jueves, 29 de enero de 2015

Es horrible salir a buscar trabajo (cuento)

Había mucho viento, y a pesar de los 13 grados no era el frío el que me jodía el andar. Era-el-viento.

No me gusta llevar puesta la capucha del buzo porque se me aplasta el pelo, pero era la única forma de paliar el ruido del aire. Pero entre sus ráfagas, el viento cambiaba de frente y la capucha se embolsaba y después se caía. “La puta madre que lo parió... al viento, a la rutina, a este paseo marítimo y a todos los infelices que no se quejan de esta vida miserable”.

“¡He dicho!”.

Me alejé del mar para buscar paredes, o calles más angostas, para no ver más turismo optimistas, para que me cague una gaviota en la cabeza, pero no. El viento se rió de mi en la jeta y empezó a castigarme de costado. Después lo vi. “Un bar, ahí hay un bar...”, de hecho así se llamaba. “Bar”. Ni nombre tenía el tugurio, “bar”, pero al abrir la puerta y dar dos pasos, me ablandé de inmediato con el silencio de los vasos siendo servidos, de las figuras de la gente entre humo de cigarros, de las luces amarillas. “Bar”.

Me acerqué a la barra haciéndome lugar entre hombres y mujeres de pie que sostenían conversaciones ebrias, “permiso”, “gracias”. Y llegué para pedir algo. “Una cañita por favor”, le dije a la bartender. Tenía cara conocida. “Enseguida”, me dijo. Fruncí el ceño para buscar en la memoria y me empecé a reír porque simplemente me había hecho acordar a una actriz porno. La de Deep Throat, pensé, pero no me vino el nombre.

Vuelve con mi cerveza y me dice que son 2 euros. “Me estás jodiendo, es la actriz porno”, dije no muy fuerte. “¡Esmarelda!”, grita ella hacia la derecha, “los chicos de la mesa tres piden la cuenta”.

Miro a los chicos de la mesa tres, pero lo hago rápido, por inercia; después me vuelvo hacia el interior de la barra desde donde sale Esmarelda secándose las manos con un trapo. “Voy”, dice.

“Me cago en Santa Inés”, digo yo. Era el personaje de Pulp Fiction, la misma latina que no sé como se llama, o sea, no sé el nombre de la actriz de Pulp Fiction, esta se llama Esmarelda, sino me equivoco Villalobos. “¡Villalobos!”, digo yo para que se de vuelta. Claro que se da vuelta, claro que con toda su cara de bah mira hacia donde estaba Garganta Profunda. Se me quedan mirando las dos en silencio. Yo empiezo a balbucear, quiero empezar con un pero, aunque el resto de la frase se me hace imposible, ¿qué iba a decir?. Tenemos un silencio muy incómodo hasta que ella me pregunta, “¿te conozco?”. Y yo, “Te vas a cagar de risa, pero me tomé un taxi en Chicago con vos. Me llevaste al hospital, ¿te acordás?”. “Nunca trabajé en Chicago”, dice, y Garganta Profunda que busca algo atrás de mi hombro. O a alguien.

“¿Todo bien?”, pregunta casi al llegar una voz masculina. Ya me daba miedo darme vuelta, ¿dónde carajo estaba metido?. Respiro profundo y antes de que alguna de las chicas pudiese responder me giro. “Na, me estás jodiendo”. Garganta Profunda, con los ojos yendo de arriba hacia abajo sobre mí, dice, “de momento está todo bien... son 2 euros”. Yo saco la moneda, se la doy, y después me giro de nuevo, despacito, pregunto... “¿Thor”?.

El chabón abre sorprendido todo un gesto como si yo hubiese descubierto su gran secreto. Estaba de civil pero me di cuenta que era Thor. Me agarra del hombro y me arrastra a un rincón. “¿Cómo me reonociste? ¿Quién sos?”. El tipo mueve la boca y yo me río un poco. “¿Por qué hablás como argentino Thor?”. “¡Quién sos dije!”, y me estampa contra la máquina expendedora de cigarros. “Eh eh, pará, no le digo nada a nadie. Te reconocí porque... me ayudaste a bajar el gato del árbol, ¿te acordás?”. “Ah, sos gracioso, ¿no?”. Era imposible salir de esa situación, Thor me iba a cagar irremediablemente a trompadas.

“¡Bazta Andréz! Dejá al chico tranquilo”. Todavía acogotado por el grandote relojeo procurando ver quién es el zezioso que se acercó a rescatarme, a estas alturas podría ser Jesucristo. Al verlo me empecé a reír fuerte, todavía había restos de la risa que me daba Thor hablando como el 9 de River. Thor me sacudió de nuevo contra la máquina, “este gracioso anda molestando a las chicas”, agrega mientras me amenaza con un gesto cómplice. “Zoltalo te dije, el jefe quiere verlo”. El rubio me baja y amaga con darme un cabezazo, después se me acerca el zezioso y me acomoda el buzo. “¿Zabéz quién zoy yo?”. “Sí, le digo, sos Julio Iglesias... perdoname, eh... no sabía que se te había jodido la voz. No me reía de eso eh. Pasa que la chica de la barra no se acuerda de que me llevó en taxi una vez, cuando era taxista, y se puso nerviosa la otra, y llamó a... Andrés. Ahí se enquilombó todo.”

