Ni siquiera saludamos a la anfitriona, a la
“cumpleañera”. Salimos los veinte expulsados del salón de fiestas como salpicados desde cuatro dedos que toman envión en el pulgar.
Luego de dos cuadras circulaban pocos autos, y en
esos momentos nos acercábamos a la vereda bifurcados a la derecha o a la
izquierda. No me gustaba la idea de caminar hasta nuestras casas desde donde
estábamos e inevitablemente todos se darían cuenta.
Era una noche húmeda, y donde vivíamos en esos años la humedad siempre resultaba extraña. El alumbrado público dejaba grandes espacios entre farol y
farol; era como que el tiempo sólo transcurría entre esos manchones redondos y amarillos.
Nos alejábamos del salón de fiestas y del eco de las
cumbias del final, cada vez había menos ruido, menos gente y menos autos.
Quizás por eso me mostré incómodo con la actitud grupal, ya que iban todos dando gritos a la noche con la necesidad de zamarrear a la
suerte. Yo me había relegado un poco y los veía serpentear
eléctricos desde atrás.
De los veinte que éramos había conocido a unos
quince esa misma noche, eran amigos de mis amigos, o incluso un amigo más atrás
en la cadena. Se empujaban a las carcajadas, circulando, dando saltos,
cánticos, unos ya iban sin la remera o sin la camisa, agitándola en círculos
arriba de sus cabezas, otros miraban hacia atrás y amenazaban con salir
corriendo ante un supuesto peligro a nuestras espaldas. Había sido yo el que
había comentado que “esos barrios no se veían muy bien” y sin dudas los sustos
me apuntaban. No les creía por un simple motivo: casi todos los que fingían una
amenaza ya llevaban el cinturón en la mano para demostrar que estaban dispuestos
a enfrentarse a lo que sea; la corrida era otra manera de probar valentía. A
los pocos pasos soltaban la carcajada y señalaban mi supuesto susto.
Los mocos me caían de la nariz incesantemente, no
hacía tanto frío pero íbamos contra el viento a un paso acelerado, permitiendo
que el otoño entre en calor por medio de nuestras caras.
A los lados las casas no mostraban siquiera un movimiento,
ni una luz que se encendiera o se apagara y en las primeras diez cuadras no nos
cruzamos con otro peatón. Sólo se oía nuestro bullicio, que albergaba cada
tanto un “auto, auto” cuando las luces nos asediaban antes que el ruido del
motor.
Uno que otro chico se volvía y se mostraba cortés,
pero sin fingir, lo hacían los chicos que estaban en desacuerdo con la travesía, pero que a su vez comprendían que así como nos habían
llevado en auto algunos de nuestros padres, teníamos que caminar en esa hora en
la que no pasaban todavía los colectivos ni en la que podíamos despertar a alguien
para que nos recoja. Se aletargaban en la caminata y se giraban lentamente,
después me palmaban la espalda haciendo comentarios sobre lo lúgubre de las
casas o de la estrechez que de tanto en tanto acompañaba a alguna calle. Lo
ponían en otras palabras, claro.
Yo sonreía confirmando su acotación. De a poco el
visitante aceleraba el paso, ponía las manos como un megáfono y aullaba algo a
los que iban más adelante. La cortesía no podía pecar de cobarde.
Tenía muchas ganas de que se callaran todos, de que
fuésemos a un paso ameno sacando conclusiones de un silencio que sin dudas habría sido interesante. Sabía a su vez que ese deseo había aparecido por
respeto y no por miedo, presentía que ese silencio cuidaría de nosotros a
través de todo el camino. Pensaba profundamente en ello con las manos forzando
los bolsillos.
Faltaba poco para llegar al puente. Al
parecer el puente separaba un barrio peligroso de otro más peligroso, y en ese
puente… Si, si, en ese puente nos habríamos de sentir hombres. “Estaba buenísimo”
atravesar el puente.
Justo antes de llegar me entretuve con uno de los
faroles que agonizaba con temblores tenues, con la idea de que estábamos
cruzando tres espacios de oscuridad, o lo que era peor, con la imagen de un
gran espacio de una luz que, muy cada tanto, se encendía sólo a medias. Entonces ya no los vi, y no sabía si se
habían callado antes de cruzar el puente (porque a decir verdad no sabía si
habían llegado al puente), o si estaban más lejos de lo que creía, hecho que
encontraba extraño porque sólo me había distraído unos segundos.
No me atreví a caminar más rápido o no le encontré
sentido. En su lugar me quedé quieto, esforzándome en respirar despacio y
pausadamente.
Mi cuerpo no tuvo tiempo de procesar el miedo.
La presencia de alguien atrás confundió las emociones
de mi carne y de mi instinto. Era correr o darme vuelta, era gritar o
permanecer callado mientras corría o me daba vuelta. Era darme vuelta rápido o
despacio, era hacerlo con la boca semiabierta, era respirar profundo antes de
iniciar el giro.
Una mano se apoyó en mi hombro como cae una hoja al
suelo, al principio sentí los huesos de la palma y después el comienzo de los
dedos, los cuales ejercieron una presión casi imperceptible en mis clavículas.
Yo miraba o adivinaba mis pies,
escuché en el asfalto las pequeñas piedritas que se friccionaron con las suelas
de mis zapatillas al girarme cabizbajo. Sólo cuando estuve frente a ellos levanté la vista.
Tuve que entornar mis ojos para hacerle lugar a la ínfima
visión en la penumbra. Había cinco. El brazo que me había palmado el hombro
descendía despacio y los cinco cuerpos estaban a menos de un metro de
distancia.
Estiré un poco el cuello hacia ellos para salir de la
broma que me jugaba la oscuridad. Pero al acercarme al que había tocado mi hombro vi que no tenía rostro, vi que ninguno tenía rostro. Eran muy
blancos, porque incluso con tan poca luz pude adivinar sus siluetas. Sin
nariz, sin boca. Sin ojos ni orejas.
Si en los últimos segundos había sentido algo parecido al miedo, en ese instante desapareció. Podría decir lo siguiente: Sentí al miedo retirarse, a no querer jugar frente a lo maravilloso, a desconocer que se hace ante cinco figuras sin anatomía. "Yo paso, aceptá o a desmayarse", pareció decirme.
Así el silencio me terminaba de secar la últimas
gotas de sudor, se acallaban los temblores de mi nariz, que ya casi no esnifaba
los mocos. Los párpados me pesaban pero no me sentía cansado, caían cada vez
más despacio y por más tiempo, era como si se despidieran de mí. Mi boca inundaba
el espacio vacío que recién allí comprendí que tienen las bocas. Respiraba
cada vez menos, parpadeaba cada vez menos.
La calma.
Parecía que todo adentro mío comenzaba a unirse, a
acercarse una parte a la otra, a abrazarse despacio. Como si en el interior de
mi cuerpo dos ladrones hicieran el amor. Para siempre.
Comenzamos a andar con la seguridad de aquel silencio
respetuoso. Poco a poco comprendí que no era necesario ver para no caerme, me
sumí en el vaivén de lo que verdaderamente significaba escuchar. Y anduvimos.
Atravesamos un pasillo rozando las paredes con las
manos, olía a pasto fresco, a encierro tibio y oscuro. No sé por qué presentí
que el techo estaba cerca, y antes de llegar al final del
puente sólo pude ver que éramos seis y no diecinueve.
No hay comentarios:
Publicar un comentario