martes, 10 de mayo de 2016

Catarsis


Si se tratase de hacer catarsis me mordería las uñas, gritaría atrincherado en la almohada o fumaría de cabeza en la ventana. O de manera sórdida podría hacer un nuevo pacto de silencio con la tarde, analizando todo tipo de pavadas hipotéticas, escenarios, diálogos, hasta el clima... Todas reacciones inventadas ante situaciones poco probables. Escribir sobre esta traba (que es como los juegos de ingenio de desanudar, desenroscar, o simplemente resolver) es una catarsis mentirosa. Catarsis de verdad es medio litro de ginebra vespertina, es cortar zanahoria para ensalada en lugar de rallarla, es que el frasco de semillas de sésamo se te caiga al suelo casi a propósito, es llegar tarde al trabajo con tiempo de sobra para poder arrancar mal la mañana. Acá debería tratarse de otra cosa y no de un azar también mentiroso en el que ella llega un día a leer esto, entonces de manera inexorable me toma de la mano entre colores primarios y música ridícula. Ya lo dije más arriba, para esas pavadas no hace falta esto. ¿Para qué carajo lo escribo entonces?. Si me convenzo de que absoluta-mente nadie va a leerlo ni lo intento, (un poquito de sinceridad). Quizás lo escribo por si alguien encontró un sentimiento que no ha perdido, o porque las uñas que tengo son diez y mis dientes van muchísimo más rápido que mi biología, porque gritar ya grité (o no, pero calladito mirando el techo es el mismo agujero), digamos que escribo porque no puedo detenerme a pensar por qué no lo evito... Escribo porque soy pura conclusión, pura teoría, porque ni sabe que escribo, ni sabe de mis uñas ni mucho menos que los padrastros en las cutículas insultan por ella. No estoy orgulloso de poder expresar estas cosas con palabras o de poder decirlas encanutadas en prosa poética, No me creo un poquito esa valentía imberbe de hacerme el “tipo ginebra” o el “tipo carajo”, eso sí, estoy muy enojado con la decepción o viceversa, porque ahí andan todos funcionando a base de instinto, he aquí un buen cliché: Pasan una vez al lado, dos, a la tercera dicen “hola”, a la decimonovena son lo que podrían ser o no son nada. Y yo escribo mal a propósito (o eso quiero creer), sin saber si lo hago para consolarme de una angustia un tanto confusa, para repetirme que “algo es algo” como un amigo desinteresado, o para hacer trampa en un crucigramas. Vaya a saber para qué. Una-auténtica-idiotez. Además escribo sin tener un final que asome desde el cenicero, volteretas innecesarias para cobardía instantánea en polvo. Y como no tengo un final adecuado paran de arrebato mis dedos, que al no tener que teclear pretenden ir hasta mi boca para que pueda morderme las uñas. Pero justo a tiempo se me ocurre una frase que encuentro hermosa, de esas que brillan en los días en que escribo poesía... Ese es el final inadecuado en un día sin azúcar: No escribirla, guardarla para otro día.

