subirse a un avión, calculaba también por dónde pasearía luego de desayunar, recordaba lo mucho que le ha gustado siempre toparse con el tranvía de colores por las calles. Era la sombra y eran los árboles. Era todo.

En cierto momento se respaldó dejando caer sus manos, las abandonó tras su espalda descansada y se estiró un poco cerrando los ojos, pero al sentir el roce frío en una de ellas la apartó de un tirón, sorprendido. El perro, entre un susto y una cola dubitativa, se retrasó unos pasos; él en cambio quiso adelantar su mano para rogarle que vuelva, “perdón compañero, me asusté”, masculló buscando al dueño de ese collar azul francia. Mantuvo así sus dedos extendidos hacia las reticencias del visitante, hasta que éste volvió hacia él para buscar la confianza averiada. Las caricias fueron propuestas de manera inteligente: Primero dejar que el olfato y la mano se vuelvan a ver, sin mover los dedos, sin la ansiedad buscando la cabeza; luego girar la mano despacio para que ahora el animal huela su palma, así hasta poder él tocar con suavidad su mejilla, luego su oreja. Finalmente acariciar a todo placer.

El momento, que se sumaba a esa seguidilla de bienestar y de silbido, concluyó con dos besos en agradecimiento y una cola que en ningún momento dejó de oscilar de izquierda a derecha acelerando el movimiento. Él por su parte siguió buscando a su dueño en alguna de las mesas alrededor de la suya, en alguna de las banquetas del paseo, en algún lado a lo lejos. Sin éxito decidió posar la mirada en la partida del visitante para tratar de asegurarse que no estuviese extraviado. Al perderlo de vista se puso de pie, lo buscó a ciegas, pero ya no volvió a verlo.

Al tiempo que pedía la cuenta se cuestionaba el no haberlo seguido, aunque para el tiempo en que agradecía por el vuelto la culpa ya se había disipado, desvanecida ésta en la seguridad con la que el perro se alejó de él.

El paseo por el centro de Santa Cruz fue corto pero intenso, el mediodía ponía en evidencia los latidos de la ciudad, apuros, bocinas, saludos desde una motocicleta, obras públicas, teléfonos paseando a sus mascotas, almuerzos ambulantes. Fue esto último lo que le avisó que hacía ya un tiempito desde el desayuno en la peatonal, y para no decepcionar al ritmo que lo rodeaba decidió un bocadillo de tortilla francesa para llevar, al cual le bajó los decibeles para engullirlo en una pequeña plazoleta a pocos metros desde donde tomaría el ómnibus que lo dejaría en el aeropuerto.

Ya sentado en en el césped bajo el banco armó un cigarrillo, todavía limpiándose los dientes con la lengua. A su alrededor había un par de cortejos entre pájaros, o discusiones, o divorcios. Tenerife era mucho más verde, y él no sabía si le gustaba o si lo echaba de menos sólo un poco. No hizo mucho hincapié en la refexión, se puso de pie, se sacudió la huemdad y la tierra de sus pantalones y fue hasta su parada.

El transporte llegó a los pocos minutos, jugando a favor de la ausencia de cálculo. Al subir imaginó que sería el principio del recorrido, ya que tuvo todos los asientos a disposición para escoger, quedando allí por el medio, de cara al pasillo y a la izquierda. Turisteando con el ronronear del motor se dejaba sorprender en cada curva, en cada aparición de flora o de monumentos, de centros comerciales o de cruces de autopista. La gente iba subiendo de a salpicones, y las paradas se distanciaban bastante, hecho que lo situó en el hipotético caso en que viviendo en Tenerife, la “guagua” se le escapara a toda velocidad por la narices sólo por unos de segundos.

En La Laguna una multitud se agolpó para subir al ómnibus, todos alineados en una fila de dos, como acostumbrados a una rutina que se les repite cada día cerca de esa hora. La puerta chifló su apertura mientras él ya apostaba por el sitio que elegiría cada uno. Subían niños con enormes mochilas, subían señoras acaloradas, subían adolescentes, subían chicas deportistas y chicos peinados con precisión, subía un hombre con maletín de cuero, subía finalmente una chica que se sentaría delante suyo de manera diagonal, en el asiento que daba hacia la ventana. Al cerrarse la puerta aún quedaban asientos vacíos, casi todos habían podido elegir un asiento sin compañía. Quizás el escenario perfecto para un agradable viaje en el transporte público.

Sus ojos comenzaron a abandonar la ventanilla para centrarse en la nuca de quien se sentaba delante, el pelo casi largo recogido en una coleta negra, un cuello decorado con un tatuaje abstracto, algo parecido a una mancha de tinta que no salpicó demasiado. Observaba con curiosidad los movimientos de cabeza de la muchacha, como si le pesaran ciertas ideas; de a ratos descubría su perfil derecho, cuando la curiosidad la llamaba desde las ventanillas de la otra hilera de asientos, lo analizaba en la fugacidad del gesto, dejando que su imaginación lo llevase donde quiera. No se atrevía a aseverar tristeza, pero el ojo un tanto perdido pestañeaba lento, y la boca parecía pensar en las respiraciones, cada una por un motivo o por un recuerdo. Mala cosa se decía él, mientras ella masajeaba su nuca con los dedos para quitarle las mayúsculas a cierta culpa.

