jueves, 6 de septiembre de 2018

Exclusiva

No sé si voy a escribir sobre vos, y no me refiero a escribir encima tuyo... Mal chiste, de vos digo. No sé si va a ser de tus cosas, puede que escriba de mis cosas infectadas por las tuyas, ahí sí. Quizás influyas en esta tarde tan repleta de azar. Puede... que me acompañes al escribir esto, pero no sé si me atrevo a llamarte exclusiva.

De un yo mareado capaz que escriba, con la baba que se me cae por imaginarte contenta. Sería más de mí, ¿no?. Es escribir sobre mí por vos. ¿O soy un chanta?. ¿Y estoy escribiendo de vos, y listo?.

Si tengo que traer ese momento en que decidí escribir esta carta, machacando mi piel bajo el sol de las dos de la tarde, diría que pensaba escribirla como soltándole la correa a la coherencia, con una libertad casi peligrosa para la gramática, con mis sensaciones e imágenes un tanto berretas, dejándote entrar de a versos como a una pincelada violeta o amarilla. Chillona. Comestible.

Hasta ahora veo que la coherencia sí que corretea con la lengua afuera, aunque la libertad ha puesto el guiño siempre hacia donde estás vos. ¿Pero como diferencio las imágenes que se transforman por tu culpa de las que transformó el libro que estaba leyendo? A su vez, ¿cómo sé que la sensación de suspiro dulce que me produjo ese libro no fue por compararlo con la chance... con el quién te dice que...? .

Como viene la mano debería, pero el principio de la carta no lo cambio, así sea de una obviedad contundente que el guiño vaya siempre hacia tu izquierda, o que la libertad tenga de libre lo que yo de pez martillo. Porque hasta el final no sé si voy a darme cuenta de que soy tozudo, o porque simplemente queda bien empezar mirando hacia otro lado e ir de a poco bajando los peldaños hipócritas hasta la verdad irrefutable: Hoy parece que todo es tuyo. Mamita qué párrafo... ¿Sabés qué pasa?. Que si tengo que modificar ese inicio dual tendría que arrancar con una comparación que tiene de velo lo que un film plástico adhesivo.

Podría ser que no cambie el principio y suelte ese otro inicio más sincero recién en este sexto párrafo: Ayer contaba de aquel día en que me morfaron las pulgas, y que aunque quería andar por la calle contento, una voz repetía: “Te pica, te pica, te pica, te pica, te pica, te pica”. Y ni siquiera calmó cuando yo me arremangué los pantalones junto a la dignidad indumentaria en el metro. Ni a la noche con las sábanas enemigas, ni al otro día con la crema antiálgica... Ni siquiera con la bomba insecticida, que cuando diezmaban unas picaduras aparecían otras nuevas para reemplazar el recuerdo...

¿Hace falta?. No creo... No, ¿ah? ¿Es demasiado cursi poner “me picás”?. Puede que sí.

Gotea que da miedo este texto, parece un mix de golosinas derretidas.

De las pulgas me salvé alejándome de esa casa, de la beatificación de aquel abrazo sólo me podés salvar vos. ¿Ves?. Todavía puedo ser más cursi.

En fin, exclusiva (que a estas alturas no vale la pena renegar), significa que excluye todo lo demás. Que repele o que hace rebotar como una pared a una pelota de goma. Por ejemplo, si un club es exclusivo significa que sólo deja entrar a cierta gente, pero para que exista esa exclusividad tiene que haber quienes sí tienen permitido el acceso para hacer rebotar al resto. Entonces no es que hoy hayas sido exclusiva al no dejar entrar a nadie más que a vos a esta tarde, cómo vas a ser vos la que excluye al resto si no sos parte de la comisión directiva de todas estas horas ni de mi cerebro. Soy yo. Mi cabeza ha sido exclusiva, y sin esta suerte de explicación suena a cabeza de marca, a cabeza cara. Pongamos que lo reescribo abajo para ver cómo suena, una última frasecita repetida y como de juguete, total la coherencia ya anda suelta por algún callejón de Nicaragua o de Marruecos.


He tenido una tarde super exclusiva, y hasta me da penita que andes tan sola por mi mente dando vueltas, aburrida, enchastrada por las brochas, que ahora cabizbajas, amarillas y violetas, reposan a tus pies como dos cachorros de arcoiris.  

