Había mucho viento, y a
pesar de los 13 grados no era el frío el que me jodía el andar.
Era-el-viento.
No me gusta llevar puesta
la capucha del buzo porque se me aplasta el pelo, pero era la única
forma de paliar el ruido del aire. Pero entre sus ráfagas, el viento
cambiaba de frente y la capucha se embolsaba y después se caía. “La
puta madre que lo parió... al viento, a la rutina, a este paseo
marítimo y a todos los infelices que no se quejan de esta vida
miserable”.
“¡He dicho!”.
Me alejé del mar para
buscar paredes, o calles más angostas, para no ver más turismo optimistas, para que me cague una gaviota en la cabeza, pero no. El
viento se rió de mi en la jeta y empezó a castigarme de
costado. Después lo vi. “Un bar, ahí hay un bar...”, de hecho
así se llamaba. “Bar”. Ni nombre tenía el tugurio, “bar”,
pero al abrir la puerta y dar dos pasos, me ablandé de inmediato con
el silencio de los vasos siendo servidos, de las figuras de la gente
entre humo de cigarros, de las luces amarillas. “Bar”.
Me acerqué a la barra
haciéndome lugar entre hombres y mujeres de pie que sostenían
conversaciones ebrias, “permiso”, “gracias”. Y llegué para
pedir algo. “Una cañita por favor”, le dije a la bartender.
Tenía cara conocida. “Enseguida”, me dijo. Fruncí el ceño para
buscar en la memoria y me empecé a reír porque simplemente me había
hecho acordar a una actriz porno. La de Deep Throat, pensé,
pero no me vino el nombre.
Vuelve con mi cerveza y
me dice que son 2 euros. “Me estás jodiendo, es la actriz porno”,
dije no muy fuerte. “¡Esmarelda!”, grita ella hacia la derecha,
“los chicos de la mesa tres piden la cuenta”.
Miro a los chicos de la
mesa tres, pero lo hago rápido, por inercia; después me vuelvo
hacia el interior de la barra desde donde sale Esmarelda secándose
las manos con un trapo. “Voy”, dice.
“Me cago en Santa
Inés”, digo yo. Era el personaje de Pulp Fiction, la misma latina
que no sé como se llama, o sea, no sé el nombre de la actriz de
Pulp Fiction, esta se llama Esmarelda, sino me equivoco Villalobos.
“¡Villalobos!”, digo yo para que se de vuelta. Claro que se da
vuelta, claro que con toda su cara de bah mira hacia donde
estaba Garganta Profunda. Se me quedan mirando las dos en silencio.
Yo empiezo a balbucear, quiero empezar con un pero, aunque
el resto de la frase se me hace imposible, ¿qué iba a decir?.
Tenemos un silencio muy incómodo hasta que ella me pregunta, “¿te
conozco?”. Y yo, “Te vas a cagar de risa, pero me tomé un taxi
en Chicago con vos. Me llevaste al hospital, ¿te acordás?”.
“Nunca trabajé en Chicago”, dice, y Garganta Profunda que busca
algo atrás de mi hombro. O a alguien.
“¿Todo
bien?”, pregunta casi al llegar una voz masculina. Ya me daba miedo
darme vuelta, ¿dónde carajo estaba metido?. Respiro profundo y
antes de que alguna de las chicas pudiese responder me giro. “Na, me estás jodiendo”.
Garganta Profunda, con los ojos yendo de arriba hacia abajo sobre mí, dice, “de momento está todo bien... son 2 euros”. Yo saco la
moneda, se la doy, y después me giro de nuevo, despacito,
pregunto... “¿Thor”?.
El
chabón abre sorprendido todo un gesto como si yo hubiese
descubierto su gran secreto. Estaba de civil pero me di cuenta que
era Thor. Me agarra del hombro y me arrastra a un rincón. “¿Cómo
me reonociste? ¿Quién sos?”. El tipo mueve la boca y yo me río
un poco. “¿Por qué hablás como argentino Thor?”. “¡Quién
sos dije!”, y me estampa contra la máquina expendedora de
cigarros. “Eh eh, pará, no le digo nada a nadie. Te reconocí
porque... me ayudaste a bajar el gato del árbol, ¿te acordás?”.
“Ah, sos gracioso, ¿no?”. Era imposible salir de esa situación,
Thor me iba a cagar irremediablemente a trompadas.
“¡Bazta
Andréz! Dejá al chico tranquilo”. Todavía acogotado por el grandote relojeo procurando
ver quién es el zezioso que se acercó a rescatarme, a estas alturas
podría ser Jesucristo. Al verlo me empecé a reír fuerte,
todavía había restos de la risa que me daba Thor hablando como el 9
de River. Thor me sacudió de nuevo contra la máquina, “este
gracioso anda molestando a las chicas”, agrega mientras me amenaza
con un gesto cómplice. “Zoltalo te dije, el jefe quiere verlo”.