Conmovido, él le acarició la mejilla derecha con el dorso de su mano, el cual se apoyó en el hueso del pómulo para ir descendiendo lentamente hasta el mentón, desde donde la chica se giró exacerbada por el susto. Primero sorprendida, o confundida, la chica buscó inmediata complicidad en los vecinos del ómnibus. “¿Pero tú qué haces?”, pero él no sabía exactamente qué había hecho, o hasta qué punto eso no se hace, por lo cual apeló a toda esa energía que lo hubo acompañado durante el día, energía que trató de respirar profundamente antes de decir cualquier cosa. “Una caricia, fue sólo una caricia... No pienses mal”. Pero ella entrecerró los ojos para apretujar el enojo, “Una cari... Pero tú, ¿tú de qué vas?”.

Los susurros de la guagua comenzaban a subir de tono, a centrarse poco a poco en el hecho reciente, unos preguntaban qué había pasado, otros creían saberlo y contestaban, otros alzaban la cabeza para buscar los asientos que alojaban a los protagonistas, otros pocos se ponían de pie desde el fondo. “Me parece que aquel desubicado se ha propasado con la muchacha”, dijo una mujer desde los primeros asientos, con lo que dos hombres que estaban cerca suyo se pusieron de pie para mirar hacia atrás, donde la chica preguntaba por tercera vez cuál era el problema del muchacho, quien a punto de deshidratarse por el miedo procuraba justificar su comportamiento.

“Te acaricié la mejilla, una locura ya lo sé, no sé que me hizo pensar que necesitabas una caricia... Perdoname, de verdad.”. Y luego sin saber bien por qué decidió dirigirse al resto de los pasajeros. “Hoy un perro me pidió una caricia en un café”, luego se justificó con la muchacha, “usted no es un perro, no es eso lo que quiero decir”, atinó a sonreir sin convincencia y luego continuó su explicación, “quizás no era yo quien debería haberla acariciado, más bien seguro que no era yo quien debería haberla acariciado... pero usted merecía para mí una caricia en ese preciso momento, se lo juro”. Ya los dos hombres de los asientos delanteros se habían acercado un poco desde sus lugares y el chofer se había aparcado en un costado de la calle sin comprender bien que había sucedido.

A la chica no la había convencido para nada la explicación, pero todos la observaban a ella esperando que dijera algo, sobre todo los dos hombres, quienes alternaban su mirada hacia ella y hacia él. “Pero... tú estás loco. Enfermo, loco, me da igual”, dijo la chica para darse vuelta, más avergonzada que enojada, más confundida que enojada, más triste que antes.

La situación los dejó a todos mareados, esa caricia había sido comparable a un oso hormiguero vendiendo billetes para el sorteo de un colchón de agua. Quizás por eso un hombre desde los asientos traseros propuso el inmediato descenso del pasajero, en ese lugar entre La Laguna y el aeropuerto. El chofer al fin preguntó sobre el suceso y ya la respuesta al menos no fue tan contundente como las primeras suposiciones, “el niño aquel que cree que puede andar acariciando a las mujeres”. “Hubiese acariciado a cualquier persona señora, sé que no se acaricia a nadie pero el hecho de haber acariciado a esta chica confunde las cosas. No soy un depravado”, dijo él movido por las primeras lágrimas que se hacían lugar entre sus párpados. “¿Ah, no?, se volvió a girar la chica enardecida. “No”, le contestó hundiendo esa palabra en la mirada mutua. “No”, repitió antes de acercarse a la puerta para poder bajarse del ómnibus. Nadie parecía saber si golpearlo antes de que se abriese la puerta, si pedirle al chofer que se dirigiesen a la policía sin importar el recorrido, ya nadie sabía lo que de verdad estaba pasando en ese momento...

Fueron minutos muy obscenos para el muchacho, la puerta seguía cerrada mientras los hombres debatían con el chofer, unas señoras murmuraban y otras le hacían preguntas a la muchacha. Y esa pausa envalentonó al muchacho y a su día en Santa Cruz de Tenerife. “Me abre la puerta por favor. Todos vosotros, y usted señorita... le acaricié una mejilla, ¿pero cómo iba a saber yo que usted no se merecía una caricia?. Y ahora todos me quieren linchar. Ya pedí disculpas, ¿está bien?. No es fácil merecer una caricia”, y ella se giró para contestarle, pero él no quiso dejarla hablar. “No vuelvas a decir que estoy loco o enfermo, ya me lo dijiste. Ábrame por favor”, finalizó dirigiéndose al chofer. Así, al abrirse la puerta, uno de los hombres lo empujó con la fuerza suficiente para que ruede por la acera. La puerta se cerró mientras él se recomponía desde el suelo, con los ojos fijos en las ventanillas de la guagua, triste pero no del todo, pensando en volver a ser él antes de que pase la siguiente, quizás una hora después. Pensaba en el perro, o en los perros, en lo violento y en todo aquello difícil de comprender, en todos los que se cruzaron durante su día de turista, y a todos los imaginó en ese ómnibus. Los ojos se le aguaron de nuevo. Reflexionó en que había tocado a una persona sin su permiso, con candor sí, pero no supo hasta qué punto estuvo mal o estuvo desubicado. “Desubicado”, se dijo, “desubicado sí”.

Luego pasó otra guagua sin saber de esa mano y de esa mejilla. Él ya no miró a los pasajeros, casi que ni miró por la ventanilla. La chica mientras tanto, había llegado a su casa, donde no había contado lo sucedido, quizás por desconocer los motivos por los cuáles no había merecido aquella desubicada caricia.




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