viernes, 28 de diciembre de 2018

La puta madre




No me gusta un carajo reconocer que estás por acá, deambulan comentarios que dicen haber oído una risa nueva y chillona, y me asusto porque escucho esos comentarios de golpe al pasar por esos lugares que hasta ahora habían sido míos. Sospecho. Me acodo en mi muelle (mi-muelle) dejando caer los ojos en ese mar que deberías estar mirando desde el otro lado. Y puteo bajito con los ojos apretados porque o bien me estoy volviendo loco o estás recién llegada para enamorarte por enésima vez mientras yo sigo con las balizas puestas.

No, no. Nada de poesía.

Las ganas de increparte, de zamarrear un “qué hacés acá”, de querer patalear porque yo llegué primero, ¡yo-llegué-primero!, de romper una maceta contra el piso, de patear una puerta... Pero todo va a quedar en estas letras. Ya haber escrito zamarrear me arenga a pedirte disculpas, me imagino la maceta con una planta que indefectiblemente va a morir deshidratada y mi pierna negándose a patear porque a decir verdad nunca ha pateado nada y entiendo que cruzaste el mar por el putísimo azar fornicándose a Murphy mientras el Karma miraba de cerca.

Fui tu amigo que desapareció, que se fue sin destino cierto (ergo, éste). Me fui sin decirte nada, si total cada historia de amor que atravesaba tu vida era de baba, pegajosa. Y yo quería que haya un hueco para mi reloj pero me sentía queriendo cruzar una avenida con el semáforo en verde. Y un auto, y otro, y Juan el baterista, y Sergi, y el pelotudo que hacía malabares en la playa, y tu cuerpo inaccesible cruzando desde el otro lado como si nada, desapareciendo a la mitad del camino, y reapareciendo enfrente, y cruzando, y Lara la camarera del restaurante indio, y ponete en rojo te lo pido por favor. Rojo las pelotas y acá estoy. O acá estaba...

¿Y si me voy?

Pero me tengo que ir ya, sin avisarle a nadie. Ni a mis amigos, ni a mi jefe, ni recuperar la fianza de mi casa, ni llevarme a mis perros, ni vender el auto. La puta madre que lo parió, esperá, porque lo dije en voz alta mientras el mar seguía pensando: ¿Y por qué no traer hasta acá a la mujer de su vida que siempre elige otras vidas?. “La puta madre que lo parió”.

Para peor este pueblo es un pañuelo y mañana te cruzo comprando el pan, de nada va a servir no tener redes sociales. Enfrente del panadero voy a tener que darte explicaciones que no te quiero dar, que cómo te vas a ir así, a desaparecer, y seguro me agarrás la cara por los cachetes sonriendo cada segundo pasado de tu vida. No quiero, no quiero, no quiero. Era tu risa y era tu espalda, ni un centímetro más ni uno menos, acabás de llegar y ya fanfarronea tu felicidad en la esquina del almacén chino.

Ya imagino las escenas en donde cuentes que nos conocemos de antes, y como es que yo nunca hablé de vos, y a ustedes qué les contó, para después preguntarme bajito cuál es mi historia... Es que te quiero. Qué dijiste, no dije nada. Quererte es el diminutivo de estas arañas en la garganta que tejen silencios porque no te digo un carajo, si total ya estarás con alguien agarrada de la mano. Y te apuesto lo que sea que es mi amigo, o que me cae mal, o que de alguna manera me cagó en algo. O me cae bien, y me hago amigo como me hice amigo de Lara o de Sergi. Los veo después besarte y lastimarte y viceversa, y los consuelo y te consuelo y me río por primera vez desde que te vi hace un rato.

Ya fue, yo te veo y te lo digo antes de que me abraces. “No me toques que tengo que decirte algo”, así te lo voy a soltar. Pero te digo lo que tengo que decirte y me voy. “Y si me das un tiempito me voy y no vuelvo”, claro que no me querés dejar hablar hasta no saludarme porque parezco un lunático pero yo insisto. Insisto en que tus manos no vayan a tocar mi cara ni que tu risa haga de Alien en mi cerebro. Va a ser un cuadro nefasto, voy a estar jugando a la mancha contra mí. “Quiero que seas feliz” y salgo corriendo a vender mi auto para llevarme a mis perros y la fianza y suena el timbre porque me seguiste, y estás loco y a vos que te parece, pero esperá, y los perros que mueven la cola porque el Señor no les dio ese raciocinio que yo nunca pedí.