“Exzacto, veo... A mi me da igual”, dice Iglesias antes de pedirme que lo siga porque el jefe quiere verme, cosa que ya había escuchado cuando se lo dijo a Thor pero que él se vio obligado a repetir por las dudas.

Me llevan por unos pasillos más feos que la mierda, después Julio, que iba de impecable traje negro, abre la puerta del baño e igual que en el bar de la película de Robert Rodriguez, se abre una puerta secreta en uno de los cubículos out of service, que además estaba todo cagado. “Pazá”.

¿Por qué será zezioso? No lo puedo tomar en serio...

Entro a la oficina del jefe y me siento, escucho que tiran la cadena y que debe tratarse de él. Curioso que suene un baño en una oficina a la que se llega por un pasadizo desde otro baño. En fin.

Mirá vos... Bueno, mejor, un tipo normal, aunque no puedo creer que este sea el jefe del bar. A mi me recuerda a un oficinista, a un desgraciado, a un sumiso.

“¿Y? ¿Qué te ha parecido el bar Fabián?”, suelta él, acomodándose los pantalones y esperando que le de un veredicto de algo muy suyo. Pero no viene a sentarse enfrente mío, se arrima a una mesita ratona y sirve dos vasos de ron. Yo pensé que eso de tener vasos y bebidas en una mesa era cosa de las películas.

“No, no. ¿por qué habría de ser una cosa de las películas?”, hace una pausa abriendo los brazos y antes de seguir baja las comisuras, “si sólo se trata de una mesa y de unos vasos”.

Me estás cargando, “¿cómo... qué. Cómo sabe, disculpe”.

“Tranquilo, venís bien. Va a ser mejor si empezás a hablar y a pensar menos, no te amenazo, aunque la frase parezca que te amenazo, ¿eh?. Quiero decir, que si pensás las cosas y vas viendo que te escucho te vas a poner peor. Me gustó lo que hiciste con Esmarelda”, dice eso sin mirarme, moviendo el dedo índice hacia el techo mientras pone hielo en uno de los vasos, “un personaje ínfimo de una película de Tarantino”, y se empieza a reír. O mejor dicho, te estás riendo, ¿voy a tener que aclarar a cada rato que lo que pienso vos lo escuchás?.

“Vos sabrás, lo que quiero decir es que me gustó porque fue divertido. Lo que no sé es por qué Chicago”.

“No sé dónde transcurre la escena del taxi de Pulp Fiction, usaron el efecto de las pelis viejas donde usan fotos para mostrar la ciudad en las ventanas. Pero a ver, ¿usted quién es?”

“Soy la muerte”, y me guiña el ojo. Es obvio que no es la muerte, y no me vengas con vos sabrás, no hay manera de que este absurdo mejore. “Che, muerte, ¿y me voy a acordar de este sueño?, me van a despertar ustedes, o me voy a encamar con las dos pibas de la barra. Eso si que me gustaría antes de terminar, haceme el aguante.” Pienso, hablo, hago lo que me sale del culo.

“Podés creer Julio”, le dice a Iglesias mientras éste ajusticia los cueritos de sus dedos con un cortaplumas. “Mjm” responde el cantante, como hipnotizado y con la lengua afuera.

“Pero eso es porque no quiere pensar”, agrega mirándolo a Iglesias mientras me apunta con la mano abierta, “si cuando quiere puede el pibe”. “Andá, se te va a calentar la cerveza. Podrías haber hecho un esfuerzo titán”, y me guiña de nuevo el ojo, esta vez cabeceándolo un poquito.

Yo por primera vez analizo la habitación. Hay olor a encierro, como a tela húmeda, pero mientras devaneo en la decoración me interrumpe el jefe de nuevo.

“No vino la chica que limpia, ¿qué querés? Pero decirnos que hay olor a tela húmeda che, ¿a vos te parece?”, dice el jefe burlándose de mí aunque hablándole a Iglesias.

“Usé trapo más arriba, cuando Esmarelda salía de la barra a la mesa tres, y a que no adivina titán...”

“¿Qué cosa Fabián?”. Yo quiero responder de inmediato, pero antes aclaro en off que la palabra titán no le pega.

“No se dio cuenta que pasó de ser como un empleado público a ser como un mafioso desagradable”, respondo yo, “esta escena también es una bosta y si me voy a tomar la cerveza con las chicas es porque-yo-eso-lo-sé, y no por el complot que está haciendo usted. Además me rimó titán con Fabián de mala leche”.

