jueves, 6 de septiembre de 2018

Melancólera

¿A qué jugaba usted cuando estaba triste Don Julio? ¿Cómo diferenciaba la melancolía de la pena? No crea que hoy vengo dramático porque “yo” no lo creo, lo que no quita que estas letras peguen media vuelta con una olla de agua hirviendo en las manos. Digamos que si me pregunta por dónde ando diría que por una callecita descriptiva, media doble mano media autopista.

Porque hoy charlando con un amigo salió la tristeza a dar una vuelta, pero salió en un día de alma soleada y sin chaparrones, salió como tema y no como alguno de nuestros hombros. Pavada de sorpresa me llevé al empezar a hablar de ella como queriéndole sacar el cuero (no literalmente, ya sabe que a veces me patina la patria), estaba por ahí aunque lejos, pude reflexionar con ella y no desde ella. Sinceramente no estoy seguro si mi amigo sintió lo mismo, no pude leer si los dos hablábamos de mi tristeza teórica mientras la suya masticaba su cabeza, pero mire que de querer habernos engañado no lo culpo, porque yo también sé cómo hacerlo y asimismo sé que por lo general suele salir bien.

La cuestión es que estuvimos de acuerdo en una cosa irreductible: Los que no recordamos el primer instante en que esa clase de tristeza no te deja hacer pie, los que no tuvimos quizás un momento bisagra, luego del cual no haya habido día sin pena (algo extremo, lo sé). Decía, los que no sabemos de dónde salió ni por qué... Muchos días la sentimos llegar sin explicación, con el mismo mundo girando lleno de esa gente que nos gusta y que no nos gusta tanto, con un perro triste que sigue moviendo la cola por las dudas, con un regalo o con un extravío, con los mismos ojos buscándonos en el espejo madrugado, con el sol o inestable, con la misma cantidad de amores al debe o al haber. Así la muy sabandija nos prepara una fiesta sorpresa sin invitados.

Entonces Don Julio, la recibimos asustados y tercos, “Disculpame... ¿cuánto tiempo te vas a quedar? ¿vas a volverme a obligar a reflexionar sobre lo que no me gusta de mí? (volver-obligar-reflexionar... Mamita qué sintaxiscazo, pero cuando lo leo despacito es eso lo que quiero decir: ¿De nuevo?), ¿cuántos días contentos con las mismas características que éste, donde aparecés haciéndote la distraída, pasaron desde la última vez?”. Por eso (por la inexplicabilidad), me cuesta culpar a los depresivos (depresivos es una de mis palabras infavoritas, pero “muy tristes” suena a que no conozco la palabra “depresivos”. En fin), porque sin haber llegado tan lejos sé que no tenemos motivos para estar así de tristes, y curiosamente cuando los tenemos nos reforzamos (los tristes digo), porque ahí no creo que esté el problema, sino cuando ese espejo te mira y te asevera que no tenés verdaderos motivos para no querer barrer el piso, para no orear la casa, para no ir al supermercado.

Y como no sabemos la estadía de la pena empezamos la pulseada realidad-inevitabilidad. Porque es casi un hecho que va a volver-a obligar-a reflexionar y meta comerse el bocho con las cosas (nimias y no tanto), con ese nudo de humanidad que todos tenemos, así concluimos en que lo mejor es abrazar esos días lo mejor que se pueda, sabiendo que la caducidad depende de la cafeína que haya tomado la tristeza antes de ponerse a jugar con uno, y esperar a que se canse procurando no permitirle el papel protágonico que a ella tanto le gusta.

Cuesta mucho le digo, yo a usted no tengo necesidad de mentirle y triste por estos días no ando, entonces lo veo como a los problemas ajenos que cuando nos pasan a nosotros qué macana, pero que al aconsejar qué transparencia... si hasta dan ganas de ponerse en los zapatos del pobre confidente que no sabe cómo despegar la cabeza de la mesa del café. Pero no señor, que antes de atarse los cordones de esos zapatos ajenos y de otra talla, seguro aparecerían las dudas...

A ver si me sale y la próxima vez pongo un reloj hipotético cuando ésta ande cerca, de momento sé que vuelve (que va a volver). No se ha ido en 36 años mire si ahora va a perder el mapa de la boca de mi estómago... No significa esto que la vaticine, alguien que no la haya sentido nunca de la manera que acá procuro contarle seguro me trata de melodramático, y hasta tal vez tiene razón, porque si alguien tiene miedo de las mariposas y me pregunta catorce veces si en el muelle hay mariposas también me va a generar algo parecido. Y tener razón en estas cosas no es término absoluto, no pretendo que me comprenda quien sólo ha estado triste de manera causal, con circunstancias, con duelos milimétricos.


¿Y por qué va a volver?, quizás me preguntaría (me refiero a ese desconocido, pero si me lo pregunta usted también intento contestarle). Vuelve porque puede salirme un afta, una roncha atrás de la rodilla, un dolor de cabeza. Y a veces conviene buscarle razones, que las defensas bajas, que los nervios del trabajo (o la ausencia de trabajo), o de esposa, o quizás bichos en las sábanas, o nervios por una idolatría del deporte... vaya uno a saber. Pero si analizamos esas ronchas, o ese dolor de cabeza o las llagas en la boca, corremos atrás de los mismos motivos que esa pena que golpea la puerta a principio de mes, día 28 o a la mitad de la segunda semana. Y a veces conviene reflexionar Don Julio, pero otras veces no tanto...

Fábula

Tengo que abandonar la idea de que su llegada va a a ser extrema, de que conocerla va a ser palco de teatro. No va a haber un silencio entre su aparición y mi mirada boquiabierta ni va a llevar de un sacudón su melena hacia la izquierda. No va a haber un milagro de supermercado ni un aullido de ballena.

Tampoco se verá descalza como creo, no va a llover justo cuando encontremos un hueco estrecho bajo algún toldo a rayas ni vamos a tener una primera charla plagada de coincidencias. No voy a parecerle lo que sé que no puedo ser, no vamos a agarrarnos de ángeles desprevenidos ni ser los dioses de una chance improbable. Nada de lo que ha dicho mi devaneo será cierto ya que ninguna promesa me va a zamarrear cuando la vea.

Abandonar la fábula estrecha la panza y hace doler los dientes, es una adicción extraña percibir que puede andar cerca.

Entender de una vez que no habrá azules exactos ni necesidad de recreos ante una incredulidad geométrica, que no voy a saber llegar un minuto antes por instinto ni va a estar donde debería estar a la hora de la siesta. El as de corazones acaba siempre en la manga pero de alguna manera es sabido que llegó ahí por la destreza del mago, por eso entiendo que va a costar querernos, con las dudas y la realidad peleándose por el asiento de discapacitados, por eso no estamos entre los libros ni entre los parques, por eso no vamos a viajar en el mismo tren mirando por esa ventana empañada ni vamos a recoger al mismo tiempo la misma moneda.

Pero aunque pretendo convicción siento esa falta de niñez caprichosa, el destino es ciencia ficción barata que no para de vender plateas, me cuesta asumir que no voy a encontrar su mano injustificada ni que sus palabras podrán anticiparse a mi sonrisa; que en este caso la poesía va en reversa y nuestra belleza, de nacer, se forjará de los defectos más humanos y aprendidos. Asumir que no existimos, y que es incoherente que me siga escondiendo en su ausencia.

viernes, 14 de abril de 2017

Revista Visor - Edición especial Argentina

Muchas gracias a la gente de la revista por dejarme participar una vez más.

Revista Visor. Edición especial Argentina

Otra vez

Otro de estos textos, otra vez la mente masticando con la boca abierta.

Pero elevo mis hombros porque no encuentro réplica, preciso sentarme en el medio de este laberinto, acatar los murmullos del fondo, obediente, como quien baja la cabeza:

Es desgano metálico, son nubes inmunes al aire, es la simpleza enredada en el esfuerzo.

Otro de estos textos, “no se debe”. Soltar palabras que aprietan es de poesía patética. Y yo que lo sé y quizás no me importa, quizás esté a punto de hacerlo de nuevo, quizás de golpe:

Apatía en blanco y negro, dolores gástricos o metástasis cardíaca, suspirismo condescendiente, culpable de esas culpas, y ay dios míos de dioses ajenos.

Porque para alejarme de roles como éstos sólo el silencio, palabras invisibles o inservibles. Porque el acto reflejo es putear de nuevo:

Vidita cansada de robar un cuerpo, relojes con demasiada pila, caries buscando muelas, ceguera traidora que ve bien de cerca y mi alegría condenada por incesto.

Sí. Otro. Pero la catarsis no se lleva bien con mis letras. Mi tristeza es mía y no la presto, que me disculpe el cliché de “la felicidad sólida y las palabras de aliento”, que el aliento no tiene por qué ser alentador, a veces es simplemente insuficiente. Porque la felicidad se cruza de vereda cuando se hace de noche.

Entonces un día menos, látigo hecho con venas mal atadas, mañana vemos y más palabras con viento en contra.

Otra vez, harto de que me desvelen mis propios gritos de auxilio, de esta farsa que camina derechita, de que el cariño me prepare para el olvido, de que el futuro se enchastre los puños de la campera, del espejo incomprendido.

Y otra, otra vez, me pregunto desde dónde escribo...

Binario

Sí. Hoy creo que vengo raro Don Julio.

No sé si será que ando con ganas de estar mejor y eso hace que mis cosas que contar tengan menos sedimento, o que no puedo estar mejor porque los sedimentos me tientan para que yo arañe el barro en pos de un poquito de agua. La cosa es que por algún motivo presiento que voy a escribir un enorme disparate.

(Bueh, mire la introducción nada más).

Al final me es difícil estar más binario, qué quiere que le diga, le estoy poniendo ganas eh. Unos y ceros Fabián. Unos y ceros. Entonces música alegre, nada de Fados, unos y ceros, nada de lecturas pum para abajo, unos y ceros, mirate una de suspenso Fabián, unos y ceros, conversaciones livianitas, unos y ceros, busca cualquier excusa para reírte de un humor gracioso... y no de uno inteligente. Unos, unos, ceros, unos y ceros.

¿Y?

Lo que se dice mejor... no sé si estoy mejor, mareado tal vez. Porque no soy tan tonto, sé que se puede lidiar con los números complejos, con las ecuaciones reflexivas, con la introspección, con un dramón francés o con uno de esos tangos pegajosos a las dos de la mañana. Pero a mi se me empezó a arremolinar la cosa, por eso decidí probar un tiempito con las bases. Unos y ceros Fabián. Mientras tanto. Por ahora. Por un rato. Creo que se trata de pensar menos, hasta me atrevo a decir de sentir menos. Preguntarse menos cosas y cabalgar silbando. Cero, cero, uno.

Perdone los puntos seguidos en exceso pero mis letras hoy parece que tienen hipo, me creo todo lo que digo y por otro lado siento que me tomo el pelo, soy un cero y un cero y un cero y un uno y de golpe los sedimentos me dicen que me extrañan y qué joder. ¡Yo también los extraño de a ratos y quiero ser un número periódico o fraccionado!. No por sentirme triste de manera gratuita, sino porque tal vez para ser binario hay que nacer binario, así yo no voy a poder engendrar una simplicidad metódica. Los admiro mucho ¿sabe usted?. A todos los binarios. No es vanidad, en serio los admiro y con SINCERIDAD (mayúsculas bien merecidas), tanta profundidad y tanto arte; tanta paradoja existencial y pregunta vital, tanta reflexión y Rimbaud. ¿Para qué?.

Imagine a mi cabeza como una lista de las compras, ya sé que se puede comprar en un almacén o en un hipermercado dependiendo de la necesidad o de la urgencia. Pero en este caso los números de almacén me tientan, tan inflados y redonditos, sé que conviene la complejidad de los precios de esas góndolas enormes y laberínticas, pero la pereza triste y garrapata me dice con sorna: “¿No querías ser binario vos? Precios redondos, justo abajito de casa, todo fácil”. Yo le contesto que es más caro en el almacén, me quiero convencer entre confusiones y picazón sentimental. Reflexiono y casi que tomo coraje para agarrar el auto e ir al hipermercado, pero cuando me quiero acordar estoy entrando al almacén, regocijándome de la pequeñez, de la atención cálida, de los huevos por unidad, de la chica sonriente que es hija del dueño y que quiere estudiar Derecho en Salamanca.

¿Ve Don Julio?. Quiero ser binario pero me parece que ni siquiera entiendo el concepto. Binario que ya no escribe, ojo, porque lo que tengo para contar es esto, una carta para usted que además está un poco muerto hace más de tres décadas, binario que al parecer necesita escribir para un público imaginario. Unos y ceros Fabián. Una carta pedorra y autocompasiva que vaya uno a saber cómo termina, porque este binario no tiene la más mínima idea. O que termina acá a las patadas, unos y unos y ceros y le juro que preferiría haber nacido achicoria o gusanito de seda.