El rubio me baja y amaga con darme un cabezazo, después se me acerca
el zezioso y me acomoda el buzo. “¿Zabéz quién zoy yo?”. “Sí,
le digo, sos Julio Iglesias... perdoname, eh... no sabía que se te
había jodido la voz. No me reía de eso eh. Pasa que la chica de la
barra no se acuerda de que me llevó en taxi una vez, cuando era
taxista, y se puso nerviosa la otra, y llamó a... Andrés. Ahí se
enquilombó todo.”
“Exzacto, veo... A mi me da igual”, dice Iglesias antes de pedirme que lo siga porque el jefe quiere verme, cosa que ya había
escuchado cuando se lo dijo a Thor pero que él se vio obligado a
repetir por las dudas.
Me
llevan por unos pasillos más feos que la mierda, después Julio, que
iba de impecable traje negro, abre la puerta del baño e igual que
en el bar de la película de Robert Rodriguez, se
abre una puerta secreta en uno de los cubículos out of
service, que además estaba todo
cagado. “Pazá”.
¿Por
qué será zezioso? No lo puedo tomar en serio...
Entro
a la oficina del jefe y me siento, escucho que tiran la cadena y que
debe tratarse de él. Curioso que suene un baño en una oficina a la
que se llega por un pasadizo desde otro baño. En fin.
Mirá
vos... Bueno, mejor, un tipo normal, aunque no puedo creer que este sea el
jefe del bar. A mi me recuerda a un oficinista, a un desgraciado, a
un sumiso.
“¿Y?
¿Qué te ha parecido el bar Fabián?”, suelta él, acomodándose
los pantalones y esperando que le de un veredicto de algo muy suyo.
Pero no viene a sentarse enfrente mío, se arrima a una mesita ratona
y sirve dos vasos de ron. Yo pensé que eso de tener vasos y bebidas
en una mesa era cosa de las películas.
“No,
no. ¿por qué habría de ser una cosa de las películas?”, hace
una pausa abriendo los brazos y antes de seguir baja las comisuras,
“si sólo se trata de una mesa y de unos vasos”.
Me
estás cargando, “¿cómo... qué. Cómo sabe, disculpe”.
“Tranquilo,
venís bien. Va a ser mejor si empezás a hablar y a pensar menos, no
te amenazo, aunque la frase parezca
que te amenazo, ¿eh?. Quiero decir, que si pensás las cosas y vas
viendo que te escucho te vas a poner peor. Me gustó lo que hiciste
con Esmarelda”, dice eso sin mirarme, moviendo el dedo índice
hacia el techo mientras pone hielo en uno de los vasos, “un
personaje ínfimo de una película de Tarantino”, y se empieza a
reír. O mejor dicho, te estás riendo, ¿voy a tener que aclarar a
cada rato que lo que pienso vos lo escuchás?.
“Vos
sabrás, lo que quiero decir es que me gustó porque fue divertido.
Lo que no sé es por qué Chicago”.
“No
sé dónde transcurre la escena del taxi de Pulp Fiction, usaron el
efecto de las pelis viejas donde usan fotos para mostrar la ciudad en
las ventanas. Pero a ver, ¿usted quién es?”
“Soy
la muerte”, y me guiña el ojo. Es obvio que no es la muerte, y no
me vengas con vos sabrás,
no hay manera de que este absurdo mejore. “Che, muerte, ¿y me voy
a acordar de este sueño?, me van a despertar ustedes, o me voy a
encamar con las dos pibas de la barra. Eso si que me gustaría antes
de terminar, haceme el aguante.” Pienso, hablo, hago lo que me sale
del culo.
“Podés
creer Julio”, le dice a Iglesias mientras éste ajusticia los
cueritos de sus dedos con un cortaplumas. “Mjm”
responde el cantante, como hipnotizado y con la lengua afuera.
“Pero
eso es porque no quiere pensar”, agrega mirándolo a Iglesias mientras me apunta con la mano abierta, “si cuando
quiere puede el pibe”. “Andá, se te va a calentar la cerveza.
Podrías haber hecho un esfuerzo titán”, y me guiña de nuevo el
ojo, esta vez cabeceándolo un poquito.
Yo
por primera vez analizo la habitación. Hay olor a encierro, como a
tela húmeda, pero mientras devaneo en la decoración me interrumpe
el jefe de nuevo.
“No
vino la chica que limpia, ¿qué querés? Pero decirnos que hay olor
a tela húmeda che, ¿a
vos te parece?”, dice el jefe burlándose de mí aunque hablándole a
Iglesias.
“Usé
trapo más arriba, cuando Esmarelda salía de la barra a la mesa
tres, y a que no adivina titán...”
“¿Qué
cosa Fabián?”. Yo quiero responder de inmediato, pero antes
aclaro en off que la palabra titán
no le pega.