Me paro a ver si me dejan salir, porque haberme dado cuenta de que todo es un cuento no los priva de meterme un balazo en la frente. O de que Julio Igleziaz me degolle con el cortaplumas.

“Mirá como te burlás del pobre Julio, andá al bar, andá”.

“¿Qué paza conmigo jefe?”, murmura Julio saliendo de la manicura como de un trance.

“Nada, abrile y dejalo salir”, dice el jefe mientras yo estoy confundido con sus modales o con casi todo lo que lo envuelve.

Atravieso el pasillo con Julito a mis espaldas, abre el compartimento secreto y volvemos al lavabo inmundo. Pero lo curioso es que no es caca, me agacho un poquito y noto que es una mera artesanía del asco. Toco, debo estar demente pero vale la pena, porque efectivamente se trata de pintura y de arcilla. “Art decó”, digo antes de salir del baño, sin saber por qué me llamó la atención el disfraz del escondite.

Me arrimo a la barra despacio, el bar está lleno de personajes charlando y emborrachándose, pero ya no les presto demasiada atención, “permiso”, “gracias”, y uno más absurdo que otro me va dejando pasar con más o con menos ganas. Pero de cierta forma yo miro al suelo, algo desmotivado, sin saber por qué.

Garganta se acerca y se apoya en la barra. No se acoda, se apoya. La barra es alta y ella no tanto. Entonces, si se apoya con las manos significa que tiene que estirarse, como levantar los hombros, y además una mano está bastante cerca de la otra. Resumiendo, se le juntan las tetas y se le levantan.

“Ey”, me dice, pero antes de que siga hablando la interrumpo. “No digas se te perdió algo, no hace falta...”, después busco mi vaso, “no me habrás tirado la cerveza.”

Media sonrisita de la pornstar mientras eleva de abajo un vaso de cerveza fría, como si supiera que se la iba a pedir.

“¿Y Esmarelda?”, pregunto después de relamerme la espuma de birra de la boca.

“Con Andrés en el baño”, se queja la actriz porno, después agrega, “me dijo él que Julio te llevó a hablar con el jefe. ¿Vas a empezar a trabajar acá?”.

No. No iba a empezar a trabajar en el bar, sentía que el zezeo de Julio me había traicionado, o la importancia que yo le daba al nombre de la taxista de Pulp Fiction. “No creo...”, le dije, idiotizado por no acordarme el nombre de esa actriz porno de antaño, “Linda me llamo”, suelta de golpe ella. “Na, ¿vos también escuchás lo que pienso?”, le pregunto.

Pero no, había presentido que quería saber su nombre. Y yo tan torpe que ni me di cuenta, quizás porque ya llevaba tiempo fuera de la historia. La miro a la cara pero quiero volver a mirarle las tetas, lo pienso con fervor para asegurarme de que no me lee la mente, lo hago mientras me concentro en no salirme de sus ojos. “¿Te pasa algo?”, me dice. Siempre nos pasa algo, aunque decimos que no, me propongo contárselo pero justo salen Thor y Esmarelda del baño, haciéndose muy mal los boludos.

Todos los personajes y yo echamos unas risas en la barra, las bebidas parecen ir automáticamente a los clientes, ni la taxista ni la porno star de los años 70' parecen darles bola. Ya Thor no cree que pueda desvelar su secreto, ni Esmarelda cree que mi historia del viaje en Chicago sea una rareza peligrosa. Linda Lovelace sabe que cada tanto le miro el escote, y por suerte ya todos parecemos personas.

Le pregunto a la actriz si quiere ir al baño conmigo. Pero me dice que no. Los clientes entran y salen, se renuevan, Y aunque cada uno que entra es más disparatado que el otro no me dan ganas de planteármelo. Al ratito vuelve Julito Igleziaz y sin zezear me dice al oído... “Dice el jefe si se puede retirar Fabián, que se ha aburrido”.

Thor me mira un poco acongojado, empezábamos a hacer buenas migas, le palmo el hombro y le digo que se quede tranquilo. Saludo a las chicas y me hago espacio entre la gente. Afuera seguro va a haber viento, la puta madre que lo parió, “permiso”, “gracias”, un híbrido del villano Dos Caras de DC Cómics, pero que de un lado es el Willy Wonka de los años 70', y del otro el que representa Johnny Depp, me fastidia el paso, pero Julio de atrás le dice. “No Dos Willys, ya no... Dejalo salir”.

Salgo del “bar” y me pongo la capucha con la sospecha de que ha pasado algo maravilloso... y de que a la vez no ha pasado nada. El viento me saca la capucha de un tirón en el paseo marítimo. Hay turistas, gente aburrida que saca fotos, y para colmo se hizo de noche y bajó la temperatura. “La re putísima madre que lo parió”...

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