Movimiento

¿Cómo le va Don Julio?. Ya lo sé, a estas alturas debería concentrame más en esa cara de ofensa distanciada que percibo, y no tanto en contarle este desvelo. Aunque quizás con franqueza combine las dos cosas, una por obstinado y la otra por haber dormido una siesta.

Primero tiene que aceptar que quien carece de algo digno de ser contado mejor se calla, ¿no?. Y digno por decir digno es difícil, ya que con usted mi listón sufre vértigo. Luego entender que saludarlo para ver como van sus cosas allá donde esté no es muy literario que digamos, eso puedo hacerlo sin dobles sentidos mientras veo su cuadrito hecho con un vinilo que me regaló un amigo croata (ya puedo imaginar que si no le explico eso del vinilo me va a resoplar el humo en la cara, pero no quisiera repetir el patrón del desvarío. Ya me conoce).

Cuando me “voy” a dormir no soy de dormirme de inmediato, o sea que en realidad estoy yendo siempre a acostarme y luego de acostado un rato largo me “quedo” ahí a esperar a la inconsciencia. Suena tan normal para mí este hábito que sin importar lo cansado que esté, las horas que lleve sin dormir, la tranquilidad de mis ideas... Casi siempre me obligo a soñar despierto. Espere ahí, que sé que es un cliché, pero para que eso haya sucedido (y esto abarca cada “cliché” existente) será porque más de uno se “fue” a dormir y durmió-las-pelotas, así creó un negocio de neumáticos reciclados de otros neumáticos que antes fueron balas de goma. El punto (que ya debería ser punto aparte), es que yo sueño con ficciones de mi vida para que no me ataque la realidad tipo neumáticos. Tengo una de aventuras que ni podría sospechar, y lo más curioso es que en esas historias procuro una cronología realista, lo más minuto a minuto que me permite la ansiedad cerebral. Pero alguna que otra vez, más otra que alguna, la realidad grosera y saca-mocos empieza a molestar: ¿Terminate? ¿Ah? ¿Papá no etá muy viejo? ¿Ah? Cuchame ¿Quién es sa chica con la que hablá? ¿Es la que te guta? ¿La de la tienda de ropa súper moderna? ¿Ya puedo preguntate? ¿Le dijiste que lo queré? Che. ¿Por qué no hacé algo si no podé casi moverte?

Y así, dentro de esas “otras” más que “algunas” prendo la luz. Pero para seguir reagrupando las eventualidades tengo que subdividir estas ocasiones en que no hay caso con las sábanas, ni con los giros o los boca-abajo. Está cuando me la banco con un cigarrillo oscuro cantando el arrorró a la realidad hasta que se duerme, y cuando (después de tanto tiempo Don Julio), me rindo a mantenerlo despierto conmigo a pesar de sus preguntas insoportablemente redundantes.

Es importante poder moverse, y creerá usted que le hablo de avanzar de manera temporal, superación le llaman algunos, pero yo no le hablo del movimiento tipo autoayuda sino del movimiento de fábrica. Caminar por ahí sin que parezca que las piernas se olvidaron de estar de pie para llevarlo sorpresivamente al suelo, andar sin unos zapatos de tres o cuatro kilos cada uno y evitar subir las escaleras encorvado para balancear el peso. ¿Vio?, a eso me refiero, al movimiento sin aggornamientos (ni rimas malas), a poder moverse con juventud o a moverse sin siquiera pensar en la juventud. A ponerse de pie sin las manos, a creer que una chica puede venir sorprendida a abrazarlo como un koala, animársele a una zanja sensata, o llanamanete poder correr. Qué se yo, moverse... No sé cómo pasó pero hoy si intento correr parezco quien cruza la calle con el semáforo bajo amenaza amarilla, en esa mezcla absurda de caminar rápido y marchar la de San Lorenzo.

Usted se preguntará a dónde voy yo con ésto.

La macana es que no voy a ningún lado Don Julio, ¿o por qué cree que tengo a esta asquerosa realidad observando la cera que sus dedos sacaron de mi oreja?. La quietud me amenaza por las noches, dobles sentidos a un lado, y cuando esas muchachas de las que me enamoro en playas inventadas son arrancadas por este zopenco que tengo acá al lado, no me veo ante otra posibilidad que hablarle a usted mirándolo a esos ojos que tan bien he recreado en mis deseos.