“No
se dio cuenta que pasó de ser como un empleado público a ser como
un mafioso desagradable”, respondo yo, “esta escena también es una bosta y si me voy a tomar la cerveza con las chicas es
porque-yo-eso-lo-sé, y no por el complot que está haciendo usted.
Además me rimó titán
con Fabián de mala
leche”.
Me
paro a ver si me dejan salir, porque haberme dado cuenta de que todo
es un cuento no los priva de meterme un balazo en la frente. O de que
Julio Igleziaz me
degolle con el cortaplumas.
“Mirá
como te burlás del pobre Julio, andá al bar, andá”.
“¿Qué
paza conmigo jefe?”, murmura Julio saliendo de la manicura como de
un trance.
“Nada,
abrile y dejalo salir”, dice el jefe mientras yo estoy confundido
con sus modales o con casi todo lo que lo envuelve.
Atravieso
el pasillo con Julito a mis espaldas, abre el compartimento secreto y
volvemos al lavabo inmundo. Pero lo curioso es que no es caca, me
agacho un poquito y noto que es una mera artesanía del asco. Toco,
debo estar demente pero vale la pena, porque efectivamente se trata
de pintura y de arcilla. “Art decó”, digo antes de salir del
baño, sin saber por qué me llamó la atención el disfraz del
escondite.
Me
arrimo a la barra despacio, el bar está lleno de personajes
charlando y emborrachándose, pero ya no les presto demasiada
atención, “permiso”, “gracias”, y uno más absurdo que otro
me va dejando pasar con más o con menos ganas. Pero de cierta forma
yo miro al suelo, algo desmotivado, sin saber por qué.
Garganta
se acerca y se apoya en la barra. No se acoda, se apoya. La barra es
alta y ella no tanto. Entonces, si se apoya con las manos significa
que tiene que estirarse, como levantar los hombros, y además una
mano está bastante cerca de la otra. Resumiendo, se le juntan las
tetas y se le levantan.
“Ey”,
me dice, pero antes de que siga hablando la interrumpo. “No digas
se te perdió algo, no
hace falta...”, después busco mi vaso, “no me habrás tirado la
cerveza.”
Media
sonrisita de la pornstar mientras eleva de abajo un vaso de cerveza
fría, como si supiera que se la iba a pedir.
“¿Y
Esmarelda?”, pregunto después de relamerme la espuma de birra de
la boca.
“Con
Andrés en el baño”, se queja la
actriz porno, después agrega, “me dijo él que Julio te llevó a
hablar con el jefe. ¿Vas a empezar a trabajar acá?”.
No.
No iba a empezar a trabajar en el bar, sentía que el zezeo de Julio
me había traicionado, o la importancia que yo le daba al nombre de
la taxista de Pulp Fiction. “No creo...”, le dije, idiotizado por
no acordarme el nombre de esa actriz porno de antaño, “Linda me
llamo”, suelta de golpe ella. “Na, ¿vos también escuchás lo
que pienso?”, le pregunto.
Pero
no, había presentido que quería saber su nombre. Y yo tan torpe que
ni me di cuenta, quizás porque ya llevaba tiempo fuera de la
historia. La miro a la cara pero quiero volver a mirarle las tetas,
lo pienso con fervor para asegurarme de que no me lee la mente, lo
hago mientras me concentro en no salirme de sus ojos. “¿Te pasa
algo?”, me dice. Siempre nos pasa algo, aunque decimos que no, me
propongo contárselo pero justo salen Thor y Esmarelda del baño,
haciéndose muy mal los boludos.
Todos
los personajes y yo echamos unas risas en la barra, las bebidas
parecen ir automáticamente a los clientes, ni la taxista ni la porno
star de los años 70' parecen darles bola. Ya Thor no cree que pueda
desvelar su secreto, ni Esmarelda cree que mi historia del viaje en
Chicago sea una rareza peligrosa. Linda Lovelace sabe que cada tanto
le miro el escote, y por suerte ya todos parecemos personas.
Le
pregunto a la actriz si quiere ir al baño conmigo. Pero me dice que
no. Los clientes entran y salen, se renuevan, Y aunque cada uno que
entra es más disparatado que el otro no me dan ganas de
planteármelo. Al ratito vuelve Julito Igleziaz y
sin zezear me dice al oído... “Dice el jefe si se puede retirar
Fabián, que se ha aburrido”.
Thor
me mira un poco acongojado, empezábamos a hacer buenas migas, le
palmo el hombro y le digo que se quede tranquilo. Saludo a las chicas
y me hago espacio entre la gente. Afuera seguro va a haber viento, la
puta madre que lo parió, “permiso”, “gracias”, un híbrido
del villano Dos Caras de DC Cómics, pero que de un lado es el Willy
Wonka de los años 70', y del otro el que representa Johnny Depp, me
fastidia el paso, pero Julio de atrás le dice. “No Dos
Willys, ya no... Dejalo salir”.
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