El muelle no me deja ir, mis codos no quieren que atrás haya pasado el tiempo, aunque el frío se ocupe de distraerlos. Poesía no dije. La voy a ver, no existe otra variable, voy a pretender encontrar otro hueco entre el tránsito de las seis de la tarde, o ni siquiera. Me gusta tanto este lugar la puta madre, me gusta pensar en este lugar, pensar en qué voy a comer, en mi trabajo, en mi whisky, si tengo o no tengo tabaco, a qué hora cierra el estanco, no hay problema... llego de sobra. Recargar la tarjeta de Correos, administrar los datos del móvil que estamos a día nueve. Estuvo bueno el receso. Ahora buenos días, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, mear, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, comer, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula, cagar, Paula, trabajar como se pueda, Paula, Paula, Paula, insomnio, Paula, Paula, Paula, Paula, Paula.

Me zamarrean y me dan vuelta. Si no era Paula esta era la peor historia del mundo. Me besa sin dejarme hablar. Llora y moquea y me besa con besos rápidos y cortos, por toda la cara me besa aggiornándome de lágrimas y de mocos, y trata de enfocar sus ojos en los míos, después me besa con la pasión enredada en sus manos, que apoyándose en mis cachetes tiemblan por el cariño o por el frío.

Saco las balizas. Le muestro este texto, esta cosa rara que escribí al verla. Le muestro dónde lo dejé y desde dónde lo seguí mientras ella jugaba con Pica y con Piedra. Me dice que el malabarista era un pelotudo. Se ríe porque lo lee en el último párrafo y yo termino porque a partir de acá es vivir con ella, el tiempo que toque, el tiempo que yo la quiera, el tiempo que ella me quiera.





martes, 25 de diciembre de 2018

Hoy y dentro

  
Hoy debería ser un día de júbilo, o quizás no precisamente “hoy”, ya que a decir verdad no sé bien cuando empecé a olvidarte.

Ya no está tu rostro entero, ni tu voz; tal vez es porque “hoy” me esforcé clamando todo lo que representabas que escribo esto.

Veo un labio, sólo uno, paralizado en una sonrisa que se dibuja con vaguedad; presiento el sonido de tus palabras, que podría ser el de cualquiera, y aunque apriete mis ojos hasta llenarme de ramas y arrugas, no puedo traer el color de los tuyos. “Hoy” te representas fragmentada, en ajados trozos de fotos viejas.

Tampoco soy consciente del momento en que el tiempo dejó de ser amorfo. Recuerdo sí aquel remolino que lo tenía preso, también cuando me tomó a mí, dejando que tanto el tiempo como yo, nos golpeemos las cabezas con los bordes de la angustia, que choquemos después él y yo las espaldas, sin poder vernos. Pero al parecer, un día yo caminé sin la sospecha de que pudieras esconderte en casi todas las ventanas, de las cuales sopesarías con lucidez el tamaño del dolor que yo expelía. Y ese momento llegó en cuclillas, me tomó suave del antebrazo sacándome del remolino, empujándome la nuca y los pulmones, los cuales apenas recordaban cómo manufacturar el aire.

Comenzó así a correr el tiempo más calmo, sin tantas agujas en los dedos, más sensato.

Entonces “hoy” me siento en un banco opaco, de una madera excesivamente pesada y escribo, ya no con la sensación fatalista de que la vida es un mero pasatiempo hasta el arribo de la muerte. ¡Qué trágico es querer!

Hago pues un trabalenguas: No extraño extrañarte, sino que es extraño no extrañarte ¿es posible? ¿o es más simple, y cuento que de a poco te disipas, entre una belleza que se había ausentado de mi aliento?

Tus pies eran exactos cuando los veía magullar la arena, con un anillo en uno de esos dedos pequeños ¿pero en qué pie? Será que cerraste la ventana por la cual espiabas mi desgracia, para enamorarte de quien difícilmente pueda comprender lo vulnerable de tus pasos, que con esos pies y con ese anillo se deslizaban inexorables por la soledad, mientras ese amante del que te jactas, compra ahora algún bollo caliente para que desayunes callada.

Me sonrío un poco, ni orgulloso ni taciturno, al parecer es la confusión la que guía mis idas y vueltas. Es que esa belleza, la más inevitable, se alumbró entre mis tinieblas; los caminos me volvieron a pedir que esquive las piedras y los pozos, un niño volvió a corretear una bolsa imprecisa, que merodeaba el aire de una gomería, una señora se quejó de lo caliente que estaba la cerveza que le vendió Doña Cássia, y el cielo no me amenazó con llover... Simplemente quizás lloviera...

Entonces desapareció tu perfume, ¿qué adjetivo llevaría esa pérdida? Pero qué cierto es, se fundió entre el color de tus cabellos, los cuales cobrizos y eléctricos, bien podrían ser los de la señora que aún regaña cejijunta, cuando está por terminar la cerveza.

Hay ahora por el final, una chica tumbada en la arena, de costado, el libro que la acompaña refunfuña del viento y aletea sus hojas; delante de ella pasa una pareja que necesita sacar una foto, ella se separa del libro, entorna sus ojos, y ríe, por lo tan evidente de que recién llegan.

