martes, 29 de julio de 2014

No me den vuelta


No sé si han notado que casi todos andamos, en general, hacia adelante, es raro que caminemos en reversa.

Cuando inicié esta suerte de retroceso, fue por saber que se me escapó algo (nada de llamarlo presentimiento), y cuando nos pasamos por alto un “algo” debemos volver un par de pasos. Bueno, quizás mi trecho se está haciendo un tanto extenso.

Como no estamos acostumbrados a ir de esta forma lo hacemos con notable torpeza y lentitud, no tardé mucho en darme cuenta. Esta complicación fisiológica se debe a que instintivamente tendemos a ir hacia el frente; porque casi todas las partes software que asimilan, dilucidan y recrean, están en la parte delantera: El equilibrio de nuestra nariz, de nuestros dedos de los pies, de nuestros ojos, de nuestra boca...

En fin, cuando el camino hacia atrás se alarga comienza a ser demasiado para los demás, para los que van, por decirlo de alguna manera, en tu contra. Empiezan los avisos ante posibles choques, el fastidio generalizado por el idiota que vuelve sobre sus pasos viejos en reversa. En mi caso voy pegadito a la pared, palpándola como a una leal amiga de ciego primerizo. Porque los ojos no sirven tanto en esta situación (y digo “tanto”): Lo que debería agrandarse se achica, lo que debería estar cada vez más cerca se aleja. Pero algo hubo detrás, y sí, pura espalda terca y talones que se saben al borde de la caída a cada paso, talones indignados por no haber nacido para esto buscando conmigo ese “algo” en lo más estrecho de la vereda.

Bocinazos de voz, caras que se giran repulsvias a-casi-nada de pasar a tu lado, labios que balbucean un insulto con los dedos hechos un puñado, yendo hacia arriba y hacia abajo “¿qué hacés estúpido?”. Y el estúpido tiene algo de insulto grande, serio, podría decirse que si alguien suelta un “estúpido” está al borde de hacerte mucho más daño. Casi de inmediato otro que te insulta, o eso parece. Así pasan a cada rato los murmullos dados vuelta, murmullos que después se desdoblan y siguen andando mientras vos ves como se achican, para luego desvanecerse en el umbral de la dirección “correcta”.

De ir en reversa bracearían más despacio, respirarían más cortito, es la atención que requiere el pensar mucho en tu cuerpo desacostumbrado. No es como ir hacia atrás en el tiempo, no soy tan exagerado, pero bueno... casi.

Lo que hubo detrás puede iniciar también sus pasos en reversa, está en todo su derecho, a fin de cuentas yo pasé de largo. De cualquier manera no pienso darme vuelta, me voy acostumbrando a ir despacio y atento. Me voy acostumbrando al hecho de que doy un paso, de que doy dos, de arrastrar un poquito los pies por si hay algún escalón hacia arriba o hacia abajo; también a ver como todo en lugar de agrandarse se achica. Yo podría haber girado e ir como corresponde, lo que se llama “volver”, es lo que todos me siguen diciendo cuando me esquivan, pero no es lo mismo, “volver” sería buscar aunque con el deseo quebrado. Mi búsqueda empezó y continúa de esta manera.

Entonces no.

Mi marcha seguirá convencida, optimista... Que también me pueden estar esperando quietos, sin haber ido a ningún lado, así cuando pase bien cerca voy a percibir una nueva imagen que se achica en lugar de agrandarse, pero que en este caso lo hace más lento, y además... una que por fin sonríe y no me grita tanto. También puede venir hacia adelante ese algo, he allí la esperanza de ir semi ciego, puede abrazarme por la espalda, excepcionalmente, con cuidado para que no me caiga, tapándome los ojos casi inservibles a modo de adivinanza, “¿quién soy?”... como si importara, “¡vos seguime abrazando!”.  


viernes, 25 de julio de 2014

solo

hoy solo no puede significar solamente, ni las mayusculas pueden ser esdrujulas, graves o agudas, hoy me quedo atras de este parrafo lleno de saliva gruesa y de comas, porque recien sorprendi a los dias con el autocorrector debajo de mis pasos marcando con un firulete rojo cada uno de mis errores inevitables, mis propios pasos señalando con sus dedos carcomidos, feos e hipocritas, y yo aca teniendo que revisar mis huellas para ver si entiendo por que he sido declarado culpable, entonces repaso o rehago este texto muy enfadado, sin permitir que se me escape una tilde, que vuele asi mi dignidad con su musiquita de espera, que esto no se convierta en historia, nada de punto y coma, aprieto los puños lo mas que pued pero nadie puede salir lastimado por mas fuerza y por mas entrañas que ponga, que desaparezcan entonces los parentesis y los abrazos, los puntos o los personajes, me muerdo un labio enajenado al ver a mi soledad despreciada entre la gente, y ni mi boca entiende por que destilo tanto daño, a quien le importan los guiones y las voces en off, que la tinta hoy sea un desperdicio, una suerte de texto lleno de chicles pegados en las suelas y en las manos, con los restos de baba tutti fruti de algún pervertido encubierto, que el dolor que me provoca este parrafo interminable y tedioso sea torturado a la vista de los puntos suspensivos, de la esperanza, que la obliguen a mirar, si, a la esperanza, que despues la amenacen de muerte para que se ande con cuidadito, porque si escribo un parrafo mancha de grasa o un parrafo escupida procurando que no haya un solo acierto, con el silencio sangrando de las muñecas, lo hago por una suerte de reproche existencial, coma tras coma, me ahogo entre puntos ausentes, cuando de repente mi voz atragantada sugiere que seria mejor sentarme de cara al mundo sin estar tan enojado, si ni siquiera sabes si es enojo o si es tristeza, dice, si no entendes por que de ser tristeza envicia tanto, quizas sea cierto y no tengo que escribir sin contar con el cariño suficiente para poner un punto seguido, que perdone o que al menos acaricie, pero que mejor que escribir mal, me digo yo de repente entero, sin signos de admiracion, sin las comillas que tantas noches permanecen abiertas y en blanco, entonces vuelvo a mirar por mi ventana, que no muestra mas que cemento y altura inservible, me acerco y tiro una colilla al vacio para ver si alguien reacciona, ya sin verguenza por la falta de dieresis, con un derrame en la respiracion, porque si el mundo gira no me estoy dando cuenta, y me pregunto de que serviria gritar hacia afuera, para que un signo de interrogacion, habiendo tantos locos y tantos balcones, quizas el pobre grito se asusta y se pega la vuelta, me rasco la cabeza temblando, con el llanto que me extorsiona, me digo despacito que el solo no puede ser solamente, hoy no hay tilde que se atreva a cambiarlo, termino escribiendo que este parrafo se muere con una coma, bien escondida detras de mi odio a tener tanto miedo, de mi miedo a tener tanto odio, de mis pasos


martes, 20 de mayo de 2014

Hombre (cuento)

A Greta muchas veces se le hacía tarde. Rafa organizaba la cena casi sin esperanzas de compartir esa mesa que ya preparaba despacio. Cuando era indudable la demora comía con sus ruidos, sin prender el televisor.

Siendo casi las doce, él chequeaba información innecesaria en su computadora, tirado en la digestión del sofá.

La mesa marcaba con decisión el sector que él había utilizado: Migas alrededor del plato, cubiertos cruzados (brillantes por la salsa de los fideos), una servilleta de papel hecha basura y el vaso con un centímetro de vino tinto y huellas dactilares.

Enfrente de su desorden, el sector de Greta: Los dos recipientes con repasadores como resguardo, el plato con los cubiertos a los lados y la servilleta abajo del vaso. Cada tanto, de reojo, él la percibía como un holograma sentándose a la mesa.

Rafa no se sentía cómodo con su tedio impaciente, Greta siempre había trabajado sin horarios. Cerró la tapa de la computadora resoplando, justo cuando la llave tronó en la cerradura.

-Amor... -dijo al verlo.

Greta desmayó su cartera y su maletín en una de las sillas y lo besó ruidosamente en la cabeza.

-¿Cansada? -expresó Rafa, recibiendo el beso como un perro olvidado.

-Más o menos. Lo importante es que quedaron todos contentos, -levantó uno de los repasadores y soltó el “uhmm” celebrativo por la cena-. Espero que a partir de la semana que viene se tranquilice la locura y tengamos todos más tiempo.

Greta ni fue al baño, por lo que Rafa imaginó que tendría una brutal mezcla de sueño y de hambre. Apoyó la computadora en el suelo y se acercó para hacerle compañía.

Le sirvió vino y se acodó en la silla de enfrente, mientras ella le contaba resumidamente su reunión y los motivos de la demora.

