Que por qué la invité a
tomar un helado en el banco de una plaza, me dice; no es una plaza,
le corto; bueno, en el banco de un paseo, se corrige; que fue como si
mi “yo” de un futuro ni muy lejano ni muy cerquita me hubiese
avisado, le cuento; que cómo es eso, me indaga; que hubo una certeza
de sonrisota y de ojos grandes exactos, le digo; es raro, me incita;
serías como un rompecabezas terminado, le aclaro; ¿te gustan los
sabores que pediste?, me sorprende; el helado siempre me gusta, le
respondo; no parecías convencido ni de la frambuesa ni de la crema
de Óreos, sugiere; no era un buen momento para tomar una decisión,
le murmuro; gracias, me entibia; éste es uno de mis lugares favoritos
de la ciudad, le comento; ¿te molestan los silencios?, me pregunta; no,
de verdad, el Paseo San Joan es uno de mis lugares favoritos, le
repito; no lo dudo, se disculpa; los silencios saben cuando incomodan,
retomo; nos reimos; dale vos, le digo; dale, decime lo qué
ibas a decir, me arenga; los silencios a vos te quedan muy bien, le
asevero; ¿combinamos?, me actúa; increíblemente, le prometo; nos
miramos; te toca, le digo; ¿es por turnos?, me pregunta; es por
turnos, le copio; me mira; se te está derritiendo todo el
helado, me advierte; nos reímos; estás nervioso, deduce; es mi
“yo” del futuro que no me deja tranquilo, le juego; nos
miramos; mirate la mano, le señalo; nos reímos; me da
pena tirarlo, me busca; mucha
pena, concuerdo; a tomar helado en silencio, me propone; a tomar
helado, le confirmo; tomamos envión desde el fondo de los ojos;
sonreímos; casi reímos; primera carcajada suya;
primera mía; tosemos por el frío de mi frambuesa, por el
ahogo feliz y por su chocolate suizo; se me cae el helado;
llegamos al punto donde la elegancia de la risa se hace obsoleta;
nos deslizamos por el banco casi al borde del piso; suspiramos
para recobrar el aire; toda la secuencia se reinicia;
desde la tímida sonrisa hasta el suspiro; qué lindo,
observa; qué cosa, le pregunto; esos de ahí, nos miran como si
estuviésemos locos, me susurra; qué lindo, le susurro; siento el
sabor de su chocolate en mis labios; todo se da muy despacito,
casi blanco; rompemos el aire; nos reímos con ojos,
nariz, frente, todo junto; ¿juguemos a adivinarnos la vida?, me
propone; ¿por dónde empezamos?, me animo; debería ser por los
nombres, me dice; los dos acertamos, al enésimo intento, casi al
decimocuarto, y nos quedamos sentados “meta charla”, casuales,
con los dedos entrelazados como estampillas dulces y eternas.
i want an icecream now! :)
ResponderEliminarO a un tórtolo angelical (en tu caso, en el mío tórtola") , que invita helados en los pasajes o en las plazas... O una "pecsi" tibia, y sin gas, total... Si nos dan "honey" que nos inviten lo que quieran.
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