miércoles, 3 de septiembre de 2014

La isla (cuento)

No sé qué esperará el que encuentre este cuaderno, por un lado no me es determinante que alguien lo encuentre, y por otro lado, éste un tanto más melodramático... no sé si espero algo escribiendo estas notas.

Son las dos de la mañana, la isla está tranquila en estas horas. La isla como un tigre durmiendo, la isla como un tigre durmiendo en docilidad de mascota.

La desconexión sigue absoluta: Somos los que fuimos, más los nacidos, menos los muertos.

El territorio es grande pero no enorme. A lo ancho la isla puede recorrerse en bicicleta, siempre y cuando se tenga un estado físico obediente. No así a lo largo, aunque con un auto podría atravesarse en un par de horas, el problema es que a estas alturas la mayoría de los autos han sido prescindiblemente olvidados.

Yo llegué hace varios años y tantos meses, cuando la isla era otro de tantos destinos para gente cansada o asesina, para mnemofóbicos o nostálgicos; con los nativos, con los amigables, con los escasos turistas, con viejos y con jóvenes. Otra isla con agua acechando a la libertad.

No sé por qué quiero describir mis inicios, porque lo que corresponde es narrar lo que ha sucedido con el lugar y no conmigo. Pero el encierro me obliga, o me sugiere, que escriba un poco sobre las dos cosas.

En fin, llegué cansado de ponerme triste, y no es de amarrete que resuma tanto. Vine imaginando que cocinaba en algún restaurante o en algún bar, vine para alejarme de la vorágine de las ciudades, de las calles cansadas, de las caras fruncidas. No conocía a nadie, nadie me conocía, y los primeros días me hospedé en un hostal cerquita del mar, porque el agua maneja bien a la tristeza, te la hace móvil, transportable.

Fui saliendo a la calle con mis currículums hasta acabar tras la barra de un café, lejos de la cocina que había imaginado, así como las días imaginan noches que rara vez suceden.

La velocidad de la isla me resultó rápidamente agradable, tiempos coherentes para contemplar, ausencia de invierno pero no así de lluvias, diferentes disfraces en la flora de acuerdo a la época del año, playas, bananas y bananitas, viento, estrellas gruesas o cielos permisivos. En resumen, un excelente porcentaje de tranquilidad.

No hice demasiados amigos, y como en tantas experiencias de viajes y de reinicios, las dificultades existenciales aparecen o se descubren. Con el tiempo había perdido gran parte de mi capacidad de interactuar con otras personas, de conocer gente, no porque fuese yo desagradable, irrespetuoso o maleducado (siempre pensé que si uno desvaría en sus comportamientos lo sabe, al menos parcialmente, y no era mi caso). A mi me empezaba a costar el inicio de las relaciones, pensando que era injustificado si no era de manera natural, y esa naturalidad era cada vez más utópica, llegando a esperar que algo absurdo ocurriese para poder entablar una conversación.

De esa manera me fui acomodando en la soledad, y casi sin darme cuenta, era el tipo agradable pero raro al que todos saludaban, quizás aleteando unas palabras de más o una sonrisa. Y punto. Era cada vez más difícil alejarme del ritmo que (yo) me imponía, y poco a poco la gente dejó de inquietarse por mi comportamiento taciturno, por mis mañanas en la playa con los auriculares entre los libros, o por mis caminatas nocturnas a la orilla del mar. Todos sabían de mi pequeño apartamento caminable hasta el trabajo, de mi mirada bajita, estaban al tanto de que me encargaba del café del paseo marítimo (del café/bebida, claro está), de que no era un asesino, o al menos de que si lo fui había dejado de serlo, y así, después de cinco meses en la isla me hice prácticamente invisible.

Mi familia, o más bien mi madre, sabía lo que tenía que saber, es muy fácil crear un escenario tranquilizador desde el teléfono, sobre todo si no tienen que mandarte dinero o si se evita ser visto desnudo en una manifestación por Youtube. “Trabajo, sí, los lunes estoy libre. Muchos turistas, sí, más que nada europeos con frío. Estoy calmado, sí. Conozco gente mamá, claro que conozco gente.”

Entonces pasó, y ustedes dirán (porque quizás encuentren el cuaderno, aunque no imagino cómo pueda suceder), que es imposible, que eso no puede pasar. Pero pasó, y voy a decirlo sin rodeos, nada de “Al despertar, lo primero que noté fue...”. Nada de eso.

