jueves, 29 de enero de 2015

Adolescencia (cuento)

“Vení”, me dice Carlitos, “que te voy a mostrar como corren las pibas en el parque” (yo le digo Carlitos porque el diminutivo le queda justo).

Es un chabón como cualquiera, bajito eso sí, pero su estatura no lo aleja de la normalidad a la que me refiero. Mira muy fijo, eso también, y es un poco calentón como todo buen petiso; usa gel para el pelo, o quizás el agua jamás se evapora desde la mañana hasta que se va a dormir. Yo no le he dicho nada al respecto, no sólo porque no es un tema para tocar con un petiso como Carlitos, sino porque me gusta el misterio de su jopo tuenti-for-seven. Me quedo mirando sus pelos extra prolijos y le pregunto, “¿qué querés decir con eso? ¿cómo corren las pibas?”. Él y yo somos raros, o eso es lo que se dice de nosotros en el colegio. Él quiere ser ladrón algún día, a mi me gustaría escribir historias.

Me hace un gesto con la cabeza tironeando el aire hacia la derecha, hacia donde queda el parque, y ahí nomás me quiere empezar a explicar, no antes de que yo haga un último intento por salvarme de la caminata. “¿Me vas a hacer ir hasta el parque enano?”. Pero no me contesta. Evidentemente sí, vamos a ir hasta el parque...

“He estado viendo el proceder de las pibas cuando corren”, porque sí, Carlitos suele mezclar palabras raras cuando habla, como proceder, y las dice distinto, haciéndoles fuerza. “En serio, y todo empezó porque como soy tan de la media, me pude dar cuenta. Yo las miro fijo cuando camino, vos ya sabés que me gusta mirarlas, a los ojos, bien fijo”, madre mía cuando dijo bien fijo, lo dijo bien fijo, dijo bien fijo bien fijo, “pero como soy normal no me miran mucho rato, ahi nomás zafan la mirada. Al Roque por ejemplo le hacen frente, o al Terco, yo veo como pasa.” Íbamos caminando un poco rápido y en el andar exagerado de sus piernas cortas se notaba mucho, mi atención era sincera, afirmando con la cabeza, porque Carlitos me lo pedía con la excitación de su voz, medio agitada por la velocidad y medio por su teoría, pero además muy grave. “Bueno, resulta que no había visto tantas pibas corriendo como en el parque, yo no era de venir, me hinchan las pelotas los deportistas estos con relojitos de pulsaciones, remeras ajustadas naranjas, o verdes fluorescentes, zapatillas flacuchas, esas que parece que no se mojan, bueno, mariconadas... pero la otra vez, acompañando a mi tía Nora, porque está hecha mierda y le pidieron que venga a caminar dos veces por semana, me di cuenta”. Carlitos me frena apretándome el antebrazo, después mira hacia atrás y hacia adelante, ya estábamos en el circuito de los deportistas, no es un ciclovía, más bien es una correvía, no sé cómo se le dice, pero está resguardada por una línea amarilla. “Para allá”, me dice, y empezamos a caminar de nuevo. “Mirá, ahí viene una piba, vas a ver cómo me mira”, y me alerta, un tanto preocupado, “vos no la mirés fijo, quiero que veas cómo la miro y cómo me mira”, yo abrí los ojos un poco más de lo normal y bajé la boca en un gesto de sorpresa, como de bueno...bueno.

La chica venía trotando, respiraba como una pava silbadora, fju fju fju fju fju. Sin necesidad de oírlo uno podía darse cuenta, fju fju fju fju.