La belleza vuelve y trae estas letras, en las que quizás te despido, al menos de alguna manera que al fin me protege. Siempre voy a percibirte feliz, y uso esa palabra que en las historias con tanto ahínco se prohíbe. Quizás te enamores, quizás lo calles. Yo escribiré mañana la historia de Doña Cássia, de la loca de la cerveza, de la bolsa, del libro que me negó su portada, de alguna trágica belleza, o de una bella tragedia.

jueves, 6 de septiembre de 2018

La mancha

El abuelo se manchó con sangre, nada grave, un estornudo desprevenido y un vaso sanguíneo de la nariz que explotó por el susto.

Lo que sentía serpenteando por su nariz le daba sensación de agua, aunque al verse la mano por la inercia de los abuelos y de los niños, comprobó que los dedos estaban mojados pero también rojos.

Como esto había sucedido varias veces (quizás por los anticoagulantes), él ya conocía los procedimientos. Cabeza hacia atrás, algodones en la nariz, paciencia y de tratarse de un vaso sanguíneo rebelde y obstinado, humedecer otros algodones con una crema especial, minuciosamente recomendada por su farmacéutica (y podemos poner “su” con total confianza, como podemos ponerlo con ciertas madres sobreprotectoras).

La situación no activó alarmas, casi nunca lo hacía, salvo alguna que otra vez cuando el abuelo se asustó un poquito de más por la sangre que demoraba en calmarse (no estamos a gusto cuando no podemos mantenerla en el cuerpo). No fue esta vez como esas otras, donde decidió telefonear a alguno de sus hijos para comentarles sin ningún tipo de fatalismo lo que le sucedía, usando de hecho reacciones burlecas o graciosas ante un ofrecimiento de ayuda para patear la exageración al otro lado del teléfono.

Lo que sucedió esa vez fue diferente, porque el abuelo, aun demasiado prolijo en sus procedimientos médicos, no pudo evitar que una gota caiga en sus bermudas beige a unos cinco centímetros de la rodilla derecha. Mientras casi veía la tele (por su postura preventiva) y quitaba con cautela el algodón de su fosa nasal divisó el círculo rojo en su pierna. “Uy que lo parió”, dijo haciendo esa pausa en la p para marcar con la bronca abierta la letra a.

Por inercia arrastró el pulgar por la mancha casi seca en dirección a la rodilla, luego carajeó una vez más antes de sacarse las bermudas para llevarlas hasta el lavarropas. Se puso después un pantalón de gimnasia, pero en el camino a la silla que casi sabe los horarios de sus programas favoritos decidió volverse para rociar la mancha con antigrasa, quizás no tanto por la grasa que podría tener la sangre sino más bien por el comfort tipo spray que expulsa casi cualquier gatillo anaranjado.

Una señora concurría a su casa todos los jueves como un mesías semanal, pero ese martes el abuelo no pudo contener su malestar y pensó en llamarla para que pueda explicarle el funcionamiento del lavarropas, pero mientras revolvía la lista de contactos de su teléfono móvil supuso mejor darle una oportunidad a su nieto con la excusa o el premio de unos nuevos auriculares para su ordenador.

Entre los dos pudieron activar el aparato, el abuelo fingía estar interesado en aprender pero sólo quería oír el mismo ruido con agua lejana de ciertos jueves, sin importar bajó qué procedimientos. “Ya está abu, ¿vas a poder tender la ropa vos solo?”. El abuelo le jugó una amenaza de pellizcón en las costillas, apretando su labio inferior con los dientes, “¿tan viejo tonto es el abuelo?”.

El nieto se quedó un rato, un sacrificio temporal enorme que iba matando a cada minuto algo mejor que hacer; para el abuelo en cambio, fue una compañía a la que no supo adjudicar una unidad de tiempo. El lavarropas recién centrifugaba cuando se despidieron, y en el meollo del abrazo la ansiedad de Don Rogelio necesitaba no-ver la mancha de sangre.

Fue consciente de cada segundo en que la tapa de todo lavarropas oficia de seguridad aeropuertaria, no había tanta ropa dentro por lo que la bermuda se evidenciaba entre la poca ropa arrugada como un alivio lleno de perfume y humedad. Abrió la puerta redonda y al sacarla, el abuelo notó con enorme fastidio que la mancha, ahora marrón, seguía donde la sangre se había extraviado. “Y no salió che... No salió”.

Sería justo decir que esos días fueron exclusiva propiedad de la mancha, el abuelo puso a secar la bermuda el mismo martes por la tarde, ansioso por otorgarle a los rayos matutinos del miércoles alguna propiedad milagrosa, pero en su defensa vale aclarar que no visitó el tendedero más de tres veces. El abuelo abordó otro tema además de la mancha: cuál era la siguiente movida, digamos el cómo hacerse versus de la sangre.

Sandra. La milagrosa Sandra. Un tanto quejumbrosa sí, otro tanto parlanchina. Pero quién sino ella para encontrarle solución a su problema. El abuelo la esperó por la mañana con las bermudas sobre la mesa, como el niño que espera a su madre para poder llorar de una buena vez. Luego del saludo protocolar, y todavía en el umbral de casa, Sandra sintió una lógica curiosidad por la prenda sobre la mesa del desayuno. “¿Y eso Don Rogelio?”... Finalmente Don Rogelio pudo hacer catarsis luego de dos interminables días.

Sandra dijo las palabras mágicas, o así sonaron. “Agua oxigenada Don Rogelio, y cuando afloje un poco la lavamos de nuevo”. Y sí, el abuelo entendió que debería vivir otra vez la espera mecánica y cíclica del aparato. Estuvo atento a los movimientos del cepillo de dientes sobre la tela, como apretando la mancha con la cabeza al ritmo de las cerdas, “Dale un poquito más Sandra”, pero ella le dijo que no entre risas, ya que de esa forma podría dañar el tejido. “Ahora le damos un lavado rápido con agua caliente y a ver si sale”. Él en primer lugar se alivió porque el tiempo de espera en este caso sería menor, luego se preguntó qué tipo de lavado habría programado junto a su nieto el martes, concluyendo en que no había demorado poco. “¿Y así cortito la va a sacar?”, ya no estaba tan convencido de que la situación le fuera tan favorable. “Y... vamos a ver Don Rogelio...”.

Y no. No la sacó, la mancha estaba menos pronunciada, había que admitirlo. O no. Quizás más acentuada, como invadiendo la tela para siempre, por lo que Don Rogelio no encontró qué otra pregunta hacerle a la mujer sobre el tema. Ésta se despidió menos preocupada de lo que a él le hubiese gustado, además no dejó constancia al despedirse de tener un plan alternativo para combatir el círculo marrón de sus bermudas favoritas, tampoco echó una ojeada al tendedero antes de cerrar la puerta. Lo había dejado solo en ese lío.

“Qué macana che...”, pronunciaba el abuelo girado hacia el sol del atardecer. La casa olía como un horno de pan perfumado.

Como el calor del verano dejó seca la ropa casi en un instante, el abuelo se puso las bermudas para sentir cuál era el verdadero daño de la mancha, pero aunque la fragancia hizo su esfuerzo para persuadirlo no logró aflorar su calma. “No... mirá. Se ve, se ve”, profirió antes de volver al pantalón de antes.

Mientras no dormía se dijo que pudo haber un yerro en los mecanismos, porque aunque él mismo había percibido el esfuerzo del cepillito y del agua oxigenada batallando contra la sangre, el lavado cortito ese lo había tomado por sorpresa al finalizar tan pronto, sobre todo cuando lo comparó con sensibilidad frente al realizado el día antes. Pero a su vez ese había sido con agua caliente y el del nieto no... “Largo y caliente”. Siguió desvelado unas horas sin sentirse un loco, porque si la obsesión lo hubiese tomado de rehén lo habría obligado a levantarse en mitad de la noche para dar el lavado correspondiente (luego del cepillito). Pero no lo hizo, y con la respiración acompasada en esa conclusión durmió un par de horas antes de que toque levantarse.

Con la misma cuerda disciplina, el abuelo tomó su desayuno junto a sus pastillas atento en no apurar la taza ni las tostadas. Masticaba precisando lo crujidos del pan, daba una vuelta extra con la cuchara, tintineaba el borde de la taza.

Luego, como si recién lo recordase, fue hasta la silla de su habitación y tomó las bermudas (de un beige ahora un tanto más claro) para llevarlas hasta el baño y hasta el agua oxigenada. Luego al lavarropas, al cual por una cuestión de supervivencia instintiva, pudo activar en el lavado más largo del programa y con agua caliente.

Se sentó con el ordenador a revisar sus dos casillas de correo, a leer el diario, tiempo casi compatible con la totalidad del lavado. La casa se parecía cada vez más a abrir el envase de jabón y aspirar profundamente, y ese aroma crecía a la par del ronronear del lavarropas, lo que al abuelo le generaba sensaciones enemigas o envidiosas.

Esperó otra vez los minutos de penitencia con los brazos inquietos. Quizás sabía que la mancha no había salido, más por lógica terquedad que por un don de adivino; así con la prenda mojada entre sus manos parecía querer discutir con la mancha. “Estás. Te veo ahí.”.

Ya sin buscar apoyo en su nieto y casi a escondidas de Sandra, el abuelo siguió lavando las bermudas por un tiempo, éstas empalidecían e iban perdiendo peso como quien sufre una tortura prolongada. La casa ya había cedido el mando al perfume del suavizante, ante la sorpresa de Sandra, que ya no sabía cómo apretar más las tapas de los envases.

Luego de todos los lavados, de todo el sol, de toda el agua oxigenada, de tanto cepillito... el abuelo probó salir a la calle con la borrosa mancha de sangre; dio unos pasos indecisos, como si su cuello estuviese lleno de hormigas, pero a las dos cuadras volvió a su casa para cambiarse, sintiéndose observado, convencido de lo ridículo de ese pensamiento. Convencido de que había que volver. Convencido de su confusión.

No dijo porque no usó más esas bermudas, las más limpias del mundo... ya que casi nadie notó que no estaban sobre sus piernas. Casi todos menos su nieto, que en un día alejado del verano le preguntó por aquella vez en que limpiaron la ropa. “¿Y qué tiene Abu?. Usala igual... si vos sabés que está limpia.”.

Quemado

Las casualidades a veces empiezan con una sorpresa tipo aplauso, como por ejemplo hoy, cuando te vi simulada en un programa de televisión teniendo una cita a ciegas con un señorito muy serio.

Creo que hay un tipo específico de cara que me hace acordar a vos, algo de pómulos en la sonrisa, ojos de expresión grande, un poco de dentadura que suele verse a menudo en chicas contentas... Bueno, puede que ese “específico” se trate más bien un adjetivo manoseado. Quizás esté atento a chicas que se te parecen o quizás me ensañe en inventar esas semejanzas, ya que con sus dentaduras diferenciadas y con sus pómulos haciendo lo que los pómulos suelen hacer para acompañar a la sonrisa, esas chicas no se te parezcan tanto. Quizás hayas sido vos a los empujones, metiendo un par de medias en un paquete vacío de cigarros.

En fin. Luego aparece la sorpresa sopesada, que aumenta por la casualidad de la casualidad, ya que el día en que veo tu avatar en ese programa de televisión cumplís 29 años. Ahí llamé por teléfono a los clichés a ver si me respondían, busqué en el cielo una estrella fugaz, un satélite o un avión de Iberia; me puse nostálgico frente a una escena fingida por una telenovela también inventada, yo cabizbajo apoyado en el alféizar de la ventana, con los ojos entornados, así te imaginé tal cual estarías en ese momento, sin darle importancia a la diferencia horaria, ¿qué importaba que allá fuesen las 3 de la mañana?, ¿qué posibilidad había de que no estuvieses desvelada en la otra mitad de mi espejo imaginario?. Incluso le hable al aire y no había otra salida que la telepatía. ¿Por qué no me hablaste todo este tiempo?.

Ya había convencido a la sorpresa para que se ponga el ridículo disfraz de la certeza. Y ahí es cuando estás casi frito.

Se abre un albúm de fotos y el tiempo suelta la primer carcajada, no podés estar durmiendo con otro al lado, no podés tener una hija o un par de perros que salvaste de la muerte, no tendrás una arruga en la frente que quizás se engendró cuando estas fotos que ahora veo una y otra vez, mantenían la cámara apagada. Casi supongo que al otro día puedo recibir un correo electrónico preguntando por mis cosas, casi que no va a poder ser de otra manera, y las fotos (que no son tantas), van y vienen con lo que se puede rescatar de esos momentos impalpables, total lo que no se recuerda se inventa... siempre a favor de la fábula.

No, no vas a mandar un correo, aunque sería sensato que me escribas... Por eso nada más actualizar la casilla no me decepciono por ver que no hay mensajes nuevos, aunque mientras el circulito giraba como un frisbee de malas intenciones creí oír las burlas de la esperanza. Me dije mejor voy y veo los correos de hace tanto, segunda carcajada del tiempo porque después de las fotos ahora son las letras las que cobran esa vida que yo les quité cuando la cosa se pueso fea. Pero eso no lo sé o no lo capto, ¿cómo podés no sentir lo que en este momento siento?, ¿cuan absurdo es sospechar que no hayas vuelto a pensar en mí?. Ni una vez, nunca más. Bajo una especie de hipnosis voy minimizando y maximizando el pasado para maquillar a la certeza, que ya se parece a la bruja que supo ser fantasma... Y si la miro con detenimiento la bruja también se te parece, es mala como mis decisiones pero se te parece, es mala pero es preciosa. Ya no sólo estoy frito, el aceite está humeando peligro.

Fumo como si nunca antes te hubiese extrañado y ya no tengo dudas, estás pensando en mí a la hora que sea en donde sea. Capaz te estás por subir a un avión porque averiguaste donde vivo, claro que puede ser, actualizo mi casilla por jorobar nada más, y en el vacío admito que no puede haber correo ni aeropuerto, pero hago fuerza con las tripas para que la telepatía aunque sea te haga llegar un sollozo, una gárgara, un ruido de oso hormiguero... “Nuevo Correo”. “Cancelar”. “¿Está seguro?”. “Sí”. “¿Guardar en borrador? . “Descartar”. “Nuevo Correo”. “Asunto: Hola”. “Cancelar”. “¿Está seguro?”. “Sí”. “¿Guardar en borrador?”. “¿Tenés algún problema conmigo Outlook?”.

Se genera ahí, o acá, una sensación bamboleante, una polaridad siniestra: ¿Qué decir después de tanto tiempo?. Pero si hace tres horas que estamos ensiamesados, ¿qué importa lo que diga?. Ya el tiempo me lo pide por favor, me suplica destripado de risa que pare, intenta decir que le duele la panza pero no le salen las palabras. ¿Cuán grave puede ser un saludo?, ¿qué tan inquietante puede ser ese saludo por un cumpeaños después de tanto tiempo?, ¿Y los otros cumpleaños?. Me agarro la cabeza porque se me está por salir, no sé si realidad se escribe con o sin hache, quizás sí que pueda estar babeando entre sus hijos y su marido, en el sommier King Size que compraron mientras los planes daban resultados. Pero maximizo la foto que más contento nos muestra allá antes, ¡marido las pelotas!, rebusco esos huequitos en los pómulos, cuento tus dientes, el avatar se te parecía un huevo, hasta la voz tenía parecida, ¡babeando so-li-ta en cama de plaza y media!. El amor que imagino se sorprende de estar acá, el tiempo debería explicarle mi idiotez pero se ha desmayado de la risa. Floto negramente en el aceite hirviendo, puro humo y furia.

“Nuevo Correo”. “Cancelar”. “¿Está seguro?”. “Sí”. “¿Guardar en borrador? . “Descartar”. “Nuevo Correo”. “Asunto: Hola”. No, no. “Asunto: Feliz Cumpleaños”. “Cuerpo de mensaje: mala decisión, mentira, mal chiste, pregunta descolocada, recuerdo innecesaario, mala decisión, información no solicitada, exageración, exceso de información no solicitada, amor propio haciéndose pis encima, pregunta fuera de lugar, pésimo chiste, saludo, posdata, recuerdo ridículo, otro saludo.”. Pausa de cinco segundos. “Enviar”.

“Mail delivery no sé qué cosa”. El destinatario no existe.

No sabés bien cómo ni por qué, pero hay una sensación de que lo que acaba de suceder no te ha sucedido a vos, que ese trance fue un mal juego de una parte tuya que se acaba de ir. El tiempo ya no está pidiendo clemencia aferrado a tus tobillos, está sentadito en el reloj de tu teléfono señalándose la muñeca izquierda. La certeza se va desvistiendo, desmaquillando, y a medida que se desnuda se puede ver a la sorpresa que no tiene ya nada de sorprendente, que no es más que un recuerdo mal puesto en la noche, torcido, desatornillado. Tirás un suspiro y un arqueo de cejas, estás quemado, amargo, incomible, sabés que lo mejor que podés hacer es intentar dormir, consciente de que esa resaca sensorial te lo va a poner difícil, aunque también consciente de que el cansancio va a torcer la pulseada, como siempre.

Y para rematar, tan apretado en un sueño sin descanso, no vas a poder ver que el verdadero problema es no sentir el humo ni el incendio que acarrea el fuego del aceite, hasta despertarte de repente, con el hiperrealismo sofocante de una pesadilla : “Son los últimos cuatro años los que no han existido, no el destinatario del correo”



La Línea

Estaba sentado en la peatonal de Santa Cruz tomando un café, los árboles que ensombraban el paseo le parecían fabulosos, o la sombra en sí le alegraba la frescura. A veces al estar cómodos y a gusto no sabemos dilucidar con claridad los motivos. Y esa era la situación que lo acompañaba. Estaba tranquilo, había terminado el trámite por el cual había viajado hasta Tenerife, desayunaba en un café esquinero atento a casi todas las diferencias entre ésta y su isla; la sonrisa dibujada sobre el cansancio de haber madrugado tanto calculaba sin ansiedad las horas que le quedaban para volver a subirse a un avión, calculaba también por dónde pasearía luego de desayunar, recordaba lo mucho que le ha gustado siempre toparse con el tranvía de colores por las calles. Era la sombra y eran los árboles. Era todo.

En cierto momento se respaldó dejando caer sus manos, las abandonó tras su espalda descansada y se estiró un poco cerrando los ojos, pero al sentir el roce frío en una de ellas la apartó de un tirón, sorprendido. El perro, entre un susto y una cola dubitativa, se retrasó unos pasos; él en cambio quiso adelantar su mano para rogarle que vuelva, “perdón compañero, me asusté”, masculló buscando al dueño de ese collar azul francia. Mantuvo así sus dedos extendidos hacia las reticencias del visitante, hasta que éste volvió hacia él para buscar la confianza averiada. Las caricias fueron propuestas de manera inteligente: Primero dejar que el olfato y la mano se vuelvan a ver, sin mover los dedos, sin la ansiedad buscando la cabeza; luego girar la mano despacio para que ahora el animal huela su palma, así hasta poder él tocar con suavidad su mejilla, luego su oreja. Finalmente acariciar a todo placer.

