Usté habla pibe... Envido señor...
Falta envido pibe... Quiero 22... Son buenas pibe.
viernes, 30 de septiembre de 2016
miércoles, 15 de junio de 2016
Noche Mala
Abrí los ojos y la vi
deambuar por la habitación, caminaba como en vano, y hasta el
espacio que yo ocupaba en su cama parecía disgustado conmigo.
No terminaba de hacer, de
agacharse, de reflexionar; tal vez quería comenzar a vestirse,
quizás buscar el teléfono, recogerse el pelo o encontrar la coleta.
Yo la observaba de costado atento en mantener la misma posición que
tuve al despertar, un vacío me obligaba a ser testigo de su
arrepentimiento.
Al estar más diurna
estaba más desnuda, podía detectar el halo entrando por el hueco
entre sus muslos, ver los vellos reflejándose en si mismos, oír la
tensión de sus pantorrillas cuando sus talones crujian el piso.
Disfruté mucho esos minutos en que no me supo despierto... Luego su
mirada pasó fugaz por mi cuerpo como si fuese carne en mal estado,
una manta mojada arruinando su cama, un café frío con azúcar.
La apertura de un cajón
hizo su característico ruido deslizante, al principio no supe cuál
era el elegido para sus bombachas, porque su culo me ocultaba el
gesto y porque yo no la conocía tanto como para saberlo. Hice un pequeño
seprenteo con la cabeza (inútil resultaba seguir quieto), y pude ver
que la sacó del cajón del medio. ¿Qué habría en el primero? ¿Qué
podría ser más prioritario que su sexualidad inquieta?
La bombacha no era la que
había escondido con fiereza entre su falda hacía sólo unas horas,
no era la que había imaginado toda la noche descendiendo por sus
piernas cada vez que las cruzaba, la que finalmente bajó convencida
arqueando la espalda. No era la que de hecho seguía desparramada
entre las sábanas.
Que había despertado
antes que yo era evidente, que no había podido dormir a mi lado
también. Se habrá duchado en cuanto clareó por la ventana, para
despegarse, para arrastrar. De nuevo se giró para no poder creerlo,
esta vez un tanto acurrucada, atravesando sus pelos mojados con los
dedos, como si tocase hacia abajo un arpa. No sonrió, apenas si pestañeó, parecía concentrada únicamente en ese movimiento.
Volvió al baño, ubicado
en la misma habitación... Y yo que lo había supuesto tan conveniente por la madrugada. Nada de ruidos, no meaba, no bajaba la tapa, no la
subía. No abría ni cerraba la pequeña puerta espejada, no
destapaba ni tapaba un rímel o un lápiz de labios, no se lavaba las
manos ni dejaba correr el agua.
Estaría sentada en el
inodoro, acodada en sus rodillas. Nunca pude oír un silencio tan
ridículo, tan obsceno.
Dijo “Lo siento”,
casi antes de salir del baño, mientras yo terminaba de ponerme las
medias. “Lo sé”, murmuré con las manos urgentes, llenas de
zapatillas, chaqueta y muelas.
Ropa Sucia (cuento)
Él nene abandonó por un
momento el tedio del televisor y fue hasta la habitación de
Fernanda, la hija de un matrimonio que en ese momento visitaba junto
a su madre, o que su madre visitaba aunque él también se
encontrara en la casa. La chica estaría en gimnsasia artística, o
quizás en lo de una amiga, él asimiló sólo el comentario del padre
de la niña: “Una lástima que no esté... Para que no se aburra”.
Entró de golpe, abrió
un cajón, no encontró lo que buscaba y le pareció extraño que lo
que buscaba no haya estado en ese cajón. Tic-tacteaba entre
la búsqueda y la puerta de entrada del cuarto, como un espía, casi
como un niño. Abrió otro cajón, luego un tercero, donde sí
descansaba la ropa interior de la adolescente. Agarró una bombacha
al azar, blanca con círculos azules, la acercó a su nariz y aunque
lo decepcionó la limpieza, respiró hondo cerrando los ojos. Se
llevó esa prenda escondida entre su camiseta, o eso pretendió al
principio, hasta volver arrepentido y sumarle dos más. Se dirigió
al baño, trabó la puerta y se masturbó manteniendo las prendas
apretadas en la nariz.