“Mirá eh”, Carlitos le estampó los ojos negros y en cuanto ella lo notó se miraron hasta que nos pasó por al lado. “¡Viste! Mamita, qué lindo...”. Me fui girando despacio hacia él, asustado, se mordía el labio de abajo y pensé que sólo faltaba que se abrace a sí mismo y que gire o que baile. “¿Estás en pedo Carlitos? ¿Te miró una piba que venía corriendo y hacés todo este circo?”. El enano deshace el nudo de su boca, abre los ojos y alza las manos tipo, dios mío, “¡No entendés nada papá! A mí las minas no me miran así, ahí viene otra, ¡ahí viene otra!”. Esta chica era un tanto más amateur, pero también más linda, y sí, lo miró durante toda la cuestión. Carlitos se agacha un poco de un salto, abriendo las piernas y los brazos, “¿Y? ¿No te das cuenta?” “¿De qué pajero? ¿de que te miran algunas minas que corren?”. Refunfuña y se me acerca, veo su cara brillante por el sol salado de las cuatro de la tarde, y después me susurra “escuchame salame, esto es diez de diez, todas las minas se paran de ojos con los hombres que las miran cuando están al trote, ¿sabés por qué?”, miré al cielo indignado, buscando el aire, pero antes de decirle que no tenía la más puta idea de lo que estaba hablando, siguió, “porque al ir rápidito se liberan, y en las bicis o en las motos, o en los autos, no pueden porque se estampan, en cambio acá pueden. Entonces al saber que va a ser un flash se animan al cruce y te miran con fuego, se desnudan”, él chasqueó los dedos con el flash y yo me le quedé mirando, casi enojado, tenía calor, y tengo que admitir que esperaba que el enano me hubiese enseñado algún disparate verdaderamente gracioso. “¿Este es tu gran descubrimiento?”. Él levanta el índice, y al segundo su dedo empieza a negar, después sigue, “lo que he entendido después de mucho sometimiento mental, es que somos infelices, rechazados en el kiosco del Goity por ejemplo, porque las minas todavía no pueden vernos”, Carlitos no descubría nada nuevo, no me lo podía callar, “¡Claro que no pueden vernos! Son más grandes... Pero... Me has hecho venir hasta acá, la puta madre, con este calor...”, me da un topecito con el hombro. “Claro, porque somos chicos, a eso iba. Pero con esto tenemos un pantallazo de lo que vamos a vivir en el futuro... dale, mirá una nada más, esta vez yo te miro a vos, vos mirala fijo cuando aparezca”. Yo carajeo y le pido que nos vayamos a tomar una Coca, pero insiste.

Otra piba, más alta que nosotros dos juntos (también más bonita que nosotros dos juntos), aparece atrás de una curva. Yo primero lo miro a Carlitos, renegando, después acepto el desafío sólo para irnos de ahí cuanto antes. Alzo la vista y se la clavo en los ojos directo, nada de mirarle el escote o las piernas. En cuanto se da cuenta me empieza a mirar, todo el tiempo, sin ceder, fju fju fju fju... y me pasa zumbando con restos de olor a shampoo. Se me achica la panza y sin darme cuenta, como para admitirle al enano que aunque estaba loco de remate... cierto era que yo había sentido una excitación de lo más extraña, me giro hacia él con la boca en “o” todavía abierta y los ojos también, al toque tiro una carcajada de esas típicas y ruidosas de algo que estuvo bueno. Nos reímos un rato y él también estaba muy contento con mi reacción alegre, “¡¿viste papá!? Ahí viene otra, dale vos de nuevo, dale vos...”, me dice.

Otra vez, le clavo los dientes, o sea, los ojos... y la piba y yo nos miramos todo el tiempo desde que se da cuenta. Era mejor que espiar en el club, había que admitirlo...

Miramos a tres o cuatro más, con cuidado de no repetir a las que ya habían pasado, porque el enano me advirtió “esa no, que recién pasa, dos veces no”, me dice. “¿Ya probaste?”, le pregunté, “No no, y de hecho me da que puede funcionar, pero para mí que me voy a terminar agarrando a trompadas con el novio de alguna”. Sonaba lógico, el enano siempre fue rústico a las piñas, pero una supuesta pelea por mirón era la humillante exposición al ridículo, incluso si él le bajaba dos dientes.

Al final de la tarde fuimos a tomar la Coca al kiosco del Goity, claro está que no le hablamos a ninguna chica, pero rememoramos a cada una de las que nos habíamos cruzado . “Volvemos en estos días”, me dice y después de analizar algo, no sé bien qué, aclara “pero habría que esperar para el disimule, además yo ya te voy a ir marcando las que van seguido para que no las mires”. No podía decirle que estaba hecho un pajero, no de nuevo, tenía razón. “Pero nada de ponernos remeritas naranjas o las zapatillitas esas, para mi que vos ya te compraste unas calcitas”. El enano se empieza a reír, “¡Ni a palos papá! Imaginate si alguno de los pibes me ve vestido así”. Ya los dos nos empezamos a reír, y a ver si alguien nos podía sacar una birra, quizás el hermano del Roque... En el Goity, estaban todas las vecinas del barrio, pibas también, pero no nos miraron, nosotros a ellas menos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario