Volví
cargando ciertas imágenes desnudas a pocos metros de mis pasos, eran
flashes vigías que discutían sobre un pasado casi presente.
Recorrí
así el camino de vuelta, con la temperatura viva de tus quejas.
Ante
un desvelo anticipado apagué la luz, claro que las entrañas no se
hicieron cargo, que los ojos dejaron de ser sensatos. Tomé entonces
la lapicera y llené esta hoja con mis astillas, sin poder evitar que
el trazo te presienta a su lado.
Ya
me faltas, tan “recién” y ya me enredo entre las sábanas
tartamudas, ya tengo que escribir sobre el desliz de los días, ya me
confunden mis miedos finitos y certeros. Ya respiro recordando la
calidez de tu tacto.
El
humo azul de mi cigarrillo, salada compañía, se yergue de la ceniza
como una culpa bamboleante que me tensa, luego se condensa en las estrellas
y grita: “el sol llegará sin ella”.
Mañana
no está cerca, hay un terreno furioso que tiembla y me prohíbe
asimilar hacia dónde corre el tiempo; mañana es una laguna helada
que dice ser un espejo precioso y reconfortante, una fotografía
traidora que disfraza la delgada capa del hielo, lo que abajo asfixia
y apresa.
Debo
escribir “Ay Dios”, no sé explicar la onomatopeya que preciso.
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