Así que de acá salió... Tiempo atrás.
Tenía varias notas en la
mochila, la tinta corrida, las ideas a punto de hacerse manchas.
“Que las moscas no
puedan acercarse a más de un metro, verlas volar a la distancia,
jactarse de ellas, abolir el deseo de matarlas.”
“De a ratos poder
hacerse sordo, disfrutar de la más silenciosa delicia.”
Transcribió avergonzado
las ideas en un papel en blanco, pobreza intelectual, nada que
contar. Hizo un bollo con la hoja nueva y se acostó a observar el
ventilador de techos.
Pero descruzó los brazos
atrás de su nuca y volvió con decisión a la sala, “quizás
siendo personaje”, se dijo.
Bueno, acá estoy, me
hago cargo, y te digo bajito... muy bajito... no puedo creer que
estés leyendo esto. Imaginate que estoy dando vueltas con un
micrófono en una habitación vacía, hablando, rascándome la
cabeza, mirando el techo a ver si se me ocurre algo. Abandoná, andá
a mirar una peli, sí, digo “peli” y no película, así de
desganado estoy. Me levanté de la cama con ganas de darle una chance
a este texto ¿sabés? Pero no hay ideas... Si seguís acá es porque
no-me-estás-escuchando. Te lo digo en negritas: notengo nada que
contar.
¿Qué opinarás vos de
las moscas? A mí no me gusta el concepto del odio. Pero las odio.
Mucho... Sí, ya sé que más arriba no puse las negritas, fue por si
alguno se quedó, o no sé por qué. Sí, también, “no tengo”
está todo junto... Además puedo haber ayudado a quienes estén
“cortos de tiempo” (o sea, algo más ocupados), a que finalmente
puedan hacer otra cosa. Quizás al ver la omisión del recurso
decidieron poner el agua para el mate, o para los fideos, o nada de
agua, da lo mismo. Que se fueron... Las moscas, odio las moscas.
Es extraño, de a ratos
presiento que “escribo solo”, de a ratos no. Si no te has ido
seguro ya frunciste el entrecejo. Arranqué este adefesio en tercera
persona, los cuatro primeros párrafos. Y ahí se me fue todo de las
manos, el cursor titilaba antes del quinto haciéndome burla, y me
dije “m'a sí”, yo sigo.
Es más que probable que
ya esté solo. Si mis cálculos no fallan, ya nadie lee este texto.
Podría mentir un poco, total...
Tenés manchada la
mano... la otra... para qué juego si no hay nadie. Incluso si
quedaba alguno lo hice mirarse las manos... seguro se hartó
de un antiescritor vacío haciéndose el metafísico. Y si algún
otro no está de acuerdo con la interacción, si de hecho la detesta,
al leer aquello de la mancha se mordió el labio inferior denotando
mi nivel nefasto y también se fue. Me sorprende que haya durado
tanto.
Ya sé, debería haber
esperado un momento de inspiración antes que someternos a esto. Pero
bueno, ahora deambulo por la habitación vacía pateando el aire,
silbando metáforas, total...
Me desperezo la cabeza y
la agito, hay gente que me aprecia y que sigue acá. Leyendo mi mal
día.
Hola...
Decí hola en voz alta.
Mala onda. Decilo. Es que se me mezclaron los que lo dijeron con los
que no... A ver, de nuevo. Ya sé, el tema es que yo no sé si hay
alguien que me haya contestado, o si la primera vez, o si las dos. Un
desastre mis intenciones, sin dudas.
Hoy se habla mucho de que
el tiempo es valioso, de que apremia, “apremiar”, no me gusta
nada esa palabra. En fin, yo se los estoy masticando con la boca
abierta en la cara. Al tiempo, a eso me refiero. Si les sirve de
consuelo, no estoy orgulloso de eso.
Apareció un personaje,
les aviso cuando me toque volver.
Disculpen al autor. Me
presento: Soy la mancha hipotética de sus manos. Perdón, perdón...
creí que tenía una chica que iba a empezar a contarles una
historia. Voy a fumar a la ventana, no estaría ni cerca de ofenderme
si no vuelven. A mi no me queda otra, por lo menos tengo que
terminar.
