jueves, 3 de octubre de 2013

Anti literatura

Sacaba los libros a pasear como se lleva un collar de perlas. Tantos planteos burlescos le llegaron desde su círculo, incluso cuando sólo él podía destrabar la palabra “círculo” en ese contexto y divertirlos con delirio filosófico.

Solía decir que uno no sabe a quién se puede cruzar y que la posibilidad (y la de perderla), de que le muevan a uno la mano que tapa el título para corroborar que sí, que a ella (e-lla), también le pareció de una prosa tan prolija que emocionaba; "ah, perdón", (podría sonrojarse ella) "¿por qué página vas?" "No, me muero si te arruino el final", "bueno, está bien, no me muero, así muero no, pero quiero decir que mejor no digo más nada"." Celeste, me llamo Celeste". "Soy tan bipolar como el cielo, si".

Pero mejor ahondemos en el libro.

"¿Pero si vas hasta la panadería? ¿Por qué llevás el libro?", le dice alguien que al parecer lo espía desde la ventana de enfrente, y que sin explicación (coherente) le lee la mente ansiosa de azúcares e hidratos de carbono; persona que sabe que son la misma cosa pero que no detecta el doble sentido. Triple ahora.

“Puedo tener que esperar por algo”, responde. Y sin necesidad de encasillarnos en la panadería, puede llegarle simplemente la oferta: "¿Quiere esperar por algo señor? Cómo no, diga que traje mi libro, si, si se-ño-ri-ta (guiñada), como veo que tendré que esperar esa cantidad de tiempo, se lo puedo dejar después, si, se lo regalo. No, no le miento. Así es, soy un personaje de un cuento. Pareciera que por la mitad; no, no es nada. Me siento por allá, sí."

Puede tener que mostrárselo a alguien, porque las casualidades, tan inoperantes ellas, lograron, entre otras cosas que alguien cree los Reality Shows: "Me estás cargando, te llamás Jimi y tu apellido es Vidal, ¿eso me decís? Tengo un libro acá en el cual un personaje se llama Jimi y el otro tiene por apellido Vidal. Ah, Gime Bidal sos vos. No, no dije “b larga” porque es un cuento y se lee la v o la b, ¿ves? Si, me salió un versito. No digas así, sos linda porque sos linda, este tipo escribió que sos linda después de conocerte. Ah no, no sé con exactitud de dónde te conoce, creo que tiene familiares Bidal en Berazategui."

Argumenta otras veces que el simple roce de las tapas con los dedos lo hacen sentir seguro, “tenerlo conmigo” dice, y no agrega por las dudas. Porque las dudas en este caso no existen, si duda, lee, que por algo lo lleva.

No admite que hasta lo siente una mascota, que necesita tomar aire como él. No es por vergüenza, es excéntrico para eso y para mucho más. Arruinó, o podría haber arruinado un hermoso ejemplar de tapas duras por arrastrarlo con un cinturón en plena calle Gorostidi, "¿qué hacés con eso ahí?", le preguntaron mientras él contemplaba desairado su distracción. Ajadas las tapas, tinta negra desparramada en el asfalto, florecidas varias hojas por los costados… pero sí, tal vez quien encuentre el capítulo siete lo guarde de recuerdo: "Mejor que doblar un dólar; no, no, suerte como se dice suerte, no creo que te traiga ni uno ni otro. Sacar a pasear un libro, eso sí que no lo había visto nunca", remata el veterinario antes de meterse otra vez en el local.

Curioso que no procure llevar (al menos no siempre) una lapicera entre las páginas setenta y setenta y uno, alega que la sensación de las hojas arqueadas por el grosor del plástico (por lo general) no le resulta agradable al tacto ni al transporte. Y así todo este cuento podría dar un giro de los “por qué si” a los “por qué no”. Aunque no va a pasar: "No, porque no, no es la idea. Si, ya sé que era más entretenido cuando hacía decir cosas al personaje sin ser yo un personaje, si, esto es como estar hablando solo. Sólo, solo. No, sigue sin ser divertido."

Hay libros, claro está, que se lucen más que otros, como las luces blancas o las luces amarillas pueden entibiar o ensombrecer una sala.

