Él se desveló a las
cuatro y seis de la mañana aunque sólo lo supo a las seis menos
diez, cuando harto de las vueltas se quitó las sábanas de encima. Entonces puso la pava (una olla sin asas), armó la mochila, olvidó la
bombilla y se fue a clarear bien cerquita del cielo.
Ella se desveló a las
seis, no sintió fastidio por la hora extraña (y exacta) en que la
abandonó el sueño. Se miró las manos en la oscuridad hasta las
seis y cuatro tarareando una melodía improvisada y sólo después
del canto decidió levantarse. Puso la pava, armó el bolso, olvidó
la yerba y se fue a caminar hasta que algún rincón se codease con
algún momento.
Ella llegó primero a la
playa, en uno de esos días en que el lugar se manifestó no mucho
después de haberse iniciado el paseo. Casi calculando, se sentó en
diagonal al agua en el lugar preciso desde donde el sol se
desperezaría de frente. Abrió el bolso, sacó el termo, lo hundió
levemente en la arena, sacó el mate, buscó con miedo la bombilla...
la suspiró, y en vano revolvió en busca de la yerba, aún con
restos del susto anterior.
- Ay, la yerba Lucía
(aaaaa).
Él no se calzó apropiadamente pensando
que cerca del cielo sería en-la-playa, pero de repente le dieron
ganas, por lo cual tuvo que sacarse las zapatillas y las medias antes
de internarse en la arena. Al detectar la figura de Lucía se
preguntó quién más podría haber ido a la playa a las... como no
tenía ni teléfono ni reloj tuvo que calcular... seis y media de la
mañana. Se fue acercando como dubitativo, debía pasar por ahí para
llegar al lugar preciso que prefería, porque rodearla en un
semicírculo sobrepasaba incluso los límites de sus fobias. Al irse
aproximando, aunque sin darse cuenta, se elevaron sus hombros, se le
escondió la vista, se le encogió el cuello. Como una tortuga que de
golpe ha perdido su caparazón. Y que lo sabe.
Ella, entre
presentimiento y ruido de arena que se apelmaza, se giró muy de
golpe. Eléctrica.
- Upa, perdón...
Lucía no pudo contener
la risa, no sólo porque le habían ofrecido unas disculpas absurdas,
sino porque el movimiento con el que aquel muchacho se había
expresado había sido histriónico: Un saltito hacia atrás en una
sola pierna y con las manos quebradas a la altura de las muñecas,
como las patitas de un cachorro.
Él se sintió apenas
ofendido y aunque esa sensación no duró mucho, tampoco pronunció
palabra. Sonrió con la cabeza para que la risa de la chica no se
sienta incómoda y avanzó, preocupado por la ubicación que él
quería. Era demasiado cerca, pero... era... “ese” el lugar.
Cómo hacer para que no parezca que se sentaba ahí por ella, cómo
hacer para qué eso no importe, cómo hacer para que la libertad de
elección no sea, como tantas otras veces, en tantas otras cosas...
tan densa. Ya había disminuído la velocidad de los pasos, mientras
a sus espaldas, a unos doce metros, estaba observándolo Lucía,
curiosa por la situación, sí, pero lejos de los prejuicios que
incomodaban a Martín. Ella, otra vez mezcla de presentimiento y de
femenina percepción, borró cualquier vestigio de la risa y se
ensimismó otra vez en su mochila, en la bombilla, fingiendo así próximos
mates que bien sabía imposibles.
Entre medio de su
posición ideal y de una distancia razonable, Martín se dejó caer
como vencido por el cansancio mental. Como también prefería tener al sol
de frente, ya casi éste a punto de salir, le daba por completo la espalda
a Lucía.
Ella tampoco estaba feliz
de que hubiese alguien tan cerca, pero no suponía que él se hubiese
sentado allí por otra cosa que por la ubicación, pareció entender
que ella había llegado primero al mejor rincón de esa playa, y que
aquel muchacho era un accidente involuntario. De inmediato, al
reacomodar sin sentido el termo, sintió la nostalgia. La yerba.
Él no sacó el termo de
la mochila ni emitió sonidos, que en su caso significaba hablar
solo. Seguía tenso, quería estar ahí y no quería. No era la
primera vez que tenía que acomodarse demasiado cerca de alguien,
pero siendo sólo ellos dos en la playa no conseguía relajarse.
Lucía no podía unir a
Martín con yerba, primero tendría que ser sudamericano, tendría
que gustarle el mate, tendría que haber ido a esa hora, a esa playa, a
tomar mate. Por eso, la siguiente repetición de su comentario sobre
la yerba no fue por la esperanza, sino por una falta de confort,
porque si de una vez hablaban dos segundos, si dejaban implícito
con un par de palabras el “estamos acá, ya los dos lo sabemos”,
podrían así ver el sol más tranquilos.
- La yerba Lucía,
la-yer-ba.
Martín tuvo dos
sensaciones casi al mismo tiempo: Con apenas una ventaja apareció el
fastidio de que esa chica (increíblemente recién ahí caviló en
que era una mujer), pidiese algo que él tenía de manera encubierta,
hablándole al aire. Pero casi de inmediato cayó en que la yerba aún
estaba en la mochila, que todavía no la había sacado, entonces
apareció la sorpresa. Así fue que la cabeza amagó un giro, que
apenas empezado se detuvo en seco para que él pueda pensar, que
sí... Que sin dudas era una casualidad inofensiva.
Acabó de darse vuelta
sin decir nada, tenía la ventaja de tener yerba y así mirarla a la
cara. Ella imaginó que diría algo en relación a Uruguay, a
Argentina... Luego de unos tres segundos, él pareció despertar de
golpe, abrió la mochila y le meneó el frasquito con la yerba.
Ella puso cara de “oh” pero con las cejas hasta el cielo, de tan contenta no parecía
sorprendida. Se paró para ir hasta el frasco dejando que en el
trayecto la casualidad tome su forma. Con una mano en el pecho le
agradeció agregando un “ya-ya-ya te la traigo”. Antes de
que ella se fuera él le dijo “Na, te lo juro, revisame la
mochila”. Ella se volvió e inclinó la cabeza preguntando con la
sonrisa, después le creería, aunque Martín le hiciera abrir cada
cierre y revisar cada bolsillo.
“... Me olvidé la
bombilla”.
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