jueves, 17 de enero de 2013

Marchitarse con la frente vuelta

Volví cargando ciertas imágenes desnudas a pocos metros de mis pasos, eran flashes vigías que discutían sobre un pasado casi presente.

Recorrí así el camino de vuelta, con la temperatura viva de tus quejas.

Ante un desvelo anticipado apagué la luz, claro que las entrañas no se hicieron cargo, que los ojos dejaron de ser sensatos. Tomé entonces la lapicera y llené esta hoja con mis astillas, sin poder evitar que el trazo te presienta a su lado.

Ya me faltas, tan “recién” y ya me enredo entre las sábanas tartamudas, ya tengo que escribir sobre el desliz de los días, ya me confunden mis miedos finitos y certeros. Ya respiro recordando la calidez de tu tacto.

El humo azul de mi cigarrillo, salada compañía, se yergue de la ceniza como una culpa bamboleante que me tensa, luego se condensa en las estrellas y grita: “el sol llegará sin ella”.

Mañana no está cerca, hay un terreno furioso que tiembla y me prohíbe asimilar hacia dónde corre el tiempo; mañana es una laguna helada que dice ser un espejo precioso y reconfortante, una fotografía traidora que disfraza la delgada capa del hielo, lo que abajo asfixia y apresa.

Debo escribir “Ay Dios”, no sé explicar la onomatopeya que preciso.

Los insomnios aletean por la pared de la habitación, dejan caer burlas que me llenan los oídos de arena. Volví así con la incertidumbre a cuestas, mareado por tu ausencia evidente, volví con las manos negras, indigestado por tener que empezar a recordarte. No podés ser el pasado, no pueden existir estas letras.

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