No crea que soy tan viejo porque hablé más arriba de juventud como se habla de un pagaré o de un Patacón, además si fuese más viejo vaya y pase (o mejor no pase, que si aparece por la puertita del living me da un infarto), si lo que más miedo da de la quietud es el tiempo que resta, ¿me entiende?.

No voy a bombardearlo tanto con lo mismo, ya que si hay una quietud que puede ser inefable hay otra que no, y sin otro paréntesis con un chiste malo le confieso que le mentí cuando le dije que no quería hablarle del movimiento temporal. Porque ese va bien, ¿sabe usted?, a diferencia de la humanidad yo siento que voy para adelante, quietito pero para adelante. Cuando se trata de mis penitas diarias ando equilibrado, y a este pedazo de bondiola que me pregunta si mi papá está viejo, o que si le digo a la gente que la quiero, o si sé que mi soledad es peligrosa o que si la mirada de esa chica es real... Lo callo y sigo desvelado pero sin necesidad de prender la luz, ahí pueden salir unos mates confundidos y ese cigarrillo oscuro. Seguir pensando en lo que pensaba mientras intentaba dormir, pero con la lucidez del que no busca calmarse sino concluir la historia, procurar que la chica de la tienda de una vez por toda encuentre ese motivo que busca para sentarse cerquita mío, planear el segundo encuentro no buscado en las inmediaciones de la tienda de café orgánico, o buscar alimento en esa isla desierta a la que llegué por la teletransportación encubierta.

Es divertido la verdad, mi imaginación siempre ha sido una violinista incondicional y casi leal (innmaterial también, para rimar mal de nuevo). Para explicarme mejor puedo decir que esta imaginación siempre ha estado aquí intentando hacer lo mejor para mí, aun pecando algunas veces de inocente, haciéndome daño por pensar que es lo único que necesito... Pero que perverso sería yo por culparla ¿no cree?.

Entonces me muevo y no me muevo, le encuentro la vuelta a la tristeza infundada y a la que tiene un manual de instrucciones tendré que aprender a transitarla. No se me ocurre mejor conclusión que esta.

Lo extrañaba Don Julio, y no se me ponga triste usted también que aunque le suene a cuento no estoy tan mal como aquí parece (¿le molesta que no ponga “acá, verdad?. Lo estoy embromando). En cuanto este pavote me obligó a prender la luz estaba más motivado por citar su nombre, por ese “¿cómo le va?” que tanto ansiaba poner en letras, por contarle de que al fin tengo el cuadrito suyo en mi pared (el del croata, sí), que si avanzo por la vida contando cosas, más o menos quieto, más contento que menos, seguramente seguiré “yendo” a acostarme y a dormir cuando pueda, pero con la realidad hecha y derecha, adulta y robusta, una realidad higiénica que ya no tiene más preguntas estúpidas, una que aunque a veces no quiera dármelas por soberbia, guarde algunas respuestas.




Carta a la que me ha olvidado

Perdone usted si empiezo tan de golpe... ¿Pero alguna vez se puso a reflexionar la de veces que uno piensa en la gente que es o que fue parte de su vida?. Espere, no quiero enchastrarla con ese barro que seguro imagina, no estoy disfrazando un anhelo de... “piense en mí”. Es un comentario nada más. Ojo, tampoco quiero que suponga que no pienso en usted. En fin, hablo de esos pensamientos fugaces, de las cachetadas agridulces que suceden entre realidad y cordón de la vereda, entre estornudo y bocinazo. No me diga que no sabe de qué va esto, no me refiero al tipo de reflexión profunda que, justamente ahora, le pido que tenga en consideración... sino a una zapatilla similar, a unas pecas “del tipo de”, a un piercing en el mismo sitio insano, a los nombres coincidentes. ¡Ese es buen ejemplo!. Un nombre, no precisamente el mío si acaso el mero hecho de que diga eso la enoja, el que quiera... Suena un nombre por ahí y algo le tiene que chapotear en el cerebro, no digo que sí o sí salpique nostalgia o pena (amor tampoco, claro que no, y menos si se trata de mi nombre). Digo un salpicón inofensivo pero un pelín cronometrable.

