jueves, 29 de enero de 2015

Cursi (cuento)

Él se desveló a las cuatro y seis de la mañana aunque sólo lo supo a las seis menos diez, cuando harto de las vueltas se quitó las sábanas de encima. Entonces puso la pava (una olla sin asas), armó la mochila, olvidó la bombilla y se fue a clarear bien cerquita del cielo.

Ella se desveló a las seis, no sintió fastidio por la hora extraña (y exacta) en que la abandonó el sueño. Se miró las manos en la oscuridad hasta las seis y cuatro tarareando una melodía improvisada y sólo después del canto decidió levantarse. Puso la pava, armó el bolso, olvidó la yerba y se fue a caminar hasta que algún rincón se codease con algún momento.

Ella llegó primero a la playa, en uno de esos días en que el lugar se manifestó no mucho después de haberse iniciado el paseo. Casi calculando, se sentó en diagonal al agua en el lugar preciso desde donde el sol se desperezaría de frente. Abrió el bolso, sacó el termo, lo hundió levemente en la arena, sacó el mate, buscó con miedo la bombilla... la suspiró, y en vano revolvió en busca de la yerba, aún con restos del susto anterior.

- Ay, la yerba Lucía (aaaaa).

Él no se calzó apropiadamente pensando que cerca del cielo sería en-la-playa, pero de repente le dieron ganas, por lo cual tuvo que sacarse las zapatillas y las medias antes de internarse en la arena. Al detectar la figura de Lucía se preguntó quién más podría haber ido a la playa a las... como no tenía ni teléfono ni reloj tuvo que calcular... seis y media de la mañana. Se fue acercando como dubitativo, debía pasar por ahí para llegar al lugar preciso que prefería, porque rodearla en un semicírculo sobrepasaba incluso los límites de sus fobias. Al irse aproximando, aunque sin darse cuenta, se elevaron sus hombros, se le escondió la vista, se le encogió el cuello. Como una tortuga que de golpe ha perdido su caparazón. Y que lo sabe.


Ella, entre presentimiento y ruido de arena que se apelmaza, se giró muy de golpe. Eléctrica.

- Upa, perdón...

Lucía no pudo contener la risa, no sólo porque le habían ofrecido unas disculpas absurdas, sino porque el movimiento con el que aquel muchacho se había expresado había sido histriónico: Un saltito hacia atrás en una sola pierna y con las manos quebradas a la altura de las muñecas, como las patitas de un cachorro.

Él se sintió apenas ofendido y aunque esa sensación no duró mucho, tampoco pronunció palabra. Sonrió con la cabeza para que la risa de la chica no se sienta incómoda y avanzó, preocupado por la ubicación que él quería. Era demasiado cerca, pero... era... “ese” el lugar. Cómo hacer para que no parezca que se sentaba ahí por ella, cómo hacer para qué eso no importe, cómo hacer para que la libertad de elección no sea, como tantas otras veces, en tantas otras cosas... tan densa. Ya había disminuído la velocidad de los pasos, mientras a sus espaldas, a unos doce metros, estaba observándolo Lucía, curiosa por la situación, sí, pero lejos de los prejuicios que incomodaban a Martín. Ella, otra vez mezcla de presentimiento y de femenina percepción, borró cualquier vestigio de la risa y se ensimismó otra vez en su mochila, en la bombilla, fingiendo así próximos mates que bien sabía imposibles.

Entre medio de su posición ideal y de una distancia razonable, Martín se dejó caer como vencido por el cansancio mental. Como también prefería tener al sol de frente, ya casi éste a punto de salir, le daba por completo la espalda a Lucía.

Ella tampoco estaba feliz de que hubiese alguien tan cerca, pero no suponía que él se hubiese sentado allí por otra cosa que por la ubicación, pareció entender que ella había llegado primero al mejor rincón de esa playa, y que aquel muchacho era un accidente involuntario. De inmediato, al reacomodar sin sentido el termo, sintió la nostalgia. La yerba.

Él no sacó el termo de la mochila ni emitió sonidos, que en su caso significaba hablar solo. Seguía tenso, quería estar ahí y no quería. No era la primera vez que tenía que acomodarse demasiado cerca de alguien, pero siendo sólo ellos dos en la playa no conseguía relajarse.

Lucía no podía unir a Martín con yerba, primero tendría que ser sudamericano, tendría que gustarle el mate, tendría que haber ido a esa hora, a esa playa, a tomar mate. Por eso, la siguiente repetición de su comentario sobre la yerba no fue por la esperanza, sino por una falta de confort, porque si de una vez hablaban dos segundos, si dejaban implícito con un par de palabras el “estamos acá, ya los dos lo sabemos”, podrían así ver el sol más tranquilos.

- La yerba Lucía, la-yer-ba.

Martín tuvo dos sensaciones casi al mismo tiempo: Con apenas una ventaja apareció el fastidio de que esa chica (increíblemente recién ahí caviló en que era una mujer), pidiese algo que él tenía de manera encubierta, hablándole al aire. Pero casi de inmediato cayó en que la yerba aún estaba en la mochila, que todavía no la había sacado, entonces apareció la sorpresa. Así fue que la cabeza amagó un giro, que apenas empezado se detuvo en seco para que él pueda pensar, que sí... Que sin dudas era una casualidad inofensiva.

Acabó de darse vuelta sin decir nada, tenía la ventaja de tener yerba y así mirarla a la cara. Ella imaginó que diría algo en relación a Uruguay, a Argentina... Luego de unos tres segundos, él pareció despertar de golpe, abrió la mochila y le meneó el frasquito con la yerba.

Ella puso cara de “oh” pero con las cejas hasta el cielo, de tan contenta no parecía sorprendida. Se paró para ir hasta el frasco dejando que en el trayecto la casualidad tome su forma. Con una mano en el pecho le agradeció agregando un “ya-ya-ya te la traigo”. Antes de que ella se fuera él le dijo “Na, te lo juro, revisame la mochila”. Ella se volvió e inclinó la cabeza preguntando con la sonrisa, después le creería, aunque Martín le hiciera abrir cada cierre y revisar cada bolsillo.


“... Me olvidé la bombilla”.


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