Luego, por la ausencia de
adrenalina en su carne, no fue hasta el cuarto a devolver las
bombachas, sino que las escondió entre las toallas y los toallones,
al fondo del armario, lo más atrás que pudo.
Volvió al salón donde
su madre, una señora que no conocía y la pareja anfitriona,
jugaban a las cartas. Se rehizo en el sofá a ver la tele, esperando
que una de las duplas acabe con la otra. Había olor a café y a
muchos cigarrillos. Todo mezclado con el perfume de la señora
desconocida: “Fendi”, él lo sabía porque su madre lo había
tenido acomodado en su neceser. No sabía el nombre, pero sabía que
era Fendi, o que esa señora olía como su madre hacía unos años
(la misma señora le pidió que vacíe los ceniceros... dos veces;
dijo por favor, pero muy al final de la frase y con una dicción
amorosa exagerada). Finalmente la pareja anfitriona arrasó
con sus invitados poco antes de las nueve, y aunque al muchacho le
hubiese gustado cruzarse con Fernanda, saludarla con una casualidad
casi rabiosa, quizás sin mirarla a los ojos para engendrar la
fantasía de nuevos encuentros invisibles... la niña llegó justo
después de que él se marchara.
Norma sube al segundo
colectivo, quizás si fuesen cinco calles menos alcanzaría con uno,
pero la suerte es así de limítrofe. Paga el boleto con la misma
sensación del día anterior, la de esas cinco calles, la de las
matemáticas duplicando el presupuesto para el transporte. El chofer,
ya conocido y protocolar, hace alusión al clima en un cliché que
sólo sirve para arruinar la narrativa. Norma se sienta adelante,
sube el bolso encima de sus muslos y apoya los antebrazos entre las
asas. Luego relaja la espalda hacia atrás y mira el mundo por la
ventana, el mismo mundo reducido a un recorrido preciso; el mismo
kiosquero abriendo el local, los chicos yendo a la escuela con las
mochilas de su mismo tamaño, los bocinazos, las caras matutinas
encerradas en los autos que Norma observa desde arriba, los que
tararean, los que ya vociferan contra el teléfono, y los que miran
para arriba y la encuentran. Estos últimos por lo general comparten
el momento hasta que el semáforo devuelve el verde. Norma piensa que
se miran con descaro por tanto vidrio, metal y aire que los separa.
No pasa demasiado hasta que tiene que bajarse, claro... Las cinco
cuadras de más o de menos. No toca el timbre, el chofer ya lo sabe,
además Norma baja por el frente, incluso si el colectivo está vació
procura ubicarse en los asientos delanteros. Da los buenos días, los
recibe de vuelta y se baja haciendo malabares con el bolso.
Como cada sábado Norma
tendrá que preparar la mesa para el juego de naipes, es una de las
excepciones a la rutina de los lunes, de los martes, de los
miércoles, de los jueves, de los viernes... Sabe que tiene que
hacerlo mientras comienza con lo habitual, cambiarse de ropa, ponerse
uno de los delantales, juntar las dos tazas de café y el tazón de
chocolatada, guardar la mermelada y la manteca en la heladera, juntar
las migas de la mesa con el paño amarillo, prender la radio (esa que ya
ni necesita sintonizar), lavar a mano las tazas y los platos, esperar
a que los señores y la nena bajen de sus habitaciones, saludarlos, y
por lo general escuchar ciertas sugerencias de
la señora: Almuerzo preferible, rincones que necesitan ser
repasados, o preguntas sobre extrañas ausencias. Ausencias según la
señora, porque hasta ese día nunca se trató de “ausencias”,
sino más bien de juicios; el queso untable estaba camuflado en las
acelgas, el suéter de hilo estaba en el mismo sector del armario,
las fundas de almohada (parte del juego a rayas beige), estaban para
planchar. Y a esas ausencias, quizás para disfrazar a ese juicio, la
señora le sumaba “ausencias” de objetos inofensivos; los
estudios médicos de la nena estaban en el cajón de su sala de
estudios, la última factura de la luz abajo del teléfono, el folleto
del delivery ahí mismo imantado en la heladera. Ahí. Ah, ahí. Así
el “ah” de la señora sonaba a “la verdad me da igual”,
mientras el rencor de Norma permanecía distraído o más bien inexistente .