Yo creo que no nos damos cuenta... pero fuera de la razón pasa mucho por la cabeza en un día, ¿no?. Ya sigo con esta teoría que a decir verdad ni he empezado a relatar, pero antes quiero aclararle: Voy a pisar ese terreno que simulé evitar más arriba (quizás sin perspicacia), le voy a hablar de mis otros pensamientos suyos, o de sus otros pensamientos míos... Bueno, de esa mezcla rara. Voy a procurar diferenciarlos, no sea cosa que a pesar de mis explicaciones no le acabe de quedar claro. Porque además, pensándolo bien... Usted no puede evitar que la piense de vez en cuando. Más arbitrario aún, no me lo puede prohibir.

Ahora bien, no crea que todo es devoción, a veces la imagino como a un personaje de un cuento, casi como a una musa, pero usted tiene una sonrisa precisa y real, que si la describiese tal como es no sería muy poética (no se ofenda). La de un personaje no sé, sería como una canción sin voz ni humo; la suya es más bien de muchos dientes y hacia arriba. Otro ejemplo aver (a ver todo junto), el pelo de un personaje es infinito y serpiente, mientras que su flequillo sobra y desconcierta (me diría usted que todo esto no le importa, pero bueno, yo sigo igual). Después, para que vea, dentro de mis cavilaciones reflexivas sí que llega a ser pura poesía, porque ahí me pongo como a tejer con el orden y la concentración que se necesita para recrear a su suéter violeta, que se entrama zigzagueando a la manta con la que nos tapamos para ver el primer film en su sofá; así esa especie de alfombra persa se ensambla a “Non ti Muovere” y a los lagrimones por Penélope Cruz; y cuando el pedazote de tela va buscando espacio entre su pecho, que con gracia pero con cierta paciencia malhumorada, critica a mis manos por ser tan pero tan respetuosas (“criticaN”, si en vez de pecho digo sus tetas), se me arruinan los fideos, o se me hierve el agua para el mate.

Pero con los otros momentos hay diferencia, porque cuando la recuerdo con cierta fugacidad, sus apariciones son un susto o una carcajada, digamos que usted se le parece a algo mitad alguien, o simplemente a un momento.

Bueno, dejemos el crochet cansino a un lado, ni siquiera puedo entender de qué se acaban de tratar estos últimos párrafos. Me toca sacarme el barro de las suelas para ahondar en la fugacidad de esos pensamientos más... inofensivos si se quiere, donde tal vez voy a comprar leche al mercado abajo de casa, temprano y medio, cuando apenas han abierto; por lo cual si aparece en un perfume que pasa como un demonio entre el vuelto y las gracias, no hay profundidad de reflexión. No me doy cuenta que ha vuelto a visitarme sin aviso entre las ropas de quien está detrás del mostrador deseándome buenos días. Además justo al salir puede aparecer un niño que se parece a mi amigo Gustavo, y siendo niño es graciosísimo porque mi amigo Gustavo ya ronda los 40, pero se le parece y de golpe me muero de ganas del café matutino al sentir, como si recién llegase a mi mano, el cartón de semidesnatada.

Imagino que de esos tenemos miles en un día, que por una cosa es mi mamá, por otra es mi perra de la niñez, por otra es mi profesora de ayuda para matemáticas... Y ojo, que esa mujer sucedió hace más de veinticinco años, pero fumaba Imparciales mientras me daba la clase, uno atrás del otro, y ese olor nunca aprendió a irse para siempre. O la cara del profesor de fútbol que nos apaleaba las piernas en algún verano de los años 90', que a pesar de no recordarla, suele aparecer un tipo que me la trae a la cabeza, vaya uno a saber por qué.

La cuestión es la siguiente:

Si después del profesor o de la profesora, si antes del olor a madera húmeda que huele igual que algún recoveco de Reñaca, o después de una filetto en algún departamento de mi edificio, que casi me obliga a meter un pan imaginario en la salsa de mi Tía Susana, usted va y viene con apariciones fantasmagóricas (y fugaces eh, fugaces de verdad), yo ya no sé si son parte de esas cachetadas del pasado o puntadas sin hilo, que aunque también son del pasado, no hacen más que entorpecerme el presente.

No sé la verdad...

