Hay una bomba de agua
tronando, el ruido es mecánico, tenebroso, se repite cada treinta
segundos y dura aproximadamente cinco. No me había desvelado ni me despertó, la
escuché por primera vez en medio de esos instantes en que uno se da
vuelta en la cama con intenciones inconscientes de seguir durmiendo,
quizás antes de quedarme dormido por primera vez se debe haber
mezclado entre la demorada cena de los vecinos, pero lo que importa
es que la escuché, y ahora des-espero inquieto a que pasen los
treinta segundos y con su correr se me achica el estómago, se me
pone como duro. Me agarro la cara, me la friego, me destapo iracundo,
no voy a poder hacer nada contra el sonido. Son las dos de la mañana y no entiendo cómo no la había escuchado en las tres noches previas
en este nuevo departamento, si tan solo la hubiese notado en una de
esas tardes indefensas. Los ruidos mecánicos no me molestan, es
mucho peor que eso. Me dan miedo. Si un ser irracional dicta
constancia no hay nada que hacer. Treinta segundos y después cinco.
Deambulo por la casa. No hay “Crimen y Castigo”, no hay quejas o
represalias. No me atrevo a poner música, quiero que haya niños
jugando en la calle, o motores rugiendo, necesito otros ruidos que se
mezclen con la bomba, treinta segundos y después cinco, pero para
que eso suceda tiene que llegar el día, son casi seis horas hasta
que alguien despierte, es demasiado para un maníaco depresivo, no lo
voy a conseguir. Mal momento para un ataque, me acerco a la ventana
del cuarto, abro la ventana y el ruido se acerca, la bomba debe estar
a unos diez metros, se agita mi respiración y parecemos ser ambos
testigos del odio. Curiosamente desde la cercanía se calman mis
palpitaciones, quizás deba pasar el resto de la noche más cerca de
la máquina, pero me da frío en la cara, y sobre todo temo que
alguien me vea. La cierro y al fin pongo música, pero los vecinos...
si escuchan que escucho música quizás me digan que la baje. La
apago y también apago las luces de casa, no puedo lidiar con la
posibilidad de que sepan que estoy despierto. Aunque no haya nadie,
aunque no escuchen la bomba. Treinta segundos y después cinco,
treinta segundos y después cinco. Cuando peor me siento es cuando
espero que pare, cuando me olvido que no va a parar hasta que hayan
otros ruidos, cuando pasados los treinta segundos creo que puede
llegar el silencio. Somos dos, ella y yo, no debo olvidarlo si no
quiero tener que dejar la casa, no quiero que me vean salir a estas
horas, no quiero que me pregunten qué pasa. Aunque no haya nadie,
aunque no escuchen la bomba. Han pasado cinco minutos, a lo sumo
diez. No puedo soportarlo, el resto de la noche se me hace
insostenible, se me nubla la vista, agarro el martillo o de repente
lo tengo agarrado, salgo a buscarla, con la puerta atravesada ruego
estar soñando, rondo la casa y trepo la pared del vecino, tengo que
estar soñando, la encuentro, blanca y redonda, pareciera que me
dedica una burla, muerdo con tanta ira que siento un crack de muela
molida, me acerco con cautela y justo antes del primer martillazo
grito con todas mis fuerzas, insulto, el impacto libera un dolor
guardado, mezcla de sangre rancia y de vida negra, que se haga de día
de golpe, que pase un perro de seis cabezas, que algo me pruebe que
esto es un sueño, doy otro martillazo, y otro, ya salen los vecinos,
el agua me da en la cara pero no siento frío, eso debe ser porque es
un sueño, sí, eso es. Algo o alguien me agarra de la pierna y tira
hacia abajo, con el rescoldo de la furia intento dar otro martillazo a la bomba,
pero por la inercia del movimiento mi brazo pasa de largo y estrella
una materia más blanda, más dócil... hay dos segundos de silencio
mientras voy cayendo al piso. Lo interrumpe el ruido del acero en las
baldosas, y después los gritos de otros vecinos, gritos que lloran y
me empiezan a pegar patadas, ojalá sea un sueño, uno de los golpes
es preciso, empiezo a recobrar el sueño, los alaridos y los
insultos se aquietan, como si alguien fuese girando la rosca del
volumen lentamente, me voy quedando al fin dormido mientras mi cuerpo
tambalea por los golpes, ya casi dormido del todo percibo que de
fondo suena la bomba en el silencio de mi cerebro, treinta segundos y
después cinco, treinta segundos y después cinco... treinta segundos
y después cinco...
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