Suspiro




Un suspiro que adentra aquellos segundos como arena, así empieza la bobada narcisista. Fuego, cigarro, picazón, saliva, dolor de cabeza. El suspiro recuerda muy bien esos segundos precisos, justo después del sexo, porque el amor no era ni tuyo ni mío. Ahora tal vez es amor de juguete o una reticente idealización... Ahora la vacuidad es capaz de pedirle casamiento a una compañera de subte, ahora se trata de obligarme, antes quizás fue desconcierto, qué se yo qué fue eso, qué es ahora. Suspiro y arena otra vez, vos bajando de mi cuerpo y yo preguntándote si vamos de nuevo. Antes risas; ahora fuego, cigarro, ventana, cenizas, saliva, ojos y vidrio. Un suspiro y la absoluta certeza de no tener ninguna. Pelo más corto, rubio tal vez, más gorda, más flaca, vos ni una vez pensando en esos segundos y acá la noche que es puro sedimento. Suspiro unilateral, la vida sigue para la gente que sigue, y suspiro que ensarta tu cuerpo de espaldas calzándote la bombacha negra, otros segundos aunque la misma saliva, el cigarro, el fuego, la luna de mierda, el desorden. Y vos así conmigo, pocos días, ni me atrevo a decir dos semanas, quién se pondría de mi lado si esto se tratase de elegir un bando. Supiro y tu carne inalcanzable, vaya a saber en qué cama o en qué país, pero un estornudo dura inevitablemente un estornudo, cualquier extensión suena a trampa. Aunque todo parece un intento absurdo, no hay idioma que logre detallar las líneas más simples de pensamiento, o lo que es peor, los recuerdos emocionales. Puedo suspirar por tu espalda entangando esa bombacha negra, ese preludio de quererte en serio, pero el inexplicable significado está perdido en tantas noches como ésta. Suspirazo porque vos no supiste nada, hasta acá llegamos y yo calladito, la dignidad ahora hecha cigarro, ventana, saliva y uñas. No hacer nada mal, ni bien, hacer lo que más o menos va saliendo, dos semanitas, un poco de miedo, sí, una inseguridad que rebotaba de las paredes al techo, del techo al piso, a mi cara, a la tuya, pero suspiro porque no me digas que de golpe... ¿por miedo? ¿por las dudas? ¿ya está?. Y resoplido porque los suspiros se atragantaron entre ellos, resoplido de humo, estrellas, aire helado, saliva, ventana y cómo es posible que el orgullo sepa guardar tan bien un secreto. Cerrá la ventana carajo, apagá el cigarro, date cuenta que no se trata excepcionalmente de ella, vaciá el cenicero, abrí la ventana de nuevo, respirá en blanco, hasta el fondo.... Cerrá la ventana. Escribí otro tipo de cuento.

lunes, 7 de marzo de 2016

Escribir, borrar, escribir, borrar...

Antes de apagar la luz que me somete a tus pesadillas, le confío unas letras a la mañana inalcanzable. Los armarios siguen un tanto abiertos, cábalas extrañas de hombres tristes.
Pronóstico reservado para estas puteadas encubiertas, el semáforo de mi cabeza sigue en amarillo; la ceguera, esa calma, sigue mezclando los naipes.
¿Qué milagro me va a traer esta vez el hecho de quedarme dormido? ¿Sabré dominar el ridículo? Siempre la culpa es invisible, una soberana metida de pata, aceite y agua mezlcados sólo por un rato.
Mañana me voy a despertar plano, con las sobras de todo lo que encuentre por delante y voy a procurar leer este chantaje nocturno. Sí. Agarrarme la cabeza con el café mal hecho, chistar los labios, corroborar la voz ausente con un tosido, buscar una línea válida, fumar, cerrar el armario, entreabrirlo, bostezar y sobrevivir.


Siempre la misma historia

Supongamos que estoy sentado en un bar, o en la mesa de un bar... O que si fuese un mejor escritor podría decir que estoy sentado en una silla, a unos treinta centímetros de la mesa que acompaña dicha silla de dicho bar. Madre mía. Supongamos que si verdaderamente fuese un mejor escritor jugaría con una destreza no repetitiva. O que si realmente fuese un mejor escritor obviaría este tipo de párrafos.

En fin, a este bar llegué solo, son las diez de la noche y muchos de los turistas todavía se entretienen limpiando los langostinos de sus paellas. He pedido un ron con hielo, rodaja hipócrita de limón y agua tónica. No tomo Gin-Tonic por una cuestión de principios, y el Ron-Tonic per se no existe, pero por otro lado existe... y por eso lo prefiero.

Noto que estoy fumando de más por la ansiedad, no siempre fumo tanto pero casi siempre estoy ansioso. Al levantar la cabeza veo mesas ocupadas, no percibo en el paneo una gran muchedumbre pero mi cerebro les da la “malvenida”. A todos. Luego calo el cigarrillo y arrastro la colilla por todo el cenicero.

Supongamos que en el medio de mi incursión al cenicero puedo oír el fatídico ruido de una silla que se arrastra. Peor, porque el ruido de una silla que se arrastra es inaudible en un bar con la música a unos 86 decibeles, por lo cual, lo que detecto es la vibración fatídica de una silla que se arrastra. Eso sólo puede significar una cosa: Que se están sentando en tu mesa (y yo que vuelvo al mismo dilema mesa/silla/mal escritor... o yo que vuelvo al primer párrafo).

Una piba... Linda. Y escribo “piba”... Porque sí.

No me mira pero sonríe, no es una sonrisa agradable, me incomoda porque da la sensación de que sonríe para una foto carnet.

Lo primero que dice es que leyó mi libro. Absolutamente quieta, dice que leyó mi libro.

  • ¿Qué libro?
  • Eres Fabián, ¿no?
  • Sí, pero no he escrito ningún libro.
  • ¿Y eso?
  • He escrito cosas, pero no he publicado nada... ¿Vos quién sos?

Y pone cara de que yo soy un loco, enfermo, o psicópata, o esquizofrénico, y yo que ciertamente no he escrito ningún libro, pero que escribo... Yo que no la conozco y ella que se sentó de sopetón diciendo conocerme... ¿Qué cara habré puesto para que me haya mirado así?

  • Eh, esto es bastante estúpido. Y de mal gusto, porque aunque no sepa quién te manda o quién sos, y aún pensando que es un amigo mío el que te mandó, vos no deberías prestarte a estas cosas.

Relojeo por todo el bar, busco el cuchicheo cómplice, la maldad imberbe arrinconada a las carcajadas. Busco atentamente cuando la piba me interrumpe.

  • Eres un poco maleducado, ¿no te parece?
  • ¿Yo maleducado? Pero vos qué onda loca...

(“Vos qué onda loca” descripción gráfica: Con el pulgar, el índice y el dedo del medio unidos arriba, agarrando un palillo chino imaginario, subiendo y bajando. Argentinadas, como llamarla “piba”).

Y vuelvo a buscar a sus colegas de broma, me paro en cada gesto y en cada cara perceptible, cuando ya todo el bar parece saber que quiero haber escrito ese libro, ese del que esta chica parece agarrarse para arruinarme la noche...

  • Eres un borde.

Se pone de pie resoplando con los ojos y se va hacia su mesa. Sigo su destino por deducción y noto que en esa mesa no se ríe nadie, que de hecho parecían estar conversando de otra cosa, o al menos que no parecían ser parte de ningún chiste. Eso sumado al elemental hecho de que no los había visto antes en mi vida. La piba llega y en pocas palabras, casi podría decir que en menos de diez, les explica algo que ellos reciben sorprendidos al principio, y de mala manera inmediatamente; miran hacia donde estoy yo, ella apenas si señala con el mentón, y todos vuelven a su mesa y a sus cosas. Punto.

Entonces supongamos que debería empezar a escribir ahora en pasado. Porque para ponerme de pie, atravesar todo el bar con la vergüenza inexplicable de lo sucedido, para tomar aire bajando la cabeza y para pedir permiso a gente que hace que la distancia se extienda... Para eso tengo que hacerme el anecdótico. Como si ya hubiese pasado.

  • Perdoname, recién no sé... Hay algo raro, en serio, yo no he escrito ningún libro, pero por una cuestión de que no califico para escribir.

Sí. Eso dije.

Y toda la mesa me miraba y la miraba, dos se apretaban el labio de abajo con los dientes de arriba, en Argentina ese gesto podría describirse como el de alguien que ha dicho un “bolazo”. Pero ella dijo que yo era un “borde”, y eso es más español que un torero abrazando a Paco de Lucía. (Otra argentinada, ¿para qué juego con el bolazo?). Yo transmitía el mismo miedo que transmito a través de este párrafo. Lleno de puntos seguidos. Como goteando. Pero esa incomodidad no era tan infundada, estaba pidiendo disculpas por la actitud, pero pudo parecer que quizás yo había escrito un libro que esta piba había leído. Y no había escrito ningún libro, ni he escrito un libro. Inlibro. Deslibrado.

  • Ya. No te preocupes.

Fue tan evidente que estaba quedando como un idiota. Tanto que ya no me podía ir, estaba clavado frente a cinco extraños, medio en silencio medio balbuceando, casi seguro de que no podía empeorar la situación. Y lo ideal era que la piba dijese que volviéramos a mi mesa a conversar de lo que había sucedido. Ideal e imposible; me miraban esperando a que me vaya, pero no me iba a ir. Si me iba acrecentaba la vergüenza pero a mis espaldas. Iban a hablar de mi idiotez mientras trataba de llegar a mi mesa. Mejor quedarse a escucharlo todo, a verlo...

  • Oye... ya está bien. Si sólo quería decirte que me había gustado un cuento.
  • ¿Ya está bien de qué?

Y se miraron todos, los cinco, haciendo orgía de ojos.

  • Que no hace falta que expliques tanto. Ya está.
  • No he dicho nada.

Estaba clarísimo, no había dicho nada.

Me debo haber puesto tan amarillo, quizás hasta me bajó la presión, porque ella se paró casi de golpe y me llevó hasta la mesa, pidiendo permiso como si estuviese orientando a un viejito borracho y deprimido. En el camino le pregunté si había pensado en voz alta, pero no me contestó.

  • Ya no supongamos nada.
  • No entiendo.
  • Que no digas: supongamos que estoy bla bla bla. Sigue aquí conmigo.
  • Si hablé en voz alta recién me debería haber dado cuenta. ¿Estás adentro de mi cabeza? Me estoy volviendo loco.

No hombre, si no hace falta. Mira... Yo ahora estoy como voz en off de tu cuento, aunque por otro lado te lo estoy diciendo. Sin línea de diálogo, con línea de diálogo, metida en tu cabezota como una bala. ¿Lo ves?

Bajo esta premisa absurda, ¿yo que hago ahora? ¿Ironizo? ¿Pongo línea de diálogo? ¿Agrego algún otro paréntesis innecesario? ¿Hablo en presente? Es muy patético estar haciendo esto. ¿De qué te reís?

  • Perdona.
  • No, dale. Por lo menos decime de qué te reís.
  • Estabas desesperado por escribir, sigues desesperado... Pero no tienes nada que contar.
  • Ah muchas gracias. Cambiando de tema. ¿Y los otros cuatro de tu mesa?.
  • ¿Decoración? ¿Escenografía?. ¡Pero yo que sé! Ríete hombre...
  • Un papelón. Y vos no me estás ayudando. “Escenografía”

Se acercó una camarera a ofrecernos algo para tomar en una interrupción fuera de ritmo pero agradable. Sin dudas el primer ron me lo había zampado sin darme cuenta. Así que pido por pedir, ya que el cuento está arruinado, pido en presente y ella se suma con una cerveza. Respiro un dios mío apenas la camarera se va sonriente y le pregunto a la piba:

  • ¿Y vos qué sos? Una musa, medio mala leche. ¿Algo de eso?
  • Bueno, ahora yo digo el “supongamos”. Porque supongo que la idea era que yo hubiese leído tu libro y que haya sido el personaje de alguno de los cuentos. No lo sé.
  • Eso está claro, pero no existe tal libro. O sea que la cagada empezó cuando me leíste el pensamiento, ahí con los otros cuatro patanes innecesarios.
  • “No hay libro”, no hay caso contigo, no estás para escribir. Podías limpiar la casa, prepararte un licuado, retomar la lectura, no lo sé... ¿Cómo sería una musa mala leche?
  • No tiene importancia.
  • Si tu lo dices.
  • El problema empezó ahí en tu mesa, si me dejaban a algún lado iba a llegar.
  • ¡Pero si estabas con toda la cara de pasmado sin saber qué decir! Yo creo que deberías haberme retenido en esta mesa cuando vine a presentarme.
  • Qué decís. Era imposible mantener viva esa charla.
  • “¡Qué decís!”, me haces gracia... ¿Y esta charla?
  • Así que a los otros cuatro de la mesa no los conocés...
  • Venga, definitivamente no hay caso contigo, no podemos pasarnos la noche así, unas veces se escribe y otras no. Al menos intenta dedicarme unas palabrillas, anda.
Sonrío como suspirando a la inevitabilidad y me dejo ser. 

Está bien, pero quiero aclarar que es complicado romper una pared con un ramo de flores, poner primera e ir a de inmediato a ochenta por hora... Aunque note que me observa cariñosa, aunque mi sonrisa acompañe la complicidad, esa en que yo recibo mi Ron-Tonic y ella su cerveza, silenciosos ante una nueva camarera que no puede dilucidar, ni remotamente, el lío en el que estamos metidos. Pero yo no puedo seguir sin dirigirme a vos, pi-bi-ta, esto tiene que convertirse en una pequeña poesía, con el cuento arruinado, pisoteado... Y vos te llenás de dientes felices porque no me resigno a borrarte, a dejarte inconclusa en una carpeta que ya sabe de sobra que no voy a poder escribir un libro. Y bajás la cabeza en agradecimiento, con un cliché castaño claro rebotando contra el ojo derecho, para hacerte después toda sonrisa hacia la izquierda, quizás por la última imagen, ¡hay que ver el coraje que me da eso!, entonces hago serpentear mi mano boca arriba hacia el meollo de la mesa para que la tuya llegue a la mía y se apoye, como un candado blando y húmedo. No fue un momento romántico, lo sabés o lo sabemos. Fue amigable, casi inmaterial... Te hacés musa de a poco porque has bancado este texto como una campeona, ¡mala leche las pelotas!, porque pestañeando despacio, y agregando una fuercita, estás apretando mi mano como una batería de auto nueva.

Pongo párrafo aparte porque necesito respirar, nada más que por eso, mientras vos tomás cerveza como un pescado chiquito, no sé si para ayudar a mi ternura o porque no tenés sed, ni vos sabés bien, así llevás los hombros arriba porque a fin de cuentas qué importa, dos y tres sorbitos de cerveza con la mirada entrecerrada, atenta. Me tartamudean los dedos porque no quiero arruinar el final de esta idea, tan completa y a la vez sin que se sepa cómo sos físicamente, porque no ha sido una descripción si tengo que ser sincero, ni va a serlo... Pero tu mano no se ha movido de arriba de la mía, con ese apretón como aliento irrefutable de una musa hecha y derecha. Entonces porque no apretar yo también un poquito, si en un cuento insalvable, de una calidad ausente, en un cuento donde ahora entiendo que todo lo que no se trate de estas manos agarradas está de más, por qué no apretar si me siento contento, como si de golpe pudieses golpear a una puerta, a una de madera y de verdad, como si tu voz pudiese encontrar un tono al decirme tu nombre, el que sea. Te asoma la emoción en unas lágrimas modestas, que no caen pero que dan brillo, como en un límite sensato a la cursilería. Estoy contento, coqueteando con estar triste, con la confusión de la esperanza infundada.

  • Ay ay muchacho...

Gracias por quedarte.

  • Gracias a ti por hacerme querer ser cierta.

Y nos quedamos un rato largo con las manos agarradas. Y en ese tiempo pasó el mundo a los tumbos, hasta que se cansó de dar vueltas.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Barlatay

Barlatay no baila. Barlatay casi nunca bailó, y de haberlo hecho alguna que otra vez sólo es posible imaginarlo a solas:

Leves movimientos de cabeza al volante de su Ford, debidos éstos a un sorpresivo “error” en la radio (no así bajo la predeterminación de un Cd). Algunos pasos de baile (realizados al margen de su estado consciente) ante alguna canción inevitable como Jijiji o White Trash, o por algún ritmo que le trajera recuerdos sensoriales como la canción que solicita el personaje de Nicolas Cage en “Gone in 60 seconds”... The song Donnie. Donnie... The song.

A Barlatay, no obstante, le gustan los bares. Bares en los que la música suena mientras él bebe whisky con agua... Agua que las primeras veces se paga y que luego los bartenders suelen convidarle. También están los bartenders nuevos, en los bares de siempre, y son los bartenders con mayor antigüedad los que se encargan de explicar el favor que hay que hacerle a Barlatay. Quizás por eso suele reincidir en los mismos bares, y ansía (con verdadera ansiedad), que los miembros del staff no quieran cambiar su extenuante trabajo nocturno por algo mejor.

La música, esa que siempre suena en este tipo de bares, comienza a un volumen razonable cuando Barlatay se sienta en alguna banqueta de las barras laterales. No le gusta ni más ni menos que la que sonará estruendosa cuando las inhibiciones vayan mermando, aunque se siente más cómodo al principio porque esa música más bien quiere pasar desapercibida, es música de bar-temprano, además a esas horas él se siente a las anchas en la barra que ocupa, sin que le llenen el cenicero con restos de bombillas plásticas masticadas, chicles, cáscaras de un limón que disfrazó la dureza de un tequila, papeles plateados de paquetes de cigarrillos o cualquier cosa que no sea ceniza o colilla. Su vaso va y viene, al lado el cenicero, es temprano, entonces quizás no sea sólo la calidad o los decibeles de la música. Quizás sea el conjunto. Aunque los “éxitos” no le gustan ni fuertes ni inaudibles, tampoco la gente que se mueve mucho, ni los que son más felices cuando beben, o al menos los que siempre son más felices cuando beben. Entonces cuando le cuesta más trabajo volver a la barra, cuando demoran más en atenderlo, cuando la música de moda está tan alta... Quizás el disgusto también se trate de un “conjunto”.

Pero a Barlatay le gusta la gente (quizás no tanta gente), disfruta de la noche en esa oscura mezcla de soledad y de compañía. Barlatay necesita ver a las chicas pasearse con sus perfumes, con sus pelos imposiblemente brillantes, con sus pieles satinadas. Además no quiere adentrarse en un bar con tragaperras, de luces fluorescentes, donde todos sean como él pero más viejos, en esos bares donde nadie le preguntaría por qué toma whisky con agua, porque a nadie le importaría un carajo, ni eso ni el resto de la existencia.

Siempre (o casi siempre, que los siempres son de superhéroe) que Barlatay iba oyendo la música que bien correspondía a la medianoche, a la una de la madrugada, o a las dos, recordaba los bares donde quizás pudiesen poner esa música que trasciende, que lo haría querer moverse y hasta pedalear alguno de los pies en el fierrito de su butaca. Pero ahora Barlatay está lejos de la Argentina, en un lugar sin demasiada importancia, al menos en lo que respecta a este relato. Porque incluso para él, en cualquier lugar fuera de su patria le sería privado el placer de una canción que lo saque de la costumbre auditiva. Porque tampoco las canciones extranjeras que podrían distraerlo cuelan en la lista de ningún “picnhadiscos”, esos muchachos que con medio auricular en su cabeza (siempre una oreja la dejan libre), dejan salir cosas al aire, según el propio Barlatay, muy electrónicas y todavía más feas.

Las rutinas para Barlatay son relativas, aunque se lo vea esquinado en una barra seis días seguidos, él siempre reconoce las pequeñas diferencias que pueden influir en una noche. Entonces si puede girarse en su butaca hacia las mesas para dar una mirada rauda sobre los acontecimientos, o si puede trasladarse con cierta ligereza hacia la barra o hacia el baño, o si el contacto físico con extraños no es constante... Entonces ya no es, por ejemplo, un sábado más.

Asimismo si puede observar los bailes de las chicas sin que los constantes traslados de los descontentos le obstruyan la visión, y si puede disfrutar porque ellas disfrutan, tanto porque las dejan bailar en paz sin asedio, o porque tienen el espacio que precisan para desenvolverse... Entonces ya puede ser un buen sábado.

Porque no quiere estar absolutamente solo en los bares que frecuenta, ni llega a creer que un fin de semana los hombres puedan abstenerse de salir y de beber en movimiento. Tampoco espera que bajen la música ni que los bartenders firmen un contrato perenne con esos jefes insensibles, pero sabe disfrutar las casualidades que permiten espacio entre persona y persona, más chicas que chicos, pocos acercamientos indeseados que abrazan y que brindan... Incluso en un buen sábado puede haber una chica que lo observe para memorizarlo, y quizás hasta llegue a hablarle en otro momento, en la cola del supermercado, atrapados en un ascensor, encerrados en una bóveda. Barlatay pensaba en esas cosas ridículas entre su ensimismamiento y movía la cabeza, sonriendo, dejando entrar un buen sorbo de whisky en la boca. Se reía porque ya no se aborrece, eso fue hace tiempo, cuando no le daba lo mismo atrincherarse en bares, aunque lo hubiese querido, y eso que antes estaba en un lugar más anónimo. Qué habría hecho en esta isla en aquella época, se preguntaba Barlatay masticando un cubo de hielo, mientras redireccionaba su mirada hacia la chica que parecía estar fichándolo de nuevo.

No era la primera vez que lo miraban, que Barlatay es un tipo tan pintón como temerario, quizás por eso su actitud huraña tenía cierta aceptación. La sociedad adopta borrachos lúgubres y rutinarios si son buenos mozos, si lucen mal llaman a seguridad para que los saquen, o al menos para que los vigilen de cerca.

Barlatay, en ese sábado que no era un sábado más, viró en su butaca para no contornear otra vez, para girar entero. Y el bar estaba concurrido pero no atiborrado, sintió un placer casi enfermizo al no chocar sus rodillas en su radio de movimiento. No planeó quedarse mucho tiempo viendo a la chica, la cual no lo miraba en ese preciso instante, sino que bailaba bastante enajenada una canción que él reconoció por haberla escuchado antes, pero que no registraba realmente. No le gustaba lo que hacía, darse vuelta para galantear a sabiendas de que no iba a dar un paso más. Barlatay retornó a su posición anterior, dio un trago más largo que lo habitual a su whisky y lo vació (esto lo supo por el tamaño de los hielos chocando contra sus dientes). Armó un cigarrillo, pero antes de prenderlo decidió ir a rellenar el vaso. Titubeó. ¿Cuántos llevaba? ¿No aprendió todavía que por más whisky que beba no va a hablar con una chica que baila?.

