jueves, 29 de enero de 2015

Ensayo del bache literario

Así que de acá salió... Tiempo atrás.


Tenía varias notas en la mochila, la tinta corrida, las ideas a punto de hacerse manchas.

“Que las moscas no puedan acercarse a más de un metro, verlas volar a la distancia, jactarse de ellas, abolir el deseo de matarlas.”

“De a ratos poder hacerse sordo, disfrutar de la más silenciosa delicia.”

Transcribió avergonzado las ideas en un papel en blanco, pobreza intelectual, nada que contar. Hizo un bollo con la hoja nueva y se acostó a observar el ventilador de techos.

Pero descruzó los brazos atrás de su nuca y volvió con decisión a la sala, “quizás siendo personaje”, se dijo.

Bueno, acá estoy, me hago cargo, y te digo bajito... muy bajito... no puedo creer que estés leyendo esto. Imaginate que estoy dando vueltas con un micrófono en una habitación vacía, hablando, rascándome la cabeza, mirando el techo a ver si se me ocurre algo. Abandoná, andá a mirar una peli, sí, digo “peli” y no película, así de desganado estoy. Me levanté de la cama con ganas de darle una chance a este texto ¿sabés? Pero no hay ideas... Si seguís acá es porque no-me-estás-escuchando. Te lo digo en negritas: notengo nada que contar.

¿Qué opinarás vos de las moscas? A mí no me gusta el concepto del odio. Pero las odio. Mucho... Sí, ya sé que más arriba no puse las negritas, fue por si alguno se quedó, o no sé por qué. Sí, también, “no tengo” está todo junto... Además puedo haber ayudado a quienes estén “cortos de tiempo” (o sea, algo más ocupados), a que finalmente puedan hacer otra cosa. Quizás al ver la omisión del recurso decidieron poner el agua para el mate, o para los fideos, o nada de agua, da lo mismo. Que se fueron... Las moscas, odio las moscas.

Es extraño, de a ratos presiento que “escribo solo”, de a ratos no. Si no te has ido seguro ya frunciste el entrecejo. Arranqué este adefesio en tercera persona, los cuatro primeros párrafos. Y ahí se me fue todo de las manos, el cursor titilaba antes del quinto haciéndome burla, y me dije “m'a sí”, yo sigo.

Es más que probable que ya esté solo. Si mis cálculos no fallan, ya nadie lee este texto. Podría mentir un poco, total...

Tenés manchada la mano... la otra... para qué juego si no hay nadie. Incluso si quedaba alguno lo hice mirarse las manos... seguro se hartó de un antiescritor vacío haciéndose el metafísico. Y si algún otro no está de acuerdo con la interacción, si de hecho la detesta, al leer aquello de la mancha se mordió el labio inferior denotando mi nivel nefasto y también se fue. Me sorprende que haya durado tanto.

Ya sé, debería haber esperado un momento de inspiración antes que someternos a esto. Pero bueno, ahora deambulo por la habitación vacía pateando el aire, silbando metáforas, total...

Me desperezo la cabeza y la agito, hay gente que me aprecia y que sigue acá. Leyendo mi mal día.

Hola...

Decí hola en voz alta. Mala onda. Decilo. Es que se me mezclaron los que lo dijeron con los que no... A ver, de nuevo. Ya sé, el tema es que yo no sé si hay alguien que me haya contestado, o si la primera vez, o si las dos. Un desastre mis intenciones, sin dudas.

Hoy se habla mucho de que el tiempo es valioso, de que apremia, “apremiar”, no me gusta nada esa palabra. En fin, yo se los estoy masticando con la boca abierta en la cara. Al tiempo, a eso me refiero. Si les sirve de consuelo, no estoy orgulloso de eso.

Apareció un personaje, les aviso cuando me toque volver.

Disculpen al autor. Me presento: Soy la mancha hipotética de sus manos. Perdón, perdón... creí que tenía una chica que iba a empezar a contarles una historia. Voy a fumar a la ventana, no estaría ni cerca de ofenderme si no vuelven. A mi no me queda otra, por lo menos tengo que terminar.