El momento, que se sumaba a esa seguidilla de bienestar y de silbido, concluyó con dos besos en agradecimiento y una cola que en ningún momento dejó de oscilar de izquierda a derecha acelerando el movimiento. Él por su parte siguió buscando a su dueño en alguna de las mesas alrededor de la suya, en alguna de las banquetas del paseo, en algún lado a lo lejos. Sin éxito decidió posar la mirada en la partida del visitante para tratar de asegurarse que no estuviese extraviado. Al perderlo de vista se puso de pie, lo buscó a ciegas, pero ya no volvió a verlo.

Al tiempo que pedía la cuenta se cuestionaba el no haberlo seguido, aunque para el tiempo en que agradecía por el vuelto la culpa ya se había disipado, desvanecida ésta en la seguridad con la que el perro se alejó de él.

El paseo por el centro de Santa Cruz fue corto pero intenso, el mediodía ponía en evidencia los latidos de la ciudad, apuros, bocinas, saludos desde una motocicleta, obras públicas, teléfonos paseando a sus mascotas, almuerzos ambulantes. Fue esto último lo que le avisó que hacía ya un tiempito desde el desayuno en la peatonal, y para no decepcionar al ritmo que lo rodeaba decidió un bocadillo de tortilla francesa para llevar, al cual le bajó los decibeles para engullirlo en una pequeña plazoleta a pocos metros desde donde tomaría el ómnibus que lo dejaría en el aeropuerto.

Ya sentado en en el césped bajo el banco armó un cigarrillo, todavía limpiándose los dientes con la lengua. A su alrededor había un par de cortejos entre pájaros, o discusiones, o divorcios. Tenerife era mucho más verde, y él no sabía si le gustaba o si lo echaba de menos sólo un poco. No hizo mucho hincapié en la refexión, se puso de pie, se sacudió la huemdad y la tierra de sus pantalones y fue hasta su parada.

El transporte llegó a los pocos minutos, jugando a favor de la ausencia de cálculo. Al subir imaginó que sería el principio del recorrido, ya que tuvo todos los asientos a disposición para escoger, quedando allí por el medio, de cara al pasillo y a la izquierda. Turisteando con el ronronear del motor se dejaba sorprender en cada curva, en cada aparición de flora o de monumentos, de centros comerciales o de cruces de autopista. La gente iba subiendo de a salpicones, y las paradas se distanciaban bastante, hecho que lo situó en el hipotético caso en que viviendo en Tenerife, la “guagua” se le escapara a toda velocidad por la narices sólo por unos de segundos.

En La Laguna una multitud se agolpó para subir al ómnibus, todos alineados en una fila de dos, como acostumbrados a una rutina que se les repite cada día cerca de esa hora. La puerta chifló su apertura mientras él ya apostaba por el sitio que elegiría cada uno. Subían niños con enormes mochilas, subían señoras acaloradas, subían adolescentes, subían chicas deportistas y chicos peinados con precisión, subía un hombre con maletín de cuero, subía finalmente una chica que se sentaría delante suyo de manera diagonal, en el asiento que daba hacia la ventana. Al cerrarse la puerta aún quedaban asientos vacíos, casi todos habían podido elegir un asiento sin compañía. Quizás el escenario perfecto para un agradable viaje en el transporte público.

Sus ojos comenzaron a abandonar la ventanilla para centrarse en la nuca de quien se sentaba delante, el pelo casi largo recogido en una coleta negra, un cuello decorado con un tatuaje abstracto, algo parecido a una mancha de tinta que no salpicó demasiado. Observaba con curiosidad los movimientos de cabeza de la muchacha, como si le pesaran ciertas ideas; de a ratos descubría su perfil derecho, cuando la curiosidad la llamaba desde las ventanillas de la otra hilera de asientos, lo analizaba en la fugacidad del gesto, dejando que su imaginación lo llevase donde quiera. No se atrevía a aseverar tristeza, pero el ojo un tanto perdido pestañeaba lento, y la boca parecía pensar en las respiraciones, cada una por un motivo o por un recuerdo. Mala cosa se decía él, mientras ella masajeaba su nuca con los dedos para quitarle las mayúsculas a cierta culpa.

Conmovido, él le acarició la mejilla derecha con el dorso de su mano, el cual se apoyó en el hueso del pómulo para ir descendiendo lentamente hasta el mentón, desde donde la chica se giró exacerbada por el susto. Primero sorprendida, o confundida, la chica buscó inmediata complicidad en los vecinos del ómnibus. “¿Pero tú qué haces?”, pero él no sabía exactamente qué había hecho, o hasta qué punto eso no se hace, por lo cual apeló a toda esa energía que lo hubo acompañado durante el día, energía que trató de respirar profundamente antes de decir cualquier cosa. “Una caricia, fue sólo una caricia... No pienses mal”. Pero ella entrecerró los ojos para apretujar el enojo, “Una cari... Pero tú, ¿tú de qué vas?”.