También los libros pueden sorprender o corroborar un gesto. Alguien alegre con “Crimen y castigo” abajo del brazo, saludando a todos, incluso a los que conoce sólo de vista: "¿Otro ejemplo?, suena a relleno. Está bien, lo cuento como un ejemplo de vos, mi estimado personaje; bueno, querido personaje. Me estás dando vuelta los roles, hace dos párrafos te dije que no quería meterme de esa manera en esta historia. Historia en la cual ibas tan campante con La Lentitud, enamorado de todo lo que te rodeaba, se sorprendían de tu enajenada gratitud por las flores, por las palmeras o por un Thimbú que apareció extraviado (porque no podía estar más que extraviado) en el meollo del pueblo. El pobre intentaba sin éxito trepar la pared de la crepería, y él sin saber cómo ayudarlo (paso a la tercera persona, ¿lo ves?), porque son bichos pintorescos pero nada amigables, entonces no le quedó más que darle aliento, con la paciencia trasmitiendo energía, o viceversa. Y un enajenado que sale de la casa de al lado y lo abofetea con una escoba dejándolo indefenso en medio de la calle. Pero era un nativo y ay quien ose decirle algo, que también son bichos pintorescos pero nada amigables, y un buggy que no lo atropella de milagro (y no es lugar común, de verdad de milagro), porque con una lucidez casi humana, como si fuese esto un don, el animalito frenó un minimomento antes de que la rueda lo aplaste. Y hago jurar a mi personaje, porque lo vi con sus ojos (propios, sino de quién), lo vio, (mejor digo lo vio), al pobre Thimbú abriendo la boca y dando un grito ante una muerte que se escapó por tan poco y que no se oyó por los alaridos pavorosos de quienes mirábamos la escena, incluído el nativo que no hizo más que mantener la ironía de la sonrisa. Reinició el Thimbú la huída hasta los escombros de la pizzería que construyen (aún) los mismos dueños el restaurante italiano de la Rua du Céu. Qué lindo La Lentitud dijo con cara de alivio la camarera de Caverna, y él asentó con la cabeza, antes de que lo sobrepase la ironía.

Así son las cosas…

Suele andar con un libro en la mano, de frente o de espalda, lo lleva porque uno nunca sabe. Si lo cruzan por ahí pueden preguntarle lo que opina sobre el “círculo” social como concepto, es hilarante, pero antes miren la tapa para leer el nombre del libro, no sea cosa que justo esté paseando a Rayuela.

El puente (cuento)

Ni siquiera saludamos a la anfitriona, a la “cumpleañera”. Salimos los veinte  expulsados del salón de fiestas como salpicados desde cuatro dedos que toman envión en el pulgar.

Luego de dos cuadras circulaban pocos autos, y en esos momentos nos acercábamos a la vereda bifurcados a la derecha o a la izquierda. No me gustaba la idea de caminar hasta nuestras casas desde donde estábamos e inevitablemente todos se darían cuenta.

Era una noche húmeda, y donde vivíamos en esos años la humedad siempre resultaba extraña. El alumbrado público dejaba grandes espacios entre farol y farol; era como que el tiempo sólo transcurría entre esos manchones redondos y amarillos.

Nos alejábamos del salón de fiestas y del eco de las cumbias del final, cada vez había menos ruido, menos gente y menos autos. Quizás por eso me mostré incómodo con la actitud grupal, ya que iban todos dando gritos a la noche con la necesidad de zamarrear a la suerte. Yo me había relegado un poco y los veía serpentear eléctricos desde  atrás.

De los veinte que éramos había conocido a unos quince esa misma noche, eran amigos de mis amigos, o incluso un amigo más atrás en la cadena. Se empujaban a las carcajadas, circulando, dando saltos, cánticos, unos ya iban sin la remera o sin la camisa, agitándola en círculos arriba de sus cabezas, otros miraban hacia atrás y amenazaban con salir corriendo ante un supuesto peligro a nuestras espaldas. Había sido yo el que había comentado que “esos barrios no se veían muy bien” y sin dudas los sustos me apuntaban. No les creía por un simple motivo: casi todos los que fingían una amenaza ya llevaban el cinturón en la mano para demostrar que estaban dispuestos a enfrentarse a lo que sea; la corrida era otra manera de probar valentía. A los pocos pasos soltaban la carcajada y señalaban mi supuesto susto.

Los mocos me caían de la nariz incesantemente, no hacía tanto frío pero íbamos contra el viento a un paso acelerado, permitiendo que el otoño entre en calor por medio de nuestras caras.

A los lados las casas no mostraban siquiera un movimiento, ni una luz que se encendiera o se apagara y en las primeras diez cuadras no nos cruzamos con otro peatón. Sólo se oía nuestro bullicio, que albergaba cada tanto un “auto, auto” cuando las luces nos asediaban antes que el ruido del motor.

Uno que otro chico se volvía y se mostraba cortés, pero sin fingir, lo hacían los chicos que estaban en desacuerdo con la travesía, pero que a su vez comprendían que así como nos habían llevado en auto algunos de nuestros padres, teníamos que caminar en esa hora en la que no pasaban todavía los colectivos ni en la que podíamos despertar a alguien para que nos recoja. Se aletargaban en la caminata y se giraban lentamente, después me palmaban la espalda haciendo comentarios sobre lo lúgubre de las casas o de la estrechez que de tanto en tanto acompañaba a alguna calle. Lo ponían en otras palabras, claro.

Yo sonreía confirmando su acotación. De a poco el visitante aceleraba el paso, ponía las manos como un megáfono y aullaba algo a los que iban más adelante. La cortesía no podía pecar de cobarde.

Tenía muchas ganas de que se callaran todos, de que fuésemos a un paso ameno sacando conclusiones de un silencio que sin dudas habría sido interesante. Sabía a su vez que ese deseo había aparecido por respeto y no por miedo, presentía que ese silencio cuidaría de nosotros a través de todo el camino. Pensaba profundamente en ello con las manos forzando los bolsillos.

Faltaba poco para llegar al puente. Al parecer el puente separaba un barrio peligroso de otro más peligroso, y en ese puente… Si, si, en ese puente nos habríamos de sentir hombres. “Estaba buenísimo” atravesar el puente.

Justo antes de llegar me entretuve con uno de los faroles que agonizaba con temblores tenues, con la idea de que estábamos cruzando tres espacios de oscuridad, o lo que era peor, con la imagen de un gran espacio de una luz que, muy cada tanto, se encendía sólo a medias.  Entonces ya no los vi, y no sabía si se habían callado antes de cruzar el puente (porque a decir verdad no sabía si habían llegado al puente), o si estaban más lejos de lo que creía, hecho que encontraba extraño porque sólo me había distraído unos segundos.

No me atreví a caminar más rápido o no le encontré sentido. En su lugar me quedé quieto, esforzándome en respirar despacio y pausadamente.

Mi cuerpo no tuvo tiempo de procesar el miedo.

La presencia de alguien atrás confundió las emociones de mi carne y de mi instinto. Era correr o darme vuelta, era gritar o permanecer callado mientras corría o me daba vuelta. Era darme vuelta rápido o despacio, era hacerlo con la boca semiabierta, era respirar profundo antes de iniciar el giro.

Una mano se apoyó en mi hombro como cae una hoja al suelo, al principio sentí los huesos de la palma y después el comienzo de los dedos, los cuales ejercieron una presión casi imperceptible en mis clavículas.

Yo miraba o adivinaba mis pies, escuché en el asfalto las pequeñas piedritas que se friccionaron con las suelas de mis zapatillas al girarme cabizbajo. Sólo cuando estuve frente a ellos levanté la vista.

Tuve que entornar mis ojos para hacerle lugar a la ínfima visión en la penumbra. Había cinco. El brazo que me había palmado el hombro descendía despacio y los cinco cuerpos estaban a menos de un metro de distancia.

Estiré un poco el cuello hacia ellos para salir de la broma que me jugaba la oscuridad. Pero al acercarme al que había tocado mi hombro vi que no tenía rostro, vi que ninguno tenía rostro. Eran muy blancos, porque incluso con tan poca luz pude adivinar sus siluetas. Sin nariz, sin boca. Sin ojos ni orejas.

Si en los últimos segundos había sentido algo parecido al miedo, en ese instante desapareció. Podría decir lo siguiente: Sentí al miedo retirarse, a no querer jugar frente a lo maravilloso, a desconocer que se hace ante cinco figuras sin anatomía. "Yo paso, aceptá o a desmayarse", pareció decirme.

Así el silencio me terminaba de secar la últimas gotas de sudor, se acallaban los temblores de mi nariz, que ya casi no esnifaba los mocos. Los párpados me pesaban pero no me sentía cansado, caían cada vez más despacio y por más tiempo, era como si se despidieran de mí. Mi boca inundaba el espacio vacío que recién allí comprendí que tienen las bocas. Respiraba cada vez menos, parpadeaba cada vez menos.

La calma.

Parecía que todo adentro mío comenzaba a unirse, a acercarse una parte a la otra, a abrazarse despacio. Como si en el interior de mi cuerpo dos ladrones hicieran el amor. Para siempre.

Comenzamos a andar con la seguridad de aquel silencio respetuoso. Poco a poco comprendí que no era necesario ver para no caerme, me sumí en el vaivén de lo que verdaderamente significaba escuchar. Y anduvimos.

Atravesamos un pasillo rozando las paredes con las manos, olía a pasto fresco, a encierro tibio y oscuro. No sé por qué presentí que el techo estaba cerca, y antes de llegar al final del puente sólo pude ver que éramos seis y no diecinueve.



sábado, 20 de julio de 2013

Preposicionados

La quiso a propósito, bajo cero, a cucharada de crema que sucumbe entre frutillas.

La quiso a quemarropa, en dolor de risa, según la necesidad de pintar treinta y tres de espadas, sin amplitud térmica

La quiso de jamón crudo y queso por error queriendo de jamón y queso.

La quiso a la derecha.

La quiso tras una reja de elastiquines, hasta hartarse de comer pochoclo, desde el balcón hasta la ventana con un gesto, sin perder la cuenta.

La quiso hasta que no vuelvan a desatarse los cordones, hasta no decir hasta el cielo, por la prohibición de los trajes en los casamientos.

La quiso sin tener que cambiar la yerba.

La quiso con un chicle sabor Infinito, bajo el perfume de un pelo desalmado, con un último milagro dulce escondido bajo las acelgas.

La quiso con poder elegir los sueños, con pompas de jabón que no hallan tierra firme, bajo una camiseta que no se ensucia con la tierra.

La quiso ante un perro que olfatea la mano más sola que existe, sin llaves ni monedas, en un jabón que no se cae al piso o en un piso que se barre cuando te das vuelta.

La quiso hacia el rincón del cuarto, sin escapatoria, contra un respaldo/espalda, con un cigarrillo dentro del cine, en el último día de escuela.

La quiso desde dos pesos, contra reembolso, diez contra once, “hasta mañana” pegados con aire tibio, tras cada vidrio empañado que se dibuja con las yemas.

La quiso en primer plano, ante una oferta “2x1 en infancias”, ante un clima que te previene desde el ropero, sobre sábanas recién puestas.

La quiso sobre un columpio que nunca para, sobre su dosis de calma, entre la arena y el cielo, entre dos panes tostados por fuera.

La quiso por todos los ejemplos que no se me ocurrirían, con herrores de ortografía, en olor a café y a medialunas, sin conocer el dolor de muelas.

La quiso entre el perfume de la lluvia y del sol, por no necesitar tres deseos, bajo el mismo paraguas, la quiso para…hasta…sin.


Según… la quiso por quererla.

viernes, 17 de mayo de 2013

Atte, ella


Si de verdad bajaste en la terminal de la cual todavía no has bajado, si es real tu sombra a colores que aún abrocha hasta la nariz el impermeable, si acaso tu pelo es rojizo porque lo teñiste y no es rojizo como lo recuerdo; entonces no podré seguir escribiendo abajo de un humo amargo y de unos mates deshabitados.

¿Cómo critico mis pasos sin huellas ahora que me darás la mano?

Tendré que escribir sobre una mano que late, para reemplazar a esa mano de tinta-azul-barato.

¿Bajo qué excusa podré silbar, cuando me acostumbraste a imaginar que llorabas por una gata recién concebida en alguna rua del interior de São Paulo?

Voy a tener que quitarle el celofán a aquella mano invisible de la que hablo e ir al trote con las garras llenas de alimento balanceado: Por las calles, por los balcones, por las acequias, entre las nubes. Así terminar en un bar pegándole el olor a carne guisada a los vasos, mirándote hasta el cerebro para que coincidan nuestros ojos con el silencio casi rojo del desamparo.

¿Cómo voy a soportar tu cuello trémulo?

Mejor será que escriba los últimos versos sobre aquel cuello de cera, ahora que tendrás tráquea, ahora que abrirás el paso de la sangre. Mejor traigo por última vez aquello que se me ocurre sobre la ecuación yemas/ficción/tacto.

¿Cómo pretendo pretender que estás lejos, cuando te vas a destripar por un chiste para el que todavía es temprano?

Supongo que iré a la modista a suavizar los cierres, a reforzar las costuras del tiempo, ahora que vas a tironearme los pantalones para sacarme la tristeza, tan bien guardada ésta en el vértice del bolsillo, como una gotita de papel, tan doblada en seis, tan en vano. Y como es probable que encuentres también mis llaves tal vez me ría con vos, casi de rodillas, con los bolsillos sinceros como las orejas de un cachorro castigado.

¿Qué sucederá si han desaparecido los espejos, si de verdad ya no queda ninguno?

Porque tu imagen aún permanece agarrada de mi pescuezo, con las piernas cruzadas en mi cintura, con el mentón respirando en lo más izquierdo de mi mejilla. Y dice que no quiere bajar al mundo, y lo dice de una manera... Entonces yo no sé si debo susurrar tiernamente casi para adentro, o si mejor debo bajarla para que aprenda a caminar. Así cuando por fin te me estampes con tu piel y con tus huesos y me preguntes si he estado llorando por alguien, no me quede otra opción que cargarte en mi espalda sin importar mi debilidad ni mis lesiones cervicales.

¿Cómo entristezco en estas letras al candor de tu carta?

Si la vergüenza me empuja y me lleva a un rincón de la parálisis, desde donde contemplo tu carta, que me amenaza con salir corriendo a cada rato, que se sabe fuerte, que puede levantar el sobre con los brazos. Si con todos sus ángulos tiesos, rebelde e inquieta, tu carta juega por toda la casa buscando la ñ ausente de tu aprendizaje.

Entonces, si en una siesta que todavía no hemos dormido el cariño nos encandila en vez de cegarnos, asimilaré por un segundo que estás conmigo. Y esconderé la lapicera de esa quimera autopista-río, de esa paradoja circular; como se deja la luz encendida, como se plastifica un documento provisorio o como se alquila un traje sin tener un vestido.

miércoles, 24 de abril de 2013

El banco (cuento)


Todavía recuerdo el olor que había en la esquina donde me topé con el banco. Era un olor a tostadas, probablemente (muy probablemente), proveniente de una tostadora de chapa, con liviandad de alfombra mágica, con el mango como una “U” que se repliega pero que no alcanza a cerrarse. A esas tostadas olía.

Los escombros eran una orquesta de reos, borrachos de tiempo; había tejas y trozos, paréntesis de lo que parecía ser una pared, con los ladrillos y con el cemento todavía pegados en lo que evidentemente había sido una demolición no accidental. Se arrugaban a los lados varias bolsas de cal llenas de mugre junto a un contenedor azul con la inscripción: “Mon-tel”, acompañada de un número de teléfono que tenía dos “6”, o tres.

Yo me detuve por el olor, y para adivinar el origen de la combustión a gas y a abuela.

Y ahí estaba el banco, tan guardapolvos, tan prueba sorpresa; con las patas un poquito abiertas hacia afuera, como chuecas o como paspadas, marrones desde el asiento hasta casi las gomas que juegan a medias de lana, con las pantorrillas descascaradas, podría decirse que parecían las patas de un gato siamés galáctico.

Se me viene a la mente una sensación, fue cuando me agaché para ver como se unían los cañitos abajo del asiento, no sé bien por qué, pero me acuerdo que la sangre ebullicionó hasta mi cabeza, y que tuve que erigirme con los ojos mirando a una tele imaginaria que perdió la señal del cable. El asiento era de madera, cuadrado pero redondeado, con recovecos apenas perceptibles pero de inexorable ondulación-culito para la comodidad del aprendizaje. Estaba pintado de un blanco que atisbaba hacia el beige, o viceversa, salvo en el borde donde la madera desnuda dejaba ver las capas, tal vez ícono distintivo de los bancos, o tal vez de mi nostalgia personal.

Los caños no se tocaban, era como que de la superficie (y cuando digo superficie me refiero a eso que es como Buenos Aires, o mejor dicho, que tiene la forma de Buenos Aires pero más ancho), de ahí, partían los caños hacia el infinito, dejando sólo el espacio para que entre una persona desde la derecha.

