martes, 20 de mayo de 2014

Hombre (cuento)

A Greta muchas veces se le hacía tarde. Rafa organizaba la cena casi sin esperanzas de compartir esa mesa que ya preparaba despacio. Cuando era indudable la demora comía con sus ruidos, sin prender el televisor.

Siendo casi las doce, él chequeaba información innecesaria en su computadora, tirado en la digestión del sofá.

La mesa marcaba con decisión el sector que él había utilizado: Migas alrededor del plato, cubiertos cruzados (brillantes por la salsa de los fideos), una servilleta de papel hecha basura y el vaso con un centímetro de vino tinto y huellas dactilares.

Enfrente de su desorden, el sector de Greta: Los dos recipientes con repasadores como resguardo, el plato con los cubiertos a los lados y la servilleta abajo del vaso. Cada tanto, de reojo, él la percibía como un holograma sentándose a la mesa.

Rafa no se sentía cómodo con su tedio impaciente, Greta siempre había trabajado sin horarios. Cerró la tapa de la computadora resoplando, justo cuando la llave tronó en la cerradura.

-Amor... -dijo al verlo.

Greta desmayó su cartera y su maletín en una de las sillas y lo besó ruidosamente en la cabeza.

-¿Cansada? -expresó Rafa, recibiendo el beso como un perro olvidado.

-Más o menos. Lo importante es que quedaron todos contentos, -levantó uno de los repasadores y soltó el “uhmm” celebrativo por la cena-. Espero que a partir de la semana que viene se tranquilice la locura y tengamos todos más tiempo.

Greta ni fue al baño, por lo que Rafa imaginó que tendría una brutal mezcla de sueño y de hambre. Apoyó la computadora en el suelo y se acercó para hacerle compañía.

Le sirvió vino y se acodó en la silla de enfrente, mientras ella le contaba resumidamente su reunión y los motivos de la demora.

-Javier no terminaba nu-nca de explicar los dibujos, los tipos ya estaban contentos, pero como le festejaron la “calidad” de su trabajo -Greta dejó los cubiertos para burlar las comillas-, este empezó a exponer interminablemente el proceso de su “creación” -rehizo la burla y luego reanudó el baile con los fideos.

-Respirá Gre... comé despacio.

Con la boca semi llena, ella disculpó a su velocidad.

-Están buenísimos -tragó y agarró el dedo índice que tenía más cerca-, ¿vos? ¿qué tal el día?

Rafa sabía que tenía poco trabajo y que Greta también lo sabía. A su vez ambos sabían que trabajaba desde casa entre los mails o el celular, siendo casi un testigo del tiempo capitalizado Sin embargo nunca malinterpretó esa pregunta asidua.

-Bien, lo que podía hacer lo hice. Ah, y estuve ojeando el libro de tu amiga, anda bien...

-¿Viste? Te va a enganchar después, vas a ver...

-No, si ya me di cuenta que me gusta, -contestó pestañeando despacio su sonrisa.

Greta destapó el otro “tuppercito” y exclamó contenta: “¡Alcauciles!”. Mezcló aceite y vinagre en un platito de café que Rafa había puesto, para luego ordenadamente, empezar a untar y a descarnar con los dientes las hojas más olvidables. Él observaba su ahínco, todavía acodado, sosteniendo con la mano su cabeza.

-Mañana a la tarde si querés vamos al cine, -sugirió Greta antes de chuparse los dedos- yo a las tres ya estoy libre. Fin de semana y medio, me encanta...

-Sí, a no ser que tenga mucho laburo yo, -ironizó Rafa, totalmente convencido de necesitar las palabras que vendrían-.

-¿Otra vez Rafa? Tranquilo, si ya sabés que es de a poco. Estás empezando casi de nuevo.

La cara de Greta se agitaba con la evolución de su alcaucil y Rafa se mecía por dentro viendo la manera en que ella lo disfrutaba. Cada vez las hojas embebidas en la vinagreta le dejaban más carne en la boca, haciendo que la acidez del vinagre pierda el protagonismo que tuvo al principio.

-Ya sé, fue un comentario choto... -contestó él volviendo de un tirón a su diagnóstico laboral-.

-¡Vos sos el “choto”! Hacía cuánto no escuchaba esa palabra.

-¿“Choto”? -preguntó sin pensar Rafa, con la mirada perdida en el confort del dedo índice que sostenía Greta, quien a pesar de la dificultad, se las ingeniaba para comer el alcaucil con una sola mano.

-No, “comentario”. -Respondió ella con la mueca burlesca de un adolescente.

-Chota.

Los dos respiraron hondo, con la sonrisa clavada en sus ojos compañeros y testigos.

Greta ya estaba a punto de arrancar la cúspide (ese pequeño conito) que se forma arriba del corazón del alcaucil, del que sólo se desperdicia alguna punta filosa y equívoca.

-Bueno, entonces vamos al cine mañana, me encanta...

-Claro, me llamás cuando te desocupás y nos encontramos en el centro.

-Dale, todavía está la que queríamos ver, la que estaba basada en una historia real. Recién los martes cambian la cartelera, ¿no?

Cerró los ojos con la lengua dando saltos y los labios brillantes. Después apoyó el corazón y con la mano libre agarró el cuchillo que había usado Rafa. Cuidadosamente lo cortó a la mitad, apoyó el cuchillo al lado de su vaso haciéndose lugar entre sus cubiertos, y con delicadeza untó las dos mitades tomándolas del pequeño cabo. Dejó una al borde del plato y arrimó sus dedos con la otra mitad hacia la boca de Rafa.

-Sí, ¿no? ¿Cambia los martes? -reformuló primero-. Abrí la boca “choto”.

-¿Me vas a dar la mitad de un corazón de alcaucil? Ojo que eso es cosa seria -dijo él antes de despegar apenas los labios.

Ella no contestó con palabras, retractó unos centímetros los dedos, volvió a sonreír e inclinó la cabeza hacia su izquierda

Los dedos retomaron el camino y Rafa dejó entrar ese medio corazón condimentado, sintiendo como las yemas de Greta rozaban sus dientes de abajo después de dejarlo. Su panza se ensanchó de cosquillas, de un amor que se la banca.

-Gracias “chota”, -dijo él mezclando cierto protocolo con una voz tibia.

-A vos por la cena -Greta engulló su mitad y desde un timbre de voz liviano preguntó- ¿lavamos los platos mañana?

-Andá yendo a la cama que yo los lavo en dos segundos, -dijo Rafa mientras se sentía culpable por despertar a su dedo índice de la siesta.

-No, me quedo y te espero, -aclaró Greta mientras le daba un tierno mordiscón al dedo de Rafa antes de que se lo quiten.


Rafa lavaba los platos y Greta los secaba con el repasador que antes cubrió su cena. Si fuese esto una escena de cine, veríamos a los dos bien cerca, de espaldas, encuadrados en el centro de la ventana que da a la calle. Luego la cámara se alejaría hacia atrás: Está ella con la cabeza recostada en el hombro de él, quien haciendo su mayor esfuerzo en no clavarle los huesos, ejercería su labor apenas moviendo las manos, casi quieto.

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