.
.
.
.
En serio fui a fumar,
puse los puntitos esos antes de irme, pero sí que fui. A las pocas
caladas lo abandoné en la ventana, lo dejé apoyadito para que se
apague solo. Me puse a pensar. Fue todo cuestión de segundos;
primero me los imaginé a ustedes, individualmente, no tenían cara,
sino una expresión elocuente de fastidio, después supuse, como soy
tan amateur, que los conozco a casi todos, es tal vez un hecho,
“hola, te conozco... Sí, todo está bien. No puedo entrar en
detalles porque hay extraños”, “hola, a vos no te conozco, y
estás leyendo lo peor que escribí en mucho tiempo, me gustaría que
los que tenés al lado de manera hipotética, te digan que también
me gusta escribir con prudencia”. Los presento: los que conozco –
los que no conozco. ¿Se podrían tomar el trabajo de insultarme?
Háganlo como prefieran, no es tema la forma.
Qué lástima, recién
pensé que tenía una idea... cuando fumaba digo. Quería proponerles
que hagan más cosas además de insultarme. Pero es injusto, ustedes
están para leer, y yo para pedirles perdón (no puedo poner “yo
para escribir”, sería una falta de respetos sería. En
capicua...y en plural).
¿Ustedes no querrían
ser sordos a veces? Cuando un niño llora, cuando una vecina hace
ruido con la aspiradora, cuando un perro le ladra a otro
que-no-puede-alcanzar desde un balcón. No sé, se me ocurren varios
ejemplos. Hacerse sordos con un chasquido de dedos y de la misma
manera deshacer la sordera (les juro que hice el chasquido en mi
oreja para encontrar una onomatopeya que lo describa, ninguna
convincente). Por supuesto que me gustaría pensar que alguno de
ustedes lo hizo y que reflexionó en la idea, que de hecho tiene una
combinación de letras atinada. Pero ese es mi lado optimista. El
pesimista me da varias versiones: Que no hay absolutamente nadie
leyendo a esta altura (en ese caso podría contar un secreto
personal, pero la esperanza de que haya compañía me frena en seco);
otra versión es que a esta altura me van leyendo en diagonal,
salteando la mayoría de los párrafos en pos de una idea que valga
la pena (probablemente en vano); otra, es esa misma lectura salteada,
pero que ya va bajando rápido, convirtiendo estas letras en
manchitas negras.
Así de mal escribo hoy.
Eso último seguro lo
leyeron todos, “así de mal escribo hoy”, incluso aquellos que
van aleatoriamente, al ser una oración cortita entra por piedad. Y no estuvo mal para meterla de sopetón, admitir la
pobreza literaria es una linda manera de volver a disculparme.
Tenía unas ganas de
escribir hoy. A ver, me corrijo, tenía ganas de tener algo lindo
para escribir. Pero me senté a esto, porque no se me ocurrió
nada, las musas están todas en los lugares comunes, tomando cerveza
entre amigas, sin poesía que se les asome por ningún recoveco. Iba
a arrancar la historia de un hombre que está vivo para presenciar su
entierro, su velorio, todo. Que saluda y le da las condolencias a su
propia madre, que habla con la funeraria para ultimar detalles, todo
desde la más natural de las aceptaciones. Al final fue un fiasco.
Pero bueno, lo mejor de
toda esta “inaventura” es que no tengo que pensar en un final
sensato, a quién se le ocurre suponer que puede haber una
conclusión. Todos tenemos un mal día en el trabajo: “Qué día de
mierda che, no paraban de pasar cosas malas” (sé que podría
ejemplificar mucho mejor a un tipo que se queja, pero me pareció
gracioso arruinar incluso esa frase, “cosas malas”. Una
estupidez, ya sé). Tuve un mal día, y me le animé al pecado de
gritarlo en la oficina, como cualquiera, en cualquier otro oficio,
este es mi alarido en laboral, puteo a los jefes, renuncio... ¿Saben
lo que les digo? ¡Renuncio!
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