Fue como si se hubiese apagado el mundo, dejaron de funcionar los teléfonos, las radios, internet pareció no haber existido nunca. Los televisores jaspeados y grises. Los aviones ni avisaron por qué aquel 19 de Septiembre no aterrizaron en el aeropuerto, ni se entendía por qué no podían despegar los que ese mismo día tenían que salir. El puerto no encontró los desembarcos pactados, ni los barcos que salieron encontraron más que el regreso a la isla dos o tres días después.

Podría darles todos los detalles de los acontecimientos, lo que más arriba llamé “rodeos”, los intentos racionales por entender el bloqueo que alguna energía metafísica hubo de planear para nosotros, pero ni sabría cómo hacerlo, porque al principio los esfuerzos por entender que sucedía fueron agotadores (eso creo), y yo no entiendo mucho lo que se podía hacer en esos casos, sí es cierto que cada persona con conocimientos útiles buscó la manera de ayudar. Técnicos, ingenieros, pilotos, empleados de empresas extranjeras enviados a la isla por unos de días, esperanzados éstos en tener noticias de sus jefes, turistas convencidos de que sus países solucionarían el problema inentendible; todos a la espera, opinando, con culpables imaginarios en cada eslabón gubernamental de la isla. Todos, empezando a mirar de soslayo a los habitantes y a sus realidades. Se armaron viajes en barco, pero como les dije, todos los barcos eran devueltos a los pocos días, y al tiempo la gente no hacía más que buscarse entre sí con prepotencia, con una espumosa ridiculez saliendo de sus bocas.

Quizás les parezca que mi relato es brusco, sin deshilachar a las razones ni esfuerzo por detallar de manera pausada los sucesos, pero a decir verdad no tengo más palabras que valgan la pena, porque algunas penas nunca valieron de nada, ni lo valdrán. Y fue quizás eso lo que me ayudó a entender con cierta rapidez, que tenía que acomodarme. O mejor dicho, entendí que no era posible entender y que era necesario aceptar.

Fui a hablar con Marcel Miranda, quizás por temor a la violencia que comenzaba a reptar por las calles, o realmente bajo un miedo sonámbulo, porque acercarme a hablar con un hombre con tantas responsabilidades me resultaba muy inquietante. Así, casi sin darme cuenta, estaba preguntando por el encargado de la seguridad de la isla. No entiendo mucho de los cargos jerárquicos, ni en la política ni en las fuerzas policiales, yo trabajaba en un bar, era un habitante más de la isla, y estoy seguro de que Marcel Miranda no era el “encargado de la seguridad”, en fin, de manera confusa como en este párrafo, acabé en el despacho de este hombre tartamudeando mi nombre y balbuceando mi mano estrecha.

Le dije que teníamos que hacer de cuenta que nada iba a cambiar, que por qué no mejor trabajar en lo que podíamos den-tro de la isla. Nuestra comida a través de la tierra y de los animales con los que contábamos, de la medicina natural que estuviese a nuestro alcance, del amor y del afecto para los niños que ya llevaban más-de-muchos meses bajo la incertidumbre.

Miranda estaba bastante indignado, y llevado por la psicosis general me preguntó que por qué hablaba con tanta calma, que si acaso no podía entender que lo que estaba aconteciendo era una “anormalidad”, y yo lo pongo entre comillas pero lo que él hizo fue pronunciarlo muy despacio. Habló del miedo a un ataque repentino externo, de una anomalía terrorífica, hasta que mediante una especie de temblor en el cuerpo giró la charla hacia mí. Por supuesto que era impensado que fuese yo peligroso, se me nota y mucho, pero a pesar de eso le expliqué que mi calma era para estar mejor, que no ganaba nada perdiendo el juicio por un teléfono que sigue sin funcionar, o por una radio que sigue sin emitir ondas, que por qué no mejor buscar la manera de poner música en la radio local, o ganar tiempo cultivando la tierra o ayudando a los turistas antes de que otros se suiciden o intenten irse en barcos que ya ni saben qué hacer para que los dejen en paz.

