jueves, 29 de enero de 2015

30 y 5


Hay una bomba de agua tronando, el ruido es mecánico, tenebroso, se repite cada treinta segundos y dura aproximadamente cinco. No me había desvelado ni me despertó, la escuché por primera vez en medio de esos instantes en que uno se da vuelta en la cama con intenciones inconscientes de seguir durmiendo, quizás antes de quedarme dormido por primera vez se debe haber mezclado entre la demorada cena de los vecinos, pero lo que importa es que la escuché, y ahora des-espero inquieto a que pasen los treinta segundos y con su correr se me achica el estómago, se me pone como duro. Me agarro la cara, me la friego, me destapo iracundo, no voy a poder hacer nada contra el sonido. Son las dos de la mañana y no entiendo cómo no la había escuchado en las tres noches previas en este nuevo departamento, si tan solo la hubiese notado en una de esas tardes indefensas. Los ruidos mecánicos no me molestan, es mucho peor que eso. Me dan miedo. Si un ser irracional dicta constancia no hay nada que hacer. Treinta segundos y después cinco. Deambulo por la casa. No hay “Crimen y Castigo”, no hay quejas o represalias. No me atrevo a poner música, quiero que haya niños jugando en la calle, o motores rugiendo, necesito otros ruidos que se mezclen con la bomba, treinta segundos y después cinco, pero para que eso suceda tiene que llegar el día, son casi seis horas hasta que alguien despierte, es demasiado para un maníaco depresivo, no lo voy a conseguir. Mal momento para un ataque, me acerco a la ventana del cuarto, abro la ventana y el ruido se acerca, la bomba debe estar a unos diez metros, se agita mi respiración y parecemos ser ambos testigos del odio. Curiosamente desde la cercanía se calman mis palpitaciones, quizás deba pasar el resto de la noche más cerca de la máquina, pero me da frío en la cara, y sobre todo temo que alguien me vea. La cierro y al fin pongo música, pero los vecinos... si escuchan que escucho música quizás me digan que la baje. La apago y también apago las luces de casa, no puedo lidiar con la posibilidad de que sepan que estoy despierto. Aunque no haya nadie, aunque no escuchen la bomba. Treinta segundos y después cinco, treinta segundos y después cinco. Cuando peor me siento es cuando espero que pare, cuando me olvido que no va a parar hasta que hayan otros ruidos, cuando pasados los treinta segundos creo que puede llegar el silencio. Somos dos, ella y yo, no debo olvidarlo si no quiero tener que dejar la casa, no quiero que me vean salir a estas horas, no quiero que me pregunten qué pasa. Aunque no haya nadie, aunque no escuchen la bomba. Han pasado cinco minutos, a lo sumo diez. No puedo soportarlo, el resto de la noche se me hace insostenible, se me nubla la vista, agarro el martillo o de repente lo tengo agarrado, salgo a buscarla, con la puerta atravesada ruego estar soñando, rondo la casa y trepo la pared del vecino, tengo que estar soñando, la encuentro, blanca y redonda, pareciera que me dedica una burla, muerdo con tanta ira que siento un crack de muela molida, me acerco con cautela y justo antes del primer martillazo grito con todas mis fuerzas, insulto, el impacto libera un dolor guardado, mezcla de sangre rancia y de vida negra, que se haga de día de golpe, que pase un perro de seis cabezas, que algo me pruebe que esto es un sueño, doy otro martillazo, y otro, ya salen los vecinos, el agua me da en la cara pero no siento frío, eso debe ser porque es un sueño, sí, eso es. Algo o alguien me agarra de la pierna y tira hacia abajo, con el rescoldo de la furia intento dar otro martillazo a la bomba, pero por la inercia del movimiento mi brazo pasa de largo y estrella una materia más blanda, más dócil... hay dos segundos de silencio mientras voy cayendo al piso. Lo interrumpe el ruido del acero en las baldosas, y después los gritos de otros vecinos, gritos que lloran y me empiezan a pegar patadas, ojalá sea un sueño, uno de los golpes es preciso, empiezo a recobrar el sueño, los alaridos y los insultos se aquietan, como si alguien fuese girando la rosca del volumen lentamente, me voy quedando al fin dormido mientras mi cuerpo tambalea por los golpes, ya casi dormido del todo percibo que de fondo suena la bomba en el silencio de mi cerebro, treinta segundos y después cinco, treinta segundos y después cinco... treinta segundos y después cinco...


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