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En serio fui a fumar, puse los puntitos esos antes de irme, pero sí que fui. A las pocas caladas lo abandoné en la ventana, lo dejé apoyadito para que se apague solo. Me puse a pensar. Fue todo cuestión de segundos; primero me los imaginé a ustedes, individualmente, no tenían cara, sino una expresión elocuente de fastidio, después supuse, como soy tan amateur, que los conozco a casi todos, es tal vez un hecho, “hola, te conozco... Sí, todo está bien. No puedo entrar en detalles porque hay extraños”, “hola, a vos no te conozco, y estás leyendo lo peor que escribí en mucho tiempo, me gustaría que los que tenés al lado de manera hipotética, te digan que también me gusta escribir con prudencia”. Los presento: los que conozco – los que no conozco. ¿Se podrían tomar el trabajo de insultarme? Háganlo como prefieran, no es tema la forma.

Qué lástima, recién pensé que tenía una idea... cuando fumaba digo. Quería proponerles que hagan más cosas además de insultarme. Pero es injusto, ustedes están para leer, y yo para pedirles perdón (no puedo poner “yo para escribir”, sería una falta de respetos sería. En capicua...y en plural).

¿Ustedes no querrían ser sordos a veces? Cuando un niño llora, cuando una vecina hace ruido con la aspiradora, cuando un perro le ladra a otro que-no-puede-alcanzar desde un balcón. No sé, se me ocurren varios ejemplos. Hacerse sordos con un chasquido de dedos y de la misma manera deshacer la sordera (les juro que hice el chasquido en mi oreja para encontrar una onomatopeya que lo describa, ninguna convincente). Por supuesto que me gustaría pensar que alguno de ustedes lo hizo y que reflexionó en la idea, que de hecho tiene una combinación de letras atinada. Pero ese es mi lado optimista. El pesimista me da varias versiones: Que no hay absolutamente nadie leyendo a esta altura (en ese caso podría contar un secreto personal, pero la esperanza de que haya compañía me frena en seco); otra versión es que a esta altura me van leyendo en diagonal, salteando la mayoría de los párrafos en pos de una idea que valga la pena (probablemente en vano); otra, es esa misma lectura salteada, pero que ya va bajando rápido, convirtiendo estas letras en manchitas negras.

Así de mal escribo hoy.

Eso último seguro lo leyeron todos, “así de mal escribo hoy”, incluso aquellos que van aleatoriamente, al ser una oración cortita entra por piedad. Y no estuvo mal para meterla de sopetón, admitir la pobreza literaria es una linda manera de volver a disculparme.

Tenía unas ganas de escribir hoy. A ver, me corrijo, tenía ganas de tener algo lindo para escribir. Pero me senté a esto, porque no se me ocurrió nada, las musas están todas en los lugares comunes, tomando cerveza entre amigas, sin poesía que se les asome por ningún recoveco. Iba a arrancar la historia de un hombre que está vivo para presenciar su entierro, su velorio, todo. Que saluda y le da las condolencias a su propia madre, que habla con la funeraria para ultimar detalles, todo desde la más natural de las aceptaciones. Al final fue un fiasco.

Pero bueno, lo mejor de toda esta “inaventura” es que no tengo que pensar en un final sensato, a quién se le ocurre suponer que puede haber una conclusión. Todos tenemos un mal día en el trabajo: “Qué día de mierda che, no paraban de pasar cosas malas” (sé que podría ejemplificar mucho mejor a un tipo que se queja, pero me pareció gracioso arruinar incluso esa frase, “cosas malas”. Una estupidez, ya sé). Tuve un mal día, y me le animé al pecado de gritarlo en la oficina, como cualquiera, en cualquier otro oficio, este es mi alarido en laboral, puteo a los jefes, renuncio... ¿Saben lo que les digo? ¡Renuncio!


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