Mi vida pasa cada día entre lo que hubo y lo que va pasando, la leche por ejemplo, a su vez me encargo de esconder las agujas de tejer tratando de olvidar sus coordenadas. Aunque no le puedo prohibir que levante la mano entre esos flashes que encandilan y marean. Eso es... Usted es como el alumno sabihondo que no para de levantar la mano, “yo seño, yo”, y la seño alza la vista casi apretando los dientes mientras sus ojos la ven y no la ven, como que procuran hacer foco en otro lado. Pero usted y su mano se enardecen, se salen mano y cuerpo del pupitre... ¿Por qué se enoja la docente si usted no es culpable de la ignorancia del resto?. Los alumnos tampoco celebran esa actitud avasalladora, pero a fin de cuentas ellos son sólo unos chicos. Así la seño no-puede- creer estar diciendo nuevamente su nombre para que de una vez responda y se calme. Y otra vez responde y ahí está la verdadera y única macana... Porque otra vez responde bien.

Sea como sea, y para ir terminando esta carta, yo supongo que reduciré tarde o... menos tarde mis horas para tejer, es así como funciona el olvido; a su vez perderé la cuenta de la de veces que alza la mano omnipresente, o al menos le prestaré menos atención entre saltar un charco y esperar a que el semáforo de verde. En cuanto a usted. Usted no puede evitar que pase una vez por su día, y si se siente orgullosa y enfadada con esto que digo, pongamos por su semana, o si prefiere por su mes. ¡Lo que sea! ¡Por su año!, déjeme terminar... Ojalá que en esas visitas que quizás le haga yo mientras compra una maceta, o mientras cambia el cierre de un bolso, su cerebro distraído no mastique ni se embronque mediante sus cejas. Ojalá que esas visitas se parezcan más bien a una sonrisa.





Melancólera

¿A qué jugaba usted cuando estaba triste Don Julio? ¿Cómo diferenciaba la melancolía de la pena? No crea que hoy vengo dramático porque “yo” no lo creo, lo que no quita que estas letras peguen media vuelta con una olla de agua hirviendo en las manos. Digamos que si me pregunta por dónde ando diría que por una callecita descriptiva, media doble mano media autopista.

Porque hoy charlando con un amigo salió la tristeza a dar una vuelta, pero salió en un día de alma soleada y sin chaparrones, salió como tema y no como alguno de nuestros hombros. Pavada de sorpresa me llevé al empezar a hablar de ella como queriéndole sacar el cuero (no literalmente, ya sabe que a veces me patina la patria), estaba por ahí aunque lejos, pude reflexionar con ella y no desde ella. Sinceramente no estoy seguro si mi amigo sintió lo mismo, no pude leer si los dos hablábamos de mi tristeza teórica mientras la suya masticaba su cabeza, pero mire que de querer habernos engañado no lo culpo, porque yo también sé cómo hacerlo y asimismo sé que por lo general suele salir bien.

La cuestión es que estuvimos de acuerdo en una cosa irreductible: Los que no recordamos el primer instante en que esa clase de tristeza no te deja hacer pie, los que no tuvimos quizás un momento bisagra, luego del cual no haya habido día sin pena (algo extremo, lo sé). Decía, los que no sabemos de dónde salió ni por qué... Muchos días la sentimos llegar sin explicación, con el mismo mundo girando lleno de esa gente que nos gusta y que no nos gusta tanto, con un perro triste que sigue moviendo la cola por las dudas, con un regalo o con un extravío, con los mismos ojos buscándonos en el espejo madrugado, con el sol o inestable, con la misma cantidad de amores al debe o al haber. Así la muy sabandija nos prepara una fiesta sorpresa sin invitados.

Entonces Don Julio, la recibimos asustados y tercos, “Disculpame... ¿cuánto tiempo te vas a quedar? ¿vas a volverme a obligar a reflexionar sobre lo que no me gusta de mí? (volver-obligar-reflexionar... Mamita qué sintaxiscazo, pero cuando lo leo despacito es eso lo que quiero decir: ¿De nuevo?), ¿cuántos días contentos con las mismas características que éste, donde aparecés haciéndote la distraída, pasaron desde la última vez?”. Por eso (por la inexplicabilidad), me cuesta culpar a los depresivos (depresivos es una de mis palabras infavoritas, pero “muy tristes” suena a que no conozco la palabra “depresivos”. En fin), porque sin haber llegado tan lejos sé que no tenemos motivos para estar así de tristes, y curiosamente cuando los tenemos nos reforzamos (los tristes digo), porque ahí no creo que esté el problema, sino cuando ese espejo te mira y te asevera que no tenés verdaderos motivos para no querer barrer el piso, para no orear la casa, para no ir al supermercado.