Porque si el guapo Barlatay era observado por una chica taciturna desde algún punto del bar, (y tal vez extraviada), quizás había una chance. No porque fuera a acercarse, todo lo contrario, porque podrían acercarse a pedirle fuego a él, a preguntarle algo como qué tipo de hombre se sienta solo a beber whisky, sobándole la espalda, hablándole cerca. Barlatay recuperaba la calma y se reía por esas veces (que sin estas exageraciones), algo similar llamó a su puerta. Chicas que le hablaron, en situaciones que él pudo, mal o bien, manejar con la máxima naturalidad que le fue provista.

Ya no cabía duda, la chica le daba lo mismo, decidió arrebatado más whisky con agua. Apretó las muelas, porque la mayoría de las veces que tenía que salir de su zona de confort apretaba las muelas, y fue hacia la barra.

Como de costumbre no habló con los bartenders, simplemente esperó a que alguno de los dos lo observe para hacerle un gesto (el cual casi siempre incluía una sonrisa... Que tampoco es Tony Montana). Con sus ojos atentos en los cuatro ojos de los muchachos, y procurando que la torpeza de los que se avalanchaban con los billetes apretados contra esa madera que parecían fornicar no lo perturbasen más allá de lo soportable, Barlatay mantenía cauta la paciencia. Quizás lo que lo fastidió un poco más, al menos esa vez, fue la determinación de esas personas en un sábado que, como bien sabía él, el bar no estaba rebalsado.

Dio un paso hacia la derecha para dejar que los muchachos consigan de una vez por todas sus tragos. Al ver que las bebidas eran de colores (una azulada, las otras dos rozando el rojo), Barlatay entrecerró los ojos y carajeó. Pero unas caderas inoportunas repitieron el carajeo desde abajo, dándole después un pequeño golpecito.

Barlatay nunca va a saber si el hecho de que el bartender le haya acercado su whisky con agua casi de memoria, entre los brazos lunáticos de la muchedumbre, fue perjudicial o intrascendente (se sorprendió, quizás en algún momento había sido visto por la sagacidad del obrero de barra sin que él lo haya percibido). Y apenas si había gesticulado ante el golpecito de la muchacha cuando tuvo que pagar, esperar el vuelto, agradecer... Ya en ese momento la chica estaba acodada de puntillas pidiendo su trago, que acabaría siendo una cerveza en botella. Barlatay, amotinado, decidió volver rápido a su guarida.

Quizás crean que es injusto que traiga a cuenta lo siguiente. Justo en este momento del relato, justo ahora... Pero a diferencia del lugar de los hechos, a mi entender esto puede sumar a nivel narrativo. Porque si fuesen ustedes Barlatay, un tanto incómodos con la situación de esta chica mostrando un leve gesto de interés hacia ustedes, y quisieran volver a su banqueta en la barra lateral del bar, a la tercera de adelante hacia atrás para ser más precisos, y notasen que hay un grupo de seis personas obstruyendo el lugar, como arrinconando a la banqueta para hacerle bullying, y casi de inmediato vieran que una de las chicas de ese grupete se abalanza casi desmayada en esa, su banqueta... Y no pudiesen sacarlos o pedirles permiso porque a más de un chico, si fueran Barlatay, lo habrían sacado pitando, y más de una vez. Pero a una chica que además está rodeada de cinco hamsters exacerbados, y muy felices... Si ustedes fuesen Barlatay, dudarían.

Entonces él tuvo que quedarse de pie cerca de las escaleras, una de las peores cosas que solían sucederle en el bar. Sentía que estar de pie evidencia querer estar de pie, padecía no poder darle la espalda a todo desde esa altura, desde esa libertad de 360 grados, odiaba no poder adentrarse en la madera que sostiene su vaso, no poder sonreír entre las cavilaciones surreales de chicas que no existen (o que existen pero que no harían jamás eso que imagina). Barlatay carajeó de nuevo y de reojo fue con la vista hacia el lugar que tan vilmente le habían usurpado. Por lo general, en situaciones similares, bajaría las escaleras con el vaso, se lo zamparía de un tirón en la puerta de salida, subiría otra vez, se cercioraría de su desgracia... y, o bien se iría a casa, o bien sacaría a los intrusos con su metro noventa y cinco y su áspero semblante.

Barlatay sintió su cuello enrojecido, debía buscar los motivos. La chica seguía bailando, con la cerveza casi llena, el líquido uluante apenas abajo de la parte más ancha de la botella, bailaba y con sutileza lo miraba, hacía en ese momento el paso que eleva las manos alternadamente, algo parecido a John Travolta en “Pulp Fiction” mezclado con el encerar/pulir de Daniel-San (pero con más gracia). Lo miraba, bailaba sobria, o con la elegancia de la sobriedad... Y lo miraba. Barlatay quería saber que lo mejor era tomarse el trago rápido e irse de ahí, pero no lo sabía, y mantenía una lucha interna con su mano, con su boca sedienta y con ese cuerpo de más que no sabe por qué sobra. Hacía lo imposible porque la chica no notara que la veía bailar. Bailaba entera, la blusa blanca que transparentaba un híbrido entre corpiño y musculosa también bailaba. Los anillos bailaban en la mano muy abierta, a la altura de los muslos, como temblando. Bailaba su maldito pelo, padecía Barlatay, desorbitado pero consecuente, bailaba con su cabeza atrasada hasta una sensual corvatura. Y lo volvía a mirar. Bailaban sus muslos arrodillados, minifaldados, bailaba después haciendo alharaca con las dos amigas de turno, riendo todas de una torpeza sexy, sabiendo todas ellas que la torpeza es otra cosa, y Barlatay sintió aún más el ridículo en sus apretadas muelas.

Salió como de un trance, puso una cara acorde y fue hasta el lugar donde aún permanecían la chica y los cinco pigmeos. Fue hacia donde estaba su banqueta.

Sólo dijo “sacala”, cabeceando hacia la intrusa, lo dijo a la argentina, con acento en la segunda “a”, sin importarle si eran eslovenos o peruanos, lo dijo sin violencia pero con una dicción bastante perturbadora... Y todos, los cuatro chicos y la chica, dejaron de reírse y miraron hacia la banqueta de la sexta integrante de la banda. “Yo me voy a sentar ahí” agregó, y la chica de a poco alzó la cabeza, con la cara desfigurada, un tanto indecente. Los cinco la sacaron sin decir nada, en una mezcla de pavor y de desconcierto. Barlatay se sintió un poco culpable, quizás esperaba que le exijan una explicación, de esa manera hubiese sonado más sensata la demanda, porque él había pasado ahí toda la noche, ¿acaso ninguno de los seis lo había notado?, “pendejos del orto”, se dijo, lastimando a la culpa de un whiskazo.

Ya entraban las 3 de la mañana, Barlatay resopló el mal momento y se dispuso a armar otro cigarrillo, luego se alumbró la cara, acercó el tabaco y lo caló bien fuerte, acto seguido giró la cabeza hacia el sitio donde seguían bailando las muchachas, incluída “esa” muchacha. Sintió bajar su propio ceño iracundo en la mirada, que esa vez duró un par de segundos más que todas las miradas tartamudas del resto de la noche. Vio como la muchacha que seguía revoloteando perdía la sonrisa, hasta el punto de desaparecer casi por completo. Después ubicó la mirada en las otras dos, se alternaba entre una y otra, hasta que ninguna de las tres casi sonreía. Se aseguró la ausencia total de gracia, rehizo el giro y caló de vuelta hasta el fondo de sus pulmones, tiró el humo y acabó el whisky de dos largos tragos.

Pasó un rato más entre tres cigarrillos, el cenicero no estaba tan mal después de toda una noche, en el ínterin fue hasta la barra una vez más con su mirada casi hacia adentro. Luego de un tiempo tan indeterminado como agradable, se paró y fue hasta la salida, sentía adecuada la hora de volver a casa. Las chicas ya no estaban detrás de él, en algún momento se habían ido del bar, pero Barlatay no había vuelto a mirarlas, y como tampoco giró la cabeza en ese efímero camino hacia el primer escalón, no se dio cuenta si estaban o no, pero no lo calculó, incluso está de más decir que le dio lo mismo. A mitad de las escaleras, ebrio en su burbuja, y francamente sin seguir una línea de pensamiento, tarareó la versión de “El baile oficial” que solían dedicarle sus amigos: “La policía - no baila, gobernador - no baila, mi profesor - no baila... y Barlatay... no baila!”.