lunes, 7 de marzo de 2016

Siempre la misma historia

Supongamos que estoy sentado en un bar, o en la mesa de un bar... O que si fuese un mejor escritor podría decir que estoy sentado en una silla, a unos treinta centímetros de la mesa que acompaña dicha silla de dicho bar. Madre mía. Supongamos que si verdaderamente fuese un mejor escritor jugaría con una destreza no repetitiva. O que si realmente fuese un mejor escritor obviaría este tipo de párrafos.

En fin, a este bar llegué solo, son las diez de la noche y muchos de los turistas todavía se entretienen limpiando los langostinos de sus paellas. He pedido un ron con hielo, rodaja hipócrita de limón y agua tónica. No tomo Gin-Tonic por una cuestión de principios, y el Ron-Tonic per se no existe, pero por otro lado existe... y por eso lo prefiero.

Noto que estoy fumando de más por la ansiedad, no siempre fumo tanto pero casi siempre estoy ansioso. Al levantar la cabeza veo mesas ocupadas, no percibo en el paneo una gran muchedumbre pero mi cerebro les da la “malvenida”. A todos. Luego calo el cigarrillo y arrastro la colilla por todo el cenicero.

Supongamos que en el medio de mi incursión al cenicero puedo oír el fatídico ruido de una silla que se arrastra. Peor, porque el ruido de una silla que se arrastra es inaudible en un bar con la música a unos 86 decibeles, por lo cual, lo que detecto es la vibración fatídica de una silla que se arrastra. Eso sólo puede significar una cosa: Que se están sentando en tu mesa (y yo que vuelvo al mismo dilema mesa/silla/mal escritor... o yo que vuelvo al primer párrafo).

Una piba... Linda. Y escribo “piba”... Porque sí.

No me mira pero sonríe, no es una sonrisa agradable, me incomoda porque da la sensación de que sonríe para una foto carnet.

Lo primero que dice es que leyó mi libro. Absolutamente quieta, dice que leyó mi libro.

  • ¿Qué libro?
  • Eres Fabián, ¿no?
  • Sí, pero no he escrito ningún libro.
  • ¿Y eso?
  • He escrito cosas, pero no he publicado nada... ¿Vos quién sos?

Y pone cara de que yo soy un loco, enfermo, o psicópata, o esquizofrénico, y yo que ciertamente no he escrito ningún libro, pero que escribo... Yo que no la conozco y ella que se sentó de sopetón diciendo conocerme... ¿Qué cara habré puesto para que me haya mirado así?

  • Eh, esto es bastante estúpido. Y de mal gusto, porque aunque no sepa quién te manda o quién sos, y aún pensando que es un amigo mío el que te mandó, vos no deberías prestarte a estas cosas.

Relojeo por todo el bar, busco el cuchicheo cómplice, la maldad imberbe arrinconada a las carcajadas. Busco atentamente cuando la piba me interrumpe.

  • Eres un poco maleducado, ¿no te parece?
  • ¿Yo maleducado? Pero vos qué onda loca...

(“Vos qué onda loca” descripción gráfica: Con el pulgar, el índice y el dedo del medio unidos arriba, agarrando un palillo chino imaginario, subiendo y bajando. Argentinadas, como llamarla “piba”).

Y vuelvo a buscar a sus colegas de broma, me paro en cada gesto y en cada cara perceptible, cuando ya todo el bar parece saber que quiero haber escrito ese libro, ese del que esta chica parece agarrarse para arruinarme la noche...

  