-Javier no terminaba nu-nca de explicar los dibujos, los tipos ya estaban contentos, pero como le festejaron la “calidad” de su trabajo -Greta dejó los cubiertos para burlar las comillas-, este empezó a exponer interminablemente el proceso de su “creación” -rehizo la burla y luego reanudó el baile con los fideos.

-Respirá Gre... comé despacio.

Con la boca semi llena, ella disculpó a su velocidad.

-Están buenísimos -tragó y agarró el dedo índice que tenía más cerca-, ¿vos? ¿qué tal el día?

Rafa sabía que tenía poco trabajo y que Greta también lo sabía. A su vez ambos sabían que trabajaba desde casa entre los mails o el celular, siendo casi un testigo del tiempo capitalizado Sin embargo nunca malinterpretó esa pregunta asidua.

-Bien, lo que podía hacer lo hice. Ah, y estuve ojeando el libro de tu amiga, anda bien...

-¿Viste? Te va a enganchar después, vas a ver...

-No, si ya me di cuenta que me gusta, -contestó pestañeando despacio su sonrisa.

Greta destapó el otro “tuppercito” y exclamó contenta: “¡Alcauciles!”. Mezcló aceite y vinagre en un platito de café que Rafa había puesto, para luego ordenadamente, empezar a untar y a descarnar con los dientes las hojas más olvidables. Él observaba su ahínco, todavía acodado, sosteniendo con la mano su cabeza.

-Mañana a la tarde si querés vamos al cine, -sugirió Greta antes de chuparse los dedos- yo a las tres ya estoy libre. Fin de semana y medio, me encanta...

-Sí, a no ser que tenga mucho laburo yo, -ironizó Rafa, totalmente convencido de necesitar las palabras que vendrían-.

-¿Otra vez Rafa? Tranquilo, si ya sabés que es de a poco. Estás empezando casi de nuevo.

La cara de Greta se agitaba con la evolución de su alcaucil y Rafa se mecía por dentro viendo la manera en que ella lo disfrutaba. Cada vez las hojas embebidas en la vinagreta le dejaban más carne en la boca, haciendo que la acidez del vinagre pierda el protagonismo que tuvo al principio.

-Ya sé, fue un comentario choto... -contestó él volviendo de un tirón a su diagnóstico laboral-.

-¡Vos sos el “choto”! Hacía cuánto no escuchaba esa palabra.

-¿“Choto”? -preguntó sin pensar Rafa, con la mirada perdida en el confort del dedo índice que sostenía Greta, quien a pesar de la dificultad, se las ingeniaba para comer el alcaucil con una sola mano.

-No, “comentario”. -Respondió ella con la mueca burlesca de un adolescente.

-Chota.

Los dos respiraron hondo, con la sonrisa clavada en sus ojos compañeros y testigos.

Greta ya estaba a punto de arrancar la cúspide (ese pequeño conito) que se forma arriba del corazón del alcaucil, del que sólo se desperdicia alguna punta filosa y equívoca.

-Bueno, entonces vamos al cine mañana, me encanta...

-Claro, me llamás cuando te desocupás y nos encontramos en el centro.

-Dale, todavía está la que queríamos ver, la que estaba basada en una historia real. Recién los martes cambian la cartelera, ¿no?

Cerró los ojos con la lengua dando saltos y los labios brillantes. Después apoyó el corazón y con la mano libre agarró el cuchillo que había usado Rafa. Cuidadosamente lo cortó a la mitad, apoyó el cuchillo al lado de su vaso haciéndose lugar entre sus cubiertos, y con delicadeza untó las dos mitades tomándolas del pequeño cabo. Dejó una al borde del plato y arrimó sus dedos con la otra mitad hacia la boca de Rafa.

-Sí, ¿no? ¿Cambia los martes? -reformuló primero-. Abrí la boca “choto”.

-¿Me vas a dar la mitad de un corazón de alcaucil? Ojo que eso es cosa seria -dijo él antes de despegar apenas los labios.

Ella no contestó con palabras, retractó unos centímetros los dedos, volvió a sonreír e inclinó la cabeza hacia su izquierda

Los dedos retomaron el camino y Rafa dejó entrar ese medio corazón condimentado, sintiendo como las yemas de Greta rozaban sus dientes de abajo después de dejarlo. Su panza se ensanchó de cosquillas, de un amor que se la banca.

-Gracias “chota”, -dijo él mezclando cierto protocolo con una voz tibia.

-A vos por la cena -Greta engulló su mitad y desde un timbre de voz liviano preguntó- ¿lavamos los platos mañana?