¿Pero
de qué se trataba en este caso?. Es decir, sabía de qué tres
prendas le hablaba la señora, conocía a la perfección lo que cada
cierta cantidad de tiempo recogía del piso de la habitación de
Fernanda, de arriba de su cómoda, así como también conocía lo que
recogía de los respaldos de las sillas de los señores, o también
(rara vez), del piso o de abajo de su cama matrimonial. Norma apretó
su delantal por lo bajo, buscando en la rutina el origen de las
prendas, extraviando la mirada en los pies del lavavajillas. Llevó después sus ojos hacia Fernanda, todavía exenta de las suspicacias adultas y
adulteradas, pero ésta miró a su madre con fugacidad para luego
perder la vista en un punto fijo de las alacenas.
Lo
siguiente lo suponemos nosotros por una sencilla serie de cuentas
matemáticas: Ha pasado casi-casi una semana, casi-casi entera, con
sus seis días emparedados entre bridge y bridge. Una niña promedio
puede tener una veintena de bombachas y corpiños, de los cuales
siete u ocho podrían ser usados con asiduidad, y la estadística,
aunque un tanto azarosa, presume que al menos una de las tres prendas
corrompidas por el muchachito se incluyen en esas siete u ocho.
Entonces el extravío puede haber salido a la luz (ironía aparte),
quizás el día martes... máximo el miércoles. ¿Por qué esperar
hasta el sábado para cuestionar la ausencia?. Fernanda habría
preguntado sin inquina por una de las bombachas (luego por inercia dilucidaría que son tres al revolver, otra vez sin inquina, el cajón de su ropa interior),preguntarle a quién sino a
mamá, quizás porque en general se baña por las noches luego de
alguna de sus actividades extracurriculares, momento en el que Norma
ya no está, donde quizás ya vuelve a su casa en el primer
colectivo, el que sólo dura un par de cuadras. Y mamá, que poco se
interesa por muchas cosas, mucho se interesa por temas de esta
índole. Casi al borde de desear ese suceso desagradable, el de poder
descubrir al fin uno de esos acontecimientos de los que no habla con
casi nadie, salvo con algunas amigas a las que previamente va probando con sutiles indirectas, respondiendo con la misma sutileza a
las indirectas recibidas. Acelerada llega la madre a la habitación,
preguntando sorprendida por el número de prendas, no porque no
hubiese escuchado “tres bombachas”, sino porque “tres” no se
traspapela en el desorden, o porque “tres” no queda olvidado en
casa de alguna de sus amiguitas. Así, asegurarse el “acá hay algo
raro”, rebuscar milimétricamente en la sala de lavado, revolver
(no sin cierto desagrado) el cesto de mimbre que aloja la ropa sucia
en la esquina del baño, buscar también en las dos mochilas de
Fernanda, abajo de la cama, del sofá, preguntarle si está-segura
que no las dejó en casa de María... de Josefina... ¿segura?,
estando ella segura que no, que tres bombachas no se olvidan en
ningún lado, pero con una sedienta necesidad por el implícito
sumario, ese en que la crueldad no va a tener nada que ver con su
comportamiento inminente, racional e inevitable. Por eso tuvo que
rebuscar lo que en otra situación preguntaría por la mañana a
Norma con la sequedad de quien no quiere perder el tiempo. Búsqueda
minuciosa y casi ridícula que en este caso, le llevó unos tres
días... Aproximadamente miércoles, jueves y viernes.
