Podrías estar frente al
espejo del baño: “A que me corto el pelo” (tus manos que lo
anidan hacia arriba para el resultado teórico), hacer una pausa;
“sino hago cambio radical de color” (tu cabeza que va y viene
buscando ángulos y luces), podrías quedarte quieta un instante
más... “Ya veremos” (finalmente la pelambre que cae ululante a
su lugar y el espejo que te devuelve el sensual beso de despedida).
Quizás podrías hacerte
otro té con leche, tan ameno a media mañana. Deberías estar
orgullosa por haber lavado los platos después del atracón nocturno
de yogur griego, orgullosa, por no haber postergado el tedio para la
carota de sueño despeinada.
Deberías perfumar tu
aliento con esos sueños a cualquier hora, dejar colgar tus brazos
boca arriba, volátil, preguntarte si las sábanas seguirán oliendo a
suavizante. Entender que hoy tenés tiempo para caminar distancias no
caminables, y que ese “hoy” no excluye “mañanas”. Divagar
entre tus párpados perdidos, contemplar bien a propósito, sonreirle
al recuerdo de aquella batalla de pelota-paleta que te vio ganadora
irrefutable. Resumo, deberías-fiaca.
Después preparar las
uvas sin semillas para dos o tres desayunos inminentes, en mitades,
sin hacer trampa, o sin hacer tanta. Cuchillito en mano pensar que
aquel buen mozo puede tartamudear por vos, con la barba de dos días,
con sus adulantes patas de gallo tipo sexo en blanco y negro, con la
mirada que tanto erotiza, adonis idealizado, adonizado, ideonis...
Deberías estar suspirando tus propias hormonas inocentes.
Podrías adivinar de qué
es el incienso que avivó la vecina, si acaso es el viento el que lo
convida o si el humo es independiente y generoso. Cerrar los ojos y
mirarte las manos a través de la ceguera, hacerlas bailar como
pequeños manojos árabes, tararear otro momento envidiable. Acaso
que un estornudo te deshipnotice de golpe y asustarte de risa.
Deberías-frescura.
Quizás no deberías ir a
la playa, aprovechar que el almuerzo se llevó todos los niños de la
cuadra. Regar las plantas aunque haya llovido ayer, dejar de luchar
contra el imán de la hamaca y acostarte mais uma vez, buscar
gotitas redondas arriba de las hojas recién acariciadas, verlas
luego resbalar hasta la punta, desbordarse, despedirse, hacerse
tierra.
Deberías arquear tus
cejas hacia el sol, atrás tuyo, muy atrás, tener que darte vuelta,
encandilarte: Hora del mate. Juntarlo con “sanguchitos” potentes
para encontrar la comida ausente del mediodía. Podrías estirarte
con tal placer que la pava te mire embobada, tanto que se le hierva
el agua, tanto que deba silbar un perdón agónico. “Chorrito de
agua fría, no pasa nada... metal precioso”. Podrías hasta decir
“metal precioso” como Marylin Monroe.
Tal vez la vecina te
acepte uno o dos matecitos, yugoslava y todo. “Cosa amarga lo
parió, no hay caso", yugoslargenta al tanto de tu léxico
pero no de ciertas tradiciones. Deberías agradecerle el olor a
vainilla de hace un ratito,
aunque te distraigas en el camino y digas chau con las
gracias mudas: mueca arriba, mueca abajo.
Podrías volver, así
como quien no quiere la cosa, a buscar en tu cabeza al barbudo
mam-mito mío, chapotear eléctrica entre “ays” y “ahs”.
Podrías entrelazar la
lengua con los labios en modo manualidades y así cambiar la yerba
para recobrar la verde espuma, mientras que a tus espaldas se
está despidiendo el sol. “Bueeeeno, no escuché que te
ibas, estaba distraída con la bombilla...chau, sí, chau”.
Deberías-hispano-sol-parlante.
Quizás deberías suponer
que alcanza con lo que protege el tupper, pero él hace las cuentas
de lo que pesa y te sugiere un arrocito para acompañar: Milagroso
gramíneo polifacético. La idea te acomoda un pequeño placer en la
calma... ya la cena está pactada. Deberías cebar otro antes de que
se enoje el atardecer, no amante de los planes, planeador de los
amantes. Otro “ay” y un hurra por lo que sea que esté haciendo
el adonis y su barba.
Tanto “podrías”,
“deberías”, y se hace de noche.
No me atrevo a “deberías”
sobre el transcurso de la cena o a “podrías” sobre volver a
lavar los platos antes de dormir. Mejor dejar a la luna sobre la
mesa, al tecito de hierbas y pijamas. Por las dudas nada de “podrías”
almohadón o “deberías” peluche de la infancia. Sin dudas
yo-no-debería imaginar tus horas de sueño y suponer tu posterior
mañana, yo-no-debería porque ya la idea de terminar este día
hipotético me está costando como escribir sin levantar la lapicera.
Yo-debería llegar hasta acá con las letras, hasta donde pude, y
vos.... ojo que no es una exclusividad mía, te lo dice también el
aire que se escapó de un globo, la cola de un perro, te lo piden
unas germinaciones que respiran, un vestido de novia que contempla un
reloj, las lágrimas de un fado, toda señora de más de noventa
años. No soy sólo-yo el que te lo dice, de verdad, cada frasquito
chico del mundo lo lamenta... podrías haberte quedado.
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