Siempre quise que el banco hubiese sido para zurdos, tampoco sé bien por qué.

Primero lo saqué de su inclinación porque me exasperaba, tenía dos de las patas laterales en la vereda y dos en la calle, después subí y baje a Buenos Aires para corroborar si no estaba roto. Varias veces repetí la operación con la sensación de haber olvidado de pestañear.

Me senté, acomodándome, ejerciendo una leve presión hacia el piso meneando la cintura y los glúteos, mirando hacia todos lados y hacia ninguno, parecía una película donde un hombre de traje analiza la compra de un auto, o a veces en la vida real, pero allí con el ceño más preocupado. O algo así.

Yo no tenía preocupación ni fruncí mi ceño, aseveré para mí con la cabeza y me llevé el banco a casa.

No fue nada fácil el traslado, o al menos no fue cómodo, lo ponía arriba de la cabeza pero Buenos Aires me titilaba en la sien, entonces lo cargaba desde dos patas o un poco del asiento, pero ninguna postura me duraba demasiado. Por suerte no tuve que cargarlo en el 90, dudo seriamente que el chofer me hubiese dejado entrarlo, sobre todo aquel pelado de la cicatriz en la cabeza, quien evidentemente nunca perdonó la escena que le dejó la marca.

En el camino se presentó una imagen de otro banco que poco a poco me hizo desacelerar, buscando la nitidez del recuerdo en la quietud paulatina ¿Cuáles eran los motivos de la ausencia de la reja, esa donde hipotéticamente se colocarían los libros? Y sosteniéndolo sobre la cabeza comencé a palpar las marcas o la falta de ellas, y a los pocos centímetros apareció el acné de acero entre mis dedos, engendrado por un libro pesado sobre cien más pesados, o por algún pisotón descuidado en una guerra de tizas. El banco se me hacía más huérfano, nos necesitábamos un poco más a cada metro.

A una cuadra de llegar a casa supe el lugar preciso donde colocaría el banco, ¿qué importaba si no era en ésa, mi casa actual? La Piecita Azul, léase como un gran título que acompaño moviendo mi mano, desde la cintura hasta arriba de mis hombros, con los dedos sosteniendo una manzana. Ahí, en esa única habitación con alfombra azul, paredes empapeladas con cielo y con nubes, techo alto, angosto rincón vacío, juguete a punto de vomitar vida porque ha perdido la gracia. Me emociono igual que aquel día. La Piecita Azul...

Saludé a todos en casa pero me devolvieron el saludo sin notar el banco ni mi cansancio por el traslado, quizás cegados por la trágica muerte de una famosa conductora de televisión. Aún cuando apoyé el mismo haciendo ruido, quizás a propósito, ni cuando resoplé por el cansancio, ni cuando resoplé de nuevo. En la tele, lo que parecía ser la hija de la conductora filmada en un primerísimo plano, parecía que iba a morir de tristeza, yo no sé si a todos en casa les dio la misma impresión. Repuesto o resignado, tomé el banco y lo llevé a su lugar.

“Justo en el medio”, me decía en silencio con los brazos descansando en las caderas, satisfechos por el trabajo realizado. Quedaba tan bien allí, en esa habitación angosta pero larga, o tal vez no muy larga pero sí bastante angosta, lo cual disfraza la noción de longitud. Lo puse de espaldas a la puerta, no porque quisiese que se vea el banco en posición de penitencia, creo más bien que fue una casualidad (aunque ya no volví a girarlo). Desde la izquierda entraba el sol por el garaje marcando las verjas del portón y las rejas de la ventana, una de las innominables bellezas de la inseguridad. Quedaba perfecto así.