Norma
no tuvo una respuesta inmediata, pero la seguridad de su inocencia la
llevó a aseverar que ahora se encargaría de buscar las bombachas de
la señorita. La señora, con mirada ambigüa, meneó la cabeza
fingiendo estar segura que sin dudas aparecerían por ahí, aunque al
tercer meneo bajó las comisuras diciendo casi para ella que habían
estado buscando, ¿no, Fer?... pero que seguro no lo habían hecho lo
suficientemente bien. ¿Algo más señora?, agregó Norma mirando al
señor, quien parecía ni
entender lo que estaba
pasando, quizás acostumbrado a la mujer que había elegido para el
matrimonio. La señora siguió con la lógica de quien no ha dado un
veredicto irrevocable del caso (o que no quiere que se note si es que
lo ha dado). Almuerzo, restregar bien-bien
la cortina blanca del baño, controlar que el café alcance para la
batalla de bridge, bueno, sino comprar alguno digno en el
supermercado, que no le había dado tiempo de pasar por el café que
de verdad vale la pena. Se les hacía tarde a todos, la señora
chasqueó los dedos para despertar del sopor a su familia,
“¡Andando!”. Buenos días señora, buenos días señor, chau
Ferni...
Norma
comenzó buscando con la paciencia, pero sobre todo con la ingenuidad
de quien no sospecha que han estado tras ella. Así abrió el cajón
un tanto esperanzada, y con cuidado movió las medias, los corpiños
y las bombachas de la niña. Y fue al cerrarlo cuando le sopló la
nuca el miedo, ya que al tejer la cotidianeidad del recoger, lavar,
planchar, recordó haber guardado en ese mismo cajón la bombacha de
lunares azules, el jueves o el viernes anterior, casi segura que el
jueves, entonces la imagen concisa de una de las prendas se le
presentó como un Cuco, porque no recordó verla en el cesto después
de ese día, tampoco en algún rincón de la habitación de Fernanda.
Se sentó en la cama deshecha, haciendo juego con el revoltijo de
sábanas y de mantas, apeó sus codos en las rodillas e intentó
presentir una conspiración, haciendo las cuentas que hemos propuesto
más arriba, pero esa ingenuidad y esa inocencia la cortaron como un
aplauso... La habría usado, ensuciado, dejado para lavar sin que la
señora o ella lo hubiesen percibido, porque la señora había dicho
que la habían buscado pero no imaginaba con cuánto ahínco. Ya sin
importar la cronología circunstancial de las otras dos bombachas se
fue arrastrando los pies hasta el cesto del baño, donde encontró un
vacío y un sollozo agachado al terminar de revolver casi sin
voluntad la ropa sucia.
Cuando
a las cinco de la tarde llegaron las dos señoras y el hijo de una de
ellas, el café humeaba en la cafetera eléctrica, no el que la
señora hubiese querido, pero Norma compró el mejor que ofrece el
supermercado como le habían dicho, además preparó con honradez el
almuerzo, cambió las sábanas como cada sábado, pensó en que no
había ropa suficiente para poner a funcionar el lavarropas, limpió
con lavandina la cortina del baño, preparó la mesa de juego,
acomodó las tazas y la azucarera, dispuso los dos ceniceros sobre el
tapete verde, uno por pareja, y a las cinco y media se despidió del
matrimonio y de los invitados, no sin antes pedirle a la señora unos
minutos para decirle que las bombachas no habían aparecido... (sin
agregar “todavía”, porque al conocer la lógica de la ropa
familar sabía que no se trataba de tiempo). Pero la señora tenía
bridge, protocolo, visitas, ya hablarían el lunes. Lunes, entonces
“hasta el lunes señora”, ahora sí, “Hasta el lunes Norma”,
y la señora que vuelve elegantemente acongojada hacia la mesa, lista
para la disputa de cartas y de Benson & Hedges. El señor ya
mezclaba las cartas, impasible, y el chiquillo prendía desganado el
televisor, fingiendo el paso casual de unos minutos para poder ir
hasta el baño.