Y como no sabemos la estadía de la pena empezamos la pulseada realidad-inevitabilidad. Porque es casi un hecho que va a volver-a obligar-a reflexionar y meta comerse el bocho con las cosas (nimias y no tanto), con ese nudo de humanidad que todos tenemos, así concluimos en que lo mejor es abrazar esos días lo mejor que se pueda, sabiendo que la caducidad depende de la cafeína que haya tomado la tristeza antes de ponerse a jugar con uno, y esperar a que se canse procurando no permitirle el papel protágonico que a ella tanto le gusta.

Cuesta mucho le digo, yo a usted no tengo necesidad de mentirle y triste por estos días no ando, entonces lo veo como a los problemas ajenos que cuando nos pasan a nosotros qué macana, pero que al aconsejar qué transparencia... si hasta dan ganas de ponerse en los zapatos del pobre confidente que no sabe cómo despegar la cabeza de la mesa del café. Pero no señor, que antes de atarse los cordones de esos zapatos ajenos y de otra talla, seguro aparecerían las dudas...

A ver si me sale y la próxima vez pongo un reloj hipotético cuando ésta ande cerca, de momento sé que vuelve (que va a volver). No se ha ido en 36 años mire si ahora va a perder el mapa de la boca de mi estómago... No significa esto que la vaticine, alguien que no la haya sentido nunca de la manera que acá procuro contarle seguro me trata de melodramático, y hasta tal vez tiene razón, porque si alguien tiene miedo de las mariposas y me pregunta catorce veces si en el muelle hay mariposas también me va a generar algo parecido. Y tener razón en estas cosas no es término absoluto, no pretendo que me comprenda quien sólo ha estado triste de manera causal, con circunstancias, con duelos milimétricos.


¿Y por qué va a volver?, quizás me preguntaría (me refiero a ese desconocido, pero si me lo pregunta usted también intento contestarle). Vuelve porque puede salirme un afta, una roncha atrás de la rodilla, un dolor de cabeza. Y a veces conviene buscarle razones, que las defensas bajas, que los nervios del trabajo (o la ausencia de trabajo), o de esposa, o quizás bichos en las sábanas, o nervios por una idolatría del deporte... vaya uno a saber. Pero si analizamos esas ronchas, o ese dolor de cabeza o las llagas en la boca, corremos atrás de los mismos motivos que esa pena que golpea la puerta a principio de mes, día 28 o a la mitad de la segunda semana. Y a veces conviene reflexionar Don Julio, pero otras veces no tanto...

Fábula

Tengo que abandonar la idea de que su llegada va a a ser extrema, de que conocerla va a ser palco de teatro. No va a haber un silencio entre su aparición y mi mirada boquiabierta ni va a llevar de un sacudón su melena hacia la izquierda. No va a haber un milagro de supermercado ni un aullido de ballena.

Tampoco se verá descalza como creo, no va a llover justo cuando encontremos un hueco estrecho bajo algún toldo a rayas ni vamos a tener una primera charla plagada de coincidencias. No voy a parecerle lo que sé que no puedo ser, no vamos a agarrarnos de ángeles desprevenidos ni ser los dioses de una chance improbable. Nada de lo que ha dicho mi devaneo será cierto ya que ninguna promesa me va a zamarrear cuando la vea.

Abandonar la fábula estrecha la panza y hace doler los dientes, es una adicción extraña percibir que puede andar cerca.

Entender de una vez que no habrá azules exactos ni necesidad de recreos ante una incredulidad geométrica, que no voy a saber llegar un minuto antes por instinto ni va a estar donde debería estar a la hora de la siesta. El as de corazones acaba siempre en la manga pero de alguna manera es sabido que llegó ahí por la destreza del mago, por eso entiendo que va a costar querernos, con las dudas y la realidad peleándose por el asiento de discapacitados, por eso no estamos entre los libros ni entre los parques, por eso no vamos a viajar en el mismo tren mirando por esa ventana empañada ni vamos a recoger al mismo tiempo la misma moneda.

Pero aunque pretendo convicción siento esa falta de niñez caprichosa, el destino es ciencia ficción barata que no para de vender plateas, me cuesta asumir que no voy a encontrar su mano injustificada ni que sus palabras podrán anticiparse a mi sonrisa; que en este caso la poesía va en reversa y nuestra belleza, de nacer, se forjará de los defectos más humanos y aprendidos. Asumir que no existimos, y que es incoherente que me siga escondiendo en su ausencia.