miércoles, 3 de septiembre de 2014

Helados


Que por qué la invité a tomar un helado en el banco de una plaza, me dice; no es una plaza, le corto; bueno, en el banco de un paseo, se corrige; que fue como si mi “yo” de un futuro ni muy lejano ni muy cerquita me hubiese avisado, le cuento; que cómo es eso, me indaga; que hubo una certeza de sonrisota y de ojos grandes exactos, le digo; es raro, me incita; serías como un rompecabezas terminado, le aclaro; ¿te gustan los sabores que pediste?, me sorprende; el helado siempre me gusta, le respondo; no parecías convencido ni de la frambuesa ni de la crema de Óreos, sugiere; no era un buen momento para tomar una decisión, le murmuro; gracias, me entibia; éste es uno de mis lugares favoritos de la ciudad, le comento; ¿te molestan los silencios?, me pregunta; no, de verdad, el Paseo San Joan es uno de mis lugares favoritos, le repito; no lo dudo, se disculpa; los silencios saben cuando incomodan, retomo; nos reimos; dale vos, le digo; dale, decime lo qué ibas a decir, me arenga; los silencios a vos te quedan muy bien, le asevero; ¿combinamos?, me actúa; increíblemente, le prometo; nos miramos; te toca, le digo; ¿es por turnos?, me pregunta; es por turnos, le copio; me mira; se te está derritiendo todo el helado, me advierte; nos reímos; estás nervioso, deduce; es mi “yo” del futuro que no me deja tranquilo, le juego; nos miramos; mirate la mano, le señalo; nos reímos; me da pena tirarlo, me busca; mucha pena, concuerdo; a tomar helado en silencio, me propone; a tomar helado, le confirmo; tomamos envión desde el fondo de los ojos; sonreímos; casi reímos; primera carcajada suya; primera mía; tosemos por el frío de mi frambuesa, por el ahogo feliz y por su chocolate suizo; se me cae el helado; llegamos al punto donde la elegancia de la risa se hace obsoleta; nos deslizamos por el banco casi al borde del piso; suspiramos para recobrar el aire; toda la secuencia se reinicia; desde la tímida sonrisa hasta el suspiro; qué lindo, observa; qué cosa, le pregunto; esos de ahí, nos miran como si estuviésemos locos, me susurra; qué lindo, le susurro; siento el sabor de su chocolate en mis labios; todo se da muy despacito, casi blanco; rompemos el aire; nos reímos con ojos, nariz, frente, todo junto; ¿juguemos a adivinarnos la vida?, me propone; ¿por dónde empezamos?, me animo; debería ser por los nombres, me dice; los dos acertamos, al enésimo intento, casi al decimocuarto, y nos quedamos sentados “meta charla”, casuales, con los dedos entrelazados como estampillas dulces y eternas.


2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. O a un tórtolo angelical (en tu caso, en el mío tórtola") , que invita helados en los pasajes o en las plazas... O una "pecsi" tibia, y sin gas, total... Si nos dan "honey" que nos inviten lo que quieran.

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