martes, 25 de diciembre de 2018

Hoy y dentro

  
Hoy debería ser un día de júbilo, o quizás no precisamente “hoy”, ya que a decir verdad no sé bien cuando empecé a olvidarte.

Ya no está tu rostro entero, ni tu voz; tal vez es porque “hoy” me esforcé clamando todo lo que representabas que escribo esto.

Veo un labio, sólo uno, paralizado en una sonrisa que se dibuja con vaguedad; presiento el sonido de tus palabras, que podría ser el de cualquiera, y aunque apriete mis ojos hasta llenarme de ramas y arrugas, no puedo traer el color de los tuyos. “Hoy” te representas fragmentada, en ajados trozos de fotos viejas.

Tampoco soy consciente del momento en que el tiempo dejó de ser amorfo. Recuerdo sí aquel remolino que lo tenía preso, también cuando me tomó a mí, dejando que tanto el tiempo como yo, nos golpeemos las cabezas con los bordes de la angustia, que choquemos después él y yo las espaldas, sin poder vernos. Pero al parecer, un día yo caminé sin la sospecha de que pudieras esconderte en casi todas las ventanas, de las cuales sopesarías con lucidez el tamaño del dolor que yo expelía. Y ese momento llegó en cuclillas, me tomó suave del antebrazo sacándome del remolino, empujándome la nuca y los pulmones, los cuales apenas recordaban cómo manufacturar el aire.

Comenzó así a correr el tiempo más calmo, sin tantas agujas en los dedos, más sensato.

Entonces “hoy” me siento en un banco opaco, de una madera excesivamente pesada y escribo, ya no con la sensación fatalista de que la vida es un mero pasatiempo hasta el arribo de la muerte. ¡Qué trágico es querer!

Hago pues un trabalenguas: No extraño extrañarte, sino que es extraño no extrañarte ¿es posible? ¿o es más simple, y cuento que de a poco te disipas, entre una belleza que se había ausentado de mi aliento?

Tus pies eran exactos cuando los veía magullar la arena, con un anillo en uno de esos dedos pequeños ¿pero en qué pie? Será que cerraste la ventana por la cual espiabas mi desgracia, para enamorarte de quien difícilmente pueda comprender lo vulnerable de tus pasos, que con esos pies y con ese anillo se deslizaban inexorables por la soledad, mientras ese amante del que te jactas, compra ahora algún bollo caliente para que desayunes callada.

Me sonrío un poco, ni orgulloso ni taciturno, al parecer es la confusión la que guía mis idas y vueltas. Es que esa belleza, la más inevitable, se alumbró entre mis tinieblas; los caminos me volvieron a pedir que esquive las piedras y los pozos, un niño volvió a corretear una bolsa imprecisa, que merodeaba el aire de una gomería, una señora se quejó de lo caliente que estaba la cerveza que le vendió Doña Cássia, y el cielo no me amenazó con llover... Simplemente quizás lloviera...

Entonces desapareció tu perfume, ¿qué adjetivo llevaría esa pérdida? Pero qué cierto es, se fundió entre el color de tus cabellos, los cuales cobrizos y eléctricos, bien podrían ser los de la señora que aún regaña cejijunta, cuando está por terminar la cerveza.

Hay ahora por el final, una chica tumbada en la arena, de costado, el libro que la acompaña refunfuña del viento y aletea sus hojas; delante de ella pasa una pareja que necesita sacar una foto, ella se separa del libro, entorna sus ojos, y ríe, por lo tan evidente de que recién llegan.

La belleza vuelve y trae estas letras, en las que quizás te despido, al menos de alguna manera que al fin me protege. Siempre voy a percibirte feliz, y uso esa palabra que en las historias con tanto ahínco se prohíbe. Quizás te enamores, quizás lo calles. Yo escribiré mañana la historia de Doña Cássia, de la loca de la cerveza, de la bolsa, del libro que me negó su portada, de alguna trágica belleza, o de una bella tragedia.

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