Empezar de nuevo, le dije, más allá de que se solucione pronto lo que ni siquiera sabemos. Quizás no tenemos cómo atender a un enfermo de cáncer, ejemplifiqué por citar modernismos, quizás los remedios para esa y para otras enfermedades no estén en nuestras manos, pero no tenemos más alternativa que darles contención, reubicar a cada persona en una labor que sea adecuada. Los ricos y los pobres de la isla tendrán que entender que la brecha no existe. Los niños aprenderán a leer, a alimentarse, a cuidar a los animales, a entender la importancia del agua, de la lluvia, del respeto. Ya veremos con qué caucho les hacemos las pelotas o con qué reemplazamos el caucho.

Nuestra conversación no fue tan simple como estas últimas líneas, se puso muy nervioso, me trató de idiota (usó la plabra idiota, de hecho), siguió alegando a la razón para intentar explicarme en qué se ocupaba el tiempo necesario (y con esto me dio a entender que le había hecho perder bastante), acabando por burlarse de mi inocencia casi al borde de la puerta de su oficina. Le pedí disculpas por importunarlo, le conté de mi huertito en casa (a medias, porque ya casi nos separaba la puerta semi cerrada), de que usaba leña para cocinar lo que no puede comerse crudo, de mi preocupación por los desechos orgánicos, de nuestras cañerías, que en eso sí que tenía razón. Era inquietante la basura, pero que a su vez yo pensaba que dejaríamos de crear basura no tratable, y...

Sentí que me saludó como si la charla no hubiese ocurrido, me imaginaba como un niño que quiere explicarle al padre que si no alcanza para vacaciones pueden armar una carpa en el jardín, y hacer de cuenta que han salido a los bosques de un planeta con estrellas de carbón rosado.

Al salir, sin embargo, me sentía muy bien, con una claridad renovada, cada día había contemplado tristemente la congoja de los habitantes de la isla, las preocupaciones a mi entender mundanas, me había avergonzado por criticar a quienes se olvidaban del mar, de la tierra. Y yo mismo que antes las valoraba a medias, quizás como ellos (o por la misma vergüenza), y que desde el encierro había visto una luz, una paz lenta pero confusa, me alejaba de la oficina de Marcel Miranda quizás sorprendido porque al poder hablar de lo que creía imperioso me había podido oír, mis propias palabras se habían ordenado en mi cabeza y mis pasos iban ligeros contorneando el mar.

Porque si los aviones no puede despegar, ni las torres de control pueden comunicarse con las otras torres, si los barcos vuelven al puerto y los teléfonos no funcionan... entonces... los aviones no pueden despegar, las torres de control no se comunican con las otras torres, los teléfonos no funcionan y los barcos vuelven irremediablemente al puerto.

Marcel Miranda pasó después por mi casa, con la mano en la barbilla contempló mis tomates (no sin cierta ironía) y aceptó un té de menta. No tuvo objeciones en no decir quién era yo si le preguntaban por mí (¿quién era yo, de hecho?), aunque sí se interesó por los motivos de mi pedido, le mentí sobre mi alevosa timidez y hasta puedo decir que se rió. Tampoco me pidió más opiniones con respecto a la isla. Observó mi cara detenidamente, y a decir verdad, a pesar de que no fue un encuentro efímero, casi que ni hablamos, pareció que sólo quería eso, verme. Y lo hizo como se mira a un chico.

Hoy sin dudas es el responsable del cambio, del nacimiento del orden en la isla. No sé cómo lo ha logrado, yo soy el niño que propone las estrellas de carbón rosado pero que desconoce si la carpa estaría en condiciones de ser usada.

Mi moraleja es literaria, como lo son hace ya tiempo mis días.

Me dediqué a buscar todos los libros que tuviesen los habitantes para abrir una austera biblioteca, una que arengue a que nuevos escritores nos den material de lectura. Leemos a veces en la playa, en voz alta, y veo como chicas y chicos se miran de reojo movidos por el deseo, quizás sus hijos, en muchos años, estén desesperados por no poder salir de la isla, pero quizás acepten que no se sabe por qué nos tocó estar donde estamos, y quizás se quieran, creciendo a la par de la incertidumbre, como siempre, porque más allá de nuestro encierro así crecemos todos, dentro o fuera de una isla.

Alguien me dijo alguna vez, y encuentro en esta frase una caricia: “A fin de cuentas... Shakespeare, escribió todo lo que escribió sin haber leído a Shakespeare”.


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