Ya no
se trataba sólo de adrenalina, sino también de la curiosidad de un
niño en el umbral de la adolescencia, ¿estarían las prendas donde
las había dejado?. Pasó por el cuarto de la chica, que como ese
otro sábado estaría en casa de una amiga o en gimnasia artística,
pero en vez de entrar fue directo al baño, al armario de las
toallas, al escondite de su última travesura. Lo abrió, y de puntas
de pie serpenteó su mano derecha hasta el fondo, desde donde extrajo
las tres prendas; recordó entonces la desazón de la limpieza, y con
las bombachas apretadas entre sus dedos miró de reojo hacia la
esquina del cesto. Con la mano libre, puntualmente con el dedo índice
y el dedo del medio, como si se tratase de un estofado viscoso,
rebuscó entre la ropa hasta dar con una prenda que por tamaño y
diseño pudiese ser la indicada. La acogotó junto a las otras tres,
y respirando esa mezcla de limpieza y de uso se volvió a masturbar
con los ojos cerrados entre imágenes aleatorias de Fernanda. Antes
de salir, por el simple hecho de que ya no quedaba adrenalina, no
pensó en separar las prendas limpias de la bombacha extraída del
cesto de mimbre, sino que arrojó las cuatro como si todas estuvieran
sucias.
Y lo
estaban... y lo estarían el lunes cuando Norma salude a todos por
última vez, luego de deshacer el desayuno, enjuagar las tazas,
guardar la mermelada y la manteca en la heladera, juntar las migas
con el paño amarillo.
martes, 10 de mayo de 2016
Catarsis
Si se tratase de hacer catarsis me mordería las uñas, gritaría atrincherado en la almohada o fumaría de cabeza en la ventana. O de manera sórdida podría hacer un nuevo pacto de silencio con la tarde, analizando todo tipo de pavadas hipotéticas, escenarios, diálogos, hasta el clima... Todas reacciones inventadas ante situaciones poco probables. Escribir sobre esta traba (que es como los juegos de ingenio de desanudar, desenroscar, o simplemente resolver) es una catarsis mentirosa. Catarsis de verdad es medio litro de ginebra vespertina, es cortar zanahoria para ensalada en lugar de rallarla, es que el frasco de semillas de sésamo se te caiga al suelo casi a propósito, es llegar tarde al trabajo con tiempo de sobra para poder arrancar mal la mañana. Acá debería tratarse de otra cosa y no de un azar también mentiroso en el que ella llega un día a leer esto, entonces de manera inexorable me toma de la mano entre colores primarios y música ridícula. Ya lo dije más arriba, para esas pavadas no hace falta esto. ¿Para qué carajo lo escribo entonces?. Si me convenzo de que absoluta-mente nadie va a leerlo ni lo intento, (un poquito de sinceridad). Quizás lo escribo por si alguien encontró un sentimiento que no ha perdido, o porque las uñas que tengo son diez y mis dientes van muchísimo más rápido que mi biología, porque gritar ya grité (o no, pero calladito mirando el techo es el mismo agujero), digamos que escribo porque no puedo detenerme a pensar por qué no lo evito... Escribo porque soy pura conclusión, pura teoría, porque ni sabe que escribo, ni sabe de mis uñas ni mucho menos que los padrastros en las cutículas insultan por ella. No estoy orgulloso de poder expresar estas cosas con palabras o de poder decirlas encanutadas en prosa poética, No me creo un poquito esa valentía imberbe de hacerme el “tipo ginebra” o el “tipo carajo”, eso sí, estoy muy enojado con la decepción o viceversa, porque ahí andan todos funcionando a base de instinto, he aquí un buen cliché: Pasan una vez al lado, dos, a la tercera dicen “hola”, a la decimonovena son lo que podrían ser o no son nada. Y yo escribo mal a propósito (o eso quiero creer), sin saber si lo hago para consolarme de una angustia un tanto confusa, para repetirme que “algo es algo” como un amigo desinteresado, o para hacer trampa en un crucigramas. Vaya a saber para qué. Una-auténtica-idiotez. Además escribo sin tener un final que asome desde el cenicero, volteretas innecesarias para cobardía instantánea en polvo. Y como no tengo un final adecuado paran de arrebato mis dedos, que al no tener que teclear pretenden ir hasta mi boca para que pueda morderme las uñas. Pero justo a tiempo se me ocurre una frase que encuentro hermosa, de esas que brillan en los días en que escribo poesía... Ese es el final inadecuado en un día sin azúcar: No escribirla, guardarla para otro día.