-Andá yendo a la cama que yo los lavo en dos segundos, -dijo Rafa mientras se sentía culpable por despertar a su dedo índice de la siesta.

-No, me quedo y te espero, -aclaró Greta mientras le daba un tierno mordiscón al dedo de Rafa antes de que se lo quiten.


Rafa lavaba los platos y Greta los secaba con el repasador que antes cubrió su cena. Si fuese esto una escena de cine, veríamos a los dos bien cerca, de espaldas, encuadrados en el centro de la ventana que da a la calle. Luego la cámara se alejaría hacia atrás: Está ella con la cabeza recostada en el hombro de él, quien haciendo su mayor esfuerzo en no clavarle los huesos, ejercería su labor apenas moviendo las manos, casi quieto.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Tarde 1 - Hescritor 0

No era necesario que la tarde sea tan honesta.

Cuatro ceniceros llenos de tiempo, mis manos frías y este texto presentido antes de que se ensucie con decadencia.

La tarde estuvo también un tanto ajena, quizás cansada de ver a este personaje tratando de explicar otra vez la reincidencia grisácea y la baba en las pupilas.

Tarde perspicaz... parece que sabía que estoy un poco maldito.

Pero no es mi culpa, ya que vamos a hacer un frente a frente (la tarde contra el sol y yo contra algo más parecido a la vida), le explico por qué no ha servido para nada su visita hipócrita. Sí, el cielo estuvo enmarcado en la ventana, ordenando su gama de azules y negros; no me generó nada. Sí, hubo pájaros que volaban o que dormían, malagradecidos y estúpidos, que no estaban por ahí o que no los veía, o que me daba lo mismo. Sí, pensaba escribir sobre mi vecina que reniega cada día con su celular, con su anti-pijama violeta, con sus plantas que se secan como su pelo, y otra vez con su teléfono porque no le devuelve los gritos; pero no. No hubo allí poesía.

Ahora la tarde insensible se pone ansiosa, me apura el vaso tibio de vino (que no son horas de andar tomando, dice); papeles arrugados se arrinconan con decenas de acciones tachadas, vestimentas alternativas, candor, no, mujer (a fin de cuentas...), ojos sin venda, que no lloran, que sí, que lo hacen poco a poco, balcones autodidactas, casi, porque los balcones son lo más parecido que existe a una vida en otra vida, porque los vecinos de balcones, amarga vecina...No, no. Nada.

Amontono renglones tarados en esta tarde noqueada, soy un sordo que escucha y que después escribe que no entiende la trama. Prosa absurda. Qué-tarde-tan-idiota.

La existencia tiene que haber hecho trampa, la vecina barre mis letras con el ceño fruncido y la hora en que todos duermen no despierta. Necesito intentar esos sueños, depositarme en ese rincón certero entre mujeres sin rostro ni voz que me observan desde sillas inexistentes en bancos de plaza inventados, percibir así primaveras que saben saltearse las partes aburridas y divagar casi inconsciente en el meollo de la farsa. Inmediata-mente-no-ser-vivo.


Si al otro día, porque “mañana” no existe... me dejo en la noche la claridad diurna, (espejo con la luz de frente); caerán otra vez palabras que no saben de qué se trata ser varias letras, explotará una vecina que no podrá dejar de ser mi vecina, que no podrá ser huella. Habrá pájaros que no aprecian que vuelan, ceniceros con olor a noche, y yo volveré a decir que la tarde no es ninguna víctima, autocompasivo, escritor de adorno, ¿ahora te importa el final de este papel de aluminio, de esta tapa a rosca, de esta suela? Animate. Poné lo que quieras, poné hangustia con hache, poné zoledad con zeta.

lunes, 12 de mayo de 2014

Scrabble (cuento)

"2009, y quizás ese también eras vos..."

Quizás hoy no pueda escribir. Creo comprender que la culpa es del tiempo, o mejor dicho, la culpa es mía por darle prioridad al tiempo, o tal vez a la ansiedad. O a las dos, tiempo ansioso, ansiedad temporaria.

Procuro tranquilizarme, y sin miedo, me animo con esta frase mal hecha: Escribir, estoy escribiendo; de momento no importa qué.

Este texto me va a tragar pero no todavía, sé que alguien anda por ahí, se que me está viendo. Pero pareciera que me descalifico de antemano, buscando tantas ideas y mediante esa acción tapándolas a todas; no suelto mis dedos y cada letra es dubitativa, cada palabra es desvestida y vestida con mucha incertidumbre (basta ver el párrafo anterior).