Los susurros de la guagua comenzaban a subir de tono, a centrarse poco a poco en el hecho reciente, unos preguntaban qué había pasado, otros creían saberlo y contestaban, otros alzaban la cabeza para buscar los asientos que alojaban a los protagonistas, otros pocos se ponían de pie desde el fondo. “Me parece que aquel desubicado se ha propasado con la muchacha”, dijo una mujer desde los primeros asientos, con lo que dos hombres que estaban cerca suyo se pusieron de pie para mirar hacia atrás, donde la chica preguntaba por tercera vez cuál era el problema del muchacho, quien a punto de deshidratarse por el miedo procuraba justificar su comportamiento.

“Te acaricié la mejilla, una locura ya lo sé, no sé que me hizo pensar que necesitabas una caricia... Perdoname, de verdad.”. Y luego sin saber bien por qué decidió dirigirse al resto de los pasajeros. “Hoy un perro me pidió una caricia en un café”, luego se justificó con la muchacha, “usted no es un perro, no es eso lo que quiero decir”, atinó a sonreir sin convincencia y luego continuó su explicación, “quizás no era yo quien debería haberla acariciado, más bien seguro que no era yo quien debería haberla acariciado... pero usted merecía para mí una caricia en ese preciso momento, se lo juro”. Ya los dos hombres de los asientos delanteros se habían acercado un poco desde sus lugares y el chofer se había aparcado en un costado de la calle sin comprender bien que había sucedido.

A la chica no la había convencido para nada la explicación, pero todos la observaban a ella esperando que dijera algo, sobre todo los dos hombres, quienes alternaban su mirada hacia ella y hacia él. “Pero... tú estás loco. Enfermo, loco, me da igual”, dijo la chica para darse vuelta, más avergonzada que enojada, más confundida que enojada, más triste que antes.

La situación los dejó a todos mareados, esa caricia había sido comparable a un oso hormiguero vendiendo billetes para el sorteo de un colchón de agua. Quizás por eso un hombre desde los asientos traseros propuso el inmediato descenso del pasajero, en ese lugar entre La Laguna y el aeropuerto. El chofer al fin preguntó sobre el suceso y ya la respuesta al menos no fue tan contundente como las primeras suposiciones, “el niño aquel que cree que puede andar acariciando a las mujeres”. “Hubiese acariciado a cualquier persona señora, sé que no se acaricia a nadie pero el hecho de haber acariciado a esta chica confunde las cosas. No soy un depravado”, dijo él movido por las primeras lágrimas que se hacían lugar entre sus párpados. “¿Ah, no?, se volvió a girar la chica enardecida. “No”, le contestó hundiendo esa palabra en la mirada mutua. “No”, repitió antes de acercarse a la puerta para poder bajarse del ómnibus. Nadie parecía saber si golpearlo antes de que se abriese la puerta, si pedirle al chofer que se dirigiesen a la policía sin importar el recorrido, ya nadie sabía lo que de verdad estaba pasando en ese momento...

Fueron minutos muy obscenos para el muchacho, la puerta seguía cerrada mientras los hombres debatían con el chofer, unas señoras murmuraban y otras le hacían preguntas a la muchacha. Y esa pausa envalentonó al muchacho y a su día en Santa Cruz de Tenerife. “Me abre la puerta por favor. Todos vosotros, y usted señorita... le acaricié una mejilla, ¿pero cómo iba a saber yo que usted no se merecía una caricia?. Y ahora todos me quieren linchar. Ya pedí disculpas, ¿está bien?. No es fácil merecer una caricia”, y ella se giró para contestarle, pero él no quiso dejarla hablar. “No vuelvas a decir que estoy loco o enfermo, ya me lo dijiste. Ábrame por favor”, finalizó dirigiéndose al chofer. Así, al abrirse la puerta, uno de los hombres lo empujó con la fuerza suficiente para que ruede por la acera. La puerta se cerró mientras él se recomponía desde el suelo, con los ojos fijos en las ventanillas de la guagua, triste pero no del todo, pensando en volver a ser él antes de que pase la siguiente, quizás una hora después. Pensaba en el perro, o en los perros, en lo violento y en todo aquello difícil de comprender, en todos los que se cruzaron durante su día de turista, y a todos los imaginó en ese ómnibus. Los ojos se le aguaron de nuevo. Reflexionó en que había tocado a una persona sin su permiso, con candor sí, pero no supo hasta qué punto estuvo mal o estuvo desubicado. “Desubicado”, se dijo, “desubicado sí”.

Luego pasó otra guagua sin saber de esa mano y de esa mejilla. Él ya no miró a los pasajeros, casi que ni miró por la ventanilla. La chica mientras tanto, había llegado a su casa, donde no había contado lo sucedido, quizás por desconocer los motivos por los cuáles no había merecido aquella desubicada caricia.