Suspiro
Un suspiro que adentra
aquellos segundos como arena, así empieza la bobada narcisista.
Fuego, cigarro, picazón, saliva, dolor de cabeza. El suspiro
recuerda muy bien esos segundos precisos, justo después del sexo,
porque el amor no era ni tuyo ni mío. Ahora tal vez es amor de
juguete o una reticente idealización... Ahora la vacuidad es capaz
de pedirle casamiento a una compañera de subte, ahora se trata de
obligarme, antes quizás fue desconcierto, qué se yo qué fue eso,
qué es ahora. Suspiro y arena otra vez, vos bajando de mi cuerpo y
yo preguntándote si vamos de nuevo. Antes risas; ahora fuego,
cigarro, ventana, cenizas, saliva, ojos y vidrio. Un suspiro y la
absoluta certeza de no tener ninguna. Pelo más corto, rubio tal vez,
más gorda, más flaca, vos ni una vez pensando en esos segundos y
acá la noche que es puro sedimento. Suspiro unilateral, la vida
sigue para la gente que sigue, y suspiro que ensarta tu cuerpo de
espaldas calzándote la bombacha negra, otros segundos aunque la
misma saliva, el cigarro, el fuego, la luna de mierda, el desorden. Y
vos así conmigo, pocos días, ni me atrevo a decir dos semanas,
quién se pondría de mi lado si esto se tratase de elegir un bando.
Supiro y tu carne inalcanzable, vaya a saber en qué cama o en qué
país, pero un estornudo dura inevitablemente un estornudo, cualquier
extensión suena a trampa. Aunque todo parece un intento absurdo, no
hay idioma que logre detallar las líneas más simples de
pensamiento, o lo que es peor, los recuerdos emocionales. Puedo
suspirar por tu espalda entangando esa bombacha negra, ese preludio
de quererte en serio, pero el inexplicable significado está perdido
en tantas noches como ésta. Suspirazo porque vos no supiste nada,
hasta acá llegamos y yo calladito, la dignidad ahora hecha cigarro,
ventana, saliva y uñas. No hacer nada mal, ni bien, hacer lo que más
o menos va saliendo, dos semanitas, un poco de miedo, sí, una
inseguridad que rebotaba de las paredes al techo, del techo al piso,
a mi cara, a la tuya, pero suspiro porque no me digas que de golpe...
¿por miedo? ¿por las dudas? ¿ya está?. Y resoplido porque los
suspiros se atragantaron entre ellos, resoplido de humo, estrellas,
aire helado, saliva, ventana y cómo es posible que el orgullo sepa
guardar tan bien un secreto. Cerrá la ventana carajo, apagá el
cigarro, date cuenta que no se trata excepcionalmente de ella, vaciá
el cenicero, abrí la ventana de nuevo, respirá en blanco, hasta el
fondo.... Cerrá la ventana. Escribí otro tipo de cuento.
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