Luego de sentarme y de pararme unas quince veces, de hacer y de deshacer otras tantas el cruce de mis piernas (ante el zapateo de Buenos Aires) me puse a pensar en la superficie utilizable, en el banco como esquema. El espacio no era reducido, aunque objetivamente... Los pensamientos llegaron a ser preocupantes, pero básicamente ponderaba la presencia de las hojas donde escribí mis primeros textos, el cassette número “5” con grabaciones de la radio, el He-Man de miniatura que ese mismo día apareció entre mis remeras (no sé en cuál habitación, ¿pero realmente importa?), la tinta china que alimentó a mi pluma de calidad dudosa, regalo de uno de mis tíos (lástima que se perdió, dejé de usarla por mera practicidad, pero me gustaría apoyarla en mi mano, aunque se vuelva a perder, aunque vuelva a añorarla). También algunas hojas en blanco, por las dudas (o más bien por alguna certeza), el sacapuntas verde a manivela, al cual sólo podría detallar adjuntando aquí una imagen, el álbum de fotos de aquel campamento en Cipoletti, mis guantes mágicos a los cuales les corte los dedos, dejando finalmente un espacio para aquello que sin dudas divagaba en mi cabeza buscando la salida.

Al final organicé las cosas (in-cosas, no-cosas, anti-cosas, bajo-ningún-punto-de-vista-cosas), y las coloqué sobre Buenos Aires. Cada una en un lugar por mí dispuesto, elegido; el banco y la Piecita Azul resplandecían todo el día, se acallaban con la luz ladeada del atardecer y luego se dormían bajo la noche atolondrada que les caía desde la luna. Yo observaba perplejo la perfección desde la puerta, con un Nesquik o con un cigarrillo, de a ratos me acercaba merodeando con suma cautela como un perro hecho mascota merodea a un gato moribundo, sin saber si su presa (o si su amiguito) va a reponerse para atacarlo. Después me sentaba con el mismo cuidado y escuchaba a mis recuerdos, interrumpidos a veces por el sonido de otra muerte en la televisión, o por unas elecciones provinciales sin ganadores, o por un gol de algún otro equipo, alguno por el cual no simpatizaba mi hermano más chico.

Hace ya mucho tiempo del accidente, tiempo por tiempo al cuadrado.

Una tarde me senté sin las precauciones que exigía el banco, supongo que estaba distraído por la pesadez de la jornada que transcurría (y absolutamente inconsciente del momento en que había empezado a usar la palabra jornada). Los gritos enardecidos de la vecina ante la sumisión de su nuera por la in-correcta disposición de nuestra basura, la discusión con mi jefe, el seguro del auto debitado en mi tarjeta de crédito, el policía que no aceptaba la virtualidad del pago, el choque, el otro policía que tampoco (menos aún) aceptaba mis disculpas por ese otro accidente. No quería que me absolviese de la culpa, simplemente que me perdonara. Todo se sumó al hecho de encontrar la pluma abajo del asiento del auto, al inenarrable milagro de palpar el delgado cilindro cuando buscaba la tarjeta verde. A pensar que si apoyaba la pluma en uno de los pocos espacios libres que quedaban en el banco, el candor pasaría volando por la Piecita Azul.

Después de apoyar la pluma y sin entender la semiótica de la calma, me crucé de piernas, como listo para descubrir por primera vez las milanesas de mi Tía Susana. Ante el atolondramiento Buenos Aires subió como una arcada, bajó súbitamente y volvió a subir, revolcando las hojas, el sacapuntas, al cassette, a He-Man, a la pluma y a la tinta china, que por el color tocayo de la alfombra casi no se entendía en su muerte de pez mercurio sofocado.

Me costó bastante pero decidí no recoger las cosas ni volver a Buenos Aires hacia la horizontalidad (¿decidí?), quedaron las hojas salpicadas con la explosión del frasco de tinta, tanto las blancas como las escritas, se paralizó He-Man abrazando la ausencia de su heroísmo. Todo quedó donde lo dejó el accidente. Al principio me acercaba a la puerta a contemplar la escena del crimen, me apoyaba de brazos cruzados en el marco y reflexionaba mientras los chicos husmeaban desde mis rodillas haciendo todo tipo de preguntas. Luego mis visitas se hicieron menos asiduas, para dejar un día (no aquel), de acercarme a la Piecita Azul: digamos que te cortás con el filo de una hoja, que la sangre asoma con el dolor agarrado del cuello, que después cicatriza y que se va curando; casi nunca sabemos el momento exacto en que la herida deja de existir del todo, pero si nos damos cuenta del milagro, si lo hacemos, lo hacemos con olvido: ¡Ah, la costra del corte con papel! Y a seguir discutiendo sobre quién limpia las paletas del ventilador. Creo que fue mi tía Susana quien cerró la puerta con llave, o mi hermano, o mi abuela que dejó de oler a tostadas, o yo de muy chico.