Pienso tanto que no puedo deletrear lo que quiero, dejando manco ese momento en que mi corazón hace una pausa y yo transpiro tres ideas esperanzadoras. Literalmente. Es un poco desagradable que sude tanto cuando escribo, aunque por otro lado me agrada que mi cuerpo pueda hablarme.

Miro al techo, tiene algo que contarme, y veo que las paredes de mi mente se desmoronan al no tener nada que responder; “quizás la culpa sea de quien no me lee o de quien me debería haber leído”, pienso.

Pero casi sin darse cuenta mis dedos se sonrojan, al borde de perdonarme; los dejo ser y los pobres se desviven por no distraerse.

Poco a poco, como un caracol extenuado, dibujan a una viuda embestida por una brutal borrachera que saben nos cruzamos (aunque sin especificar dónde), se nota que ha llorado y que puede volver a hacerlo. Mi reloj interior ya se quedó dormido, al final quizás pueda darle vida a este texto...

El techo les dice que en vez de un vestido de flores la vistan toda de negro, todos estamos de acuerdo y pasa ella a llamarse Norma, quien a su vez, tenía un amor que también empezaba con “N”, aunque dicho nombre no contenía todas las letras de la palabra “amor”. “Es como un Scrabble”, parezco decirle a mis dedos, quizás algo apabullado por las vueltas que acabó teniendo este verso.

El techo parece saber dónde estamos, pero se mantiene callado...

Noto una sonrisa en mi cara, una idea que había estado con la mano levantada hace rato pide permiso para ir al baño; ni el techo ni yo entendemos de que se trata esa abstracción pero hoy quienes mandan son los dedos, así que no objetamos nada. El silencio nos cosquillea la panza y el tiempo se detuvo, el fin ahora parece más relajado o al menos perdió el miedo. Otra sonrisa y punto aparte.

La viuda me mira desde adentro, el cuento me ha tragado. Me dedica una mirada fría, casi ausente. Una parte de mí cuenta que ya “no es” triste, que es sólo por esta noche; su crema de menta con soda parece más tambaleante que su pena y se sienta apabullada en un banco que ya no sabe qué hacer para que se quede quieta. “¿Vas a hablar nada más que vos, meta rima nomás, o puedo ser de una vez Norma?”, dice como si de repente estuviese sobria. Yo empiezo a dilucidar dónde estamos...

Todos han dejado el bar salvo el camarero que trapea la barra, ella le da la espalda girando en el taburete y me comienza a hablar de Norberto, o al menos eso intenta, ya que le toma demasiado tiempo juntar el aire. Pero mis dedos están atentos y escriben que dicha dificultad acarrea dolor, que nada tiene que ver con los efectos de la bebida. Mis condolencias por la rubia carecen de hipocresía, pero yo sé que me doy aún más pena. Mis dedos se abandonan entre mis pensamientos y se comienzan a quedar dormidos, les grito y aparece una palabra que hace mucho buscaban: cigarrillos. “La coherencia va a empezar a reírse de mí si no nos tomamos esto en serio”, les digo...

Ya muero de ganas de adueñarme de sus manos, de acariciarle la espalda y de hacerla perfecta. Viste un pasado lleno de cigarrillos largos y de memoria selectiva, toda una vida dedicada a la docencia y a su pasión por el tango, resume, antes de pedir más menta y menos soda. Sus curvadas pantorrillas le cuentan a mi curiosidad que es una gran bailarina, mientras me aclaro que no estoy acá para intentar seducirla.

Comienzo a transpirar y entiendo que voy por buen camino, escribo lo que puedo justo cuando Norma se cruza de piernas y yo tengo que darme vuelta para perderme el movimiento, llevado por ese respeto evasivo que siempre creo conveniente.

Volvemos a mirarnos cuando ella me obliga a tomar cualquier cosa, le sienta mal que no beba. Elijo un vino tinto de un valor que ni mis dedos se atreven a tipear y ante su sorpresa de ojos entreabiertos, le explico que mi cerebro invita. Al menos ya no sospecho que quiera llorar.

Juro no leerme hasta otro momento y mis ideas me creen, mientras el gesto es agradecido por mis dedos. Entiendo que no he borrado ni una foto de Norma ni una letra que la ha descrito, escribir me transporta, me avergüenzo ahora por la manera en que comencé este cuento.

Mi personaje amenaza con irse si no le presto más atención, me disculpo agarrado de un brindis: Le digo que brindo por ella, (por su difunto esposo no me atrevo), y acoto despacito que desearía saber bailar tango para poder sentir su cabello en mi nariz... Ella sólo responde salud.

Me río al ser despreciado por mi propio drama mientras el tiempo sigue sin ser una amenaza. Otra gota roza mis brazos haciéndome destilar alegría.

Le pregunto al camarero si es hora de cerrar, él responde que recién son las once, “pero si hace cinco minutos eran las cuatro”, pongo yo entre comillas. Él me guiña el ojo y me rellena la copa... Quizás Norma deje de ser viuda.

Noto que se va haciendo a cada minuto más joven y menos... estoy algo vulnerable y tartamudeo cuando me mira, al parecer ella está bien como está, viuda y todo. Me hace recomenzar con sentencia unánime: Norberto era mecánico dental y un gran hombre, me intento disculpar y ella me dice que me disculpará pero más adelante.

Mis dedos, el techo, Norma. Todos empiezan a hablar de él, la atención del bar le pertenece y yo me decido a hacer de traductor. Se conocieron en un arenero, explica, al cual él llevaba a su sobrino todos los jueves; admite casi al borde de toquetear los recuerdos que por supuesto que pensó que era hijo suyo. Que en lugar de ir a la plaza ella se dirigía a comprar los ingredientes para un merengue, aunque se acercó porque lo confundió con un compañero de la escuela. No me creo mucho esa parte; mis dedos, también un poco incrédulos, no se atreven a interrumpirla, yo se los agradezco sin darles respiro, aunque por distraernos nos hemos perdido el final de la historia. “Mejor”, digo yo, Norberto me había puesto celoso.

Antes de empezar a sentirme culpable me recuerdo que ella dijo que “no es” triste, el pasado pisado; el techo se burla de mi comentario incongruente y yo dudo de lo que acabo de escribir. Norma se durmió en mi hombro dándome un veredicto: Me gusta muchísimo.

Enviudó joven, me cuenta el camarero, dice que tiene treinta y ocho años, no es que yo “parezca” sorprendido, no puedo creerlo, de hecho reformulo la pregunta tres veces. Finalmente digo que parece más joven, y haciendo el tonto termino el vino de un largo trago. No estaba dormida, me dice que no me haga el galán mientras busca mi cara con su mano sin anillo, y al encontrarla me marca con una caricia que me cosquillea entero. “Digo la verdad Norma”.

Pido la cuenta pero antes de terminar de decir “cuenta” Joaquín me dice que invita la casa. Por alguna razón ninguno parece sorprendido, luego doy una ojeada general al espacio y pienso que podría comprar el bar, casi al mismo tiempo en que noto mi desvarío. Agradezco a Joaquín por su servicio, para eso me pongo de puntas de pie atrás de la caja registradora, abrazándolo entre palmadas en la espalda.

Cuando llegamos a la puerta la tensión en el ambiente no me deja ver, yo intento esparcirla revoloteando mis manos como espantando a mis sueños. De inmediato me encuentro a Norma con medio rostro entre sombras y una mejilla que se hincha gracias a su media sonrisa. “Lindo verso este último”, dice.

Con una timidez blanca le susurro que estoy feliz de tenerla cerca, seguido le propongo ir a otro bar en el que al parecer recién son las once de la noche, pero Norma me mira blanda, me deja en pausa tapándome la boca con dos dedos y restos de olor a perfume antes de sentenciar: “Los tangos no terminan así".

Yo me he prendido un cigarrillo buscando castigo en su consuelo y viceversa, su calma me tranquiliza y lo dejo caer al piso casi entero. Norma hace círculos con su pie arrabalero y me dice que si la vida es como mi cuento otro día sin ansiedad ni tiempo seguro nos volveremos a cruzar.

Yo quiero arrancarme las manos, pero afirmo mi aflicción con un gesto.

Me besa la frente mientras me disculpa por desmerecer a Norberto, yo confío este final a mis dedos, pongo mis pulgares en los bolsillos y echo a andar, con todos sus tacones haciendo temblar mi nuca mientras su eco se desvanece.

Yo no me di vuelta, el texto me tragó sin masticarme, descienden los decibeles del tango, casi que no se escucha. Presiento que ella tampoco giró la cabeza, y yo quiero creer que mañana también escribo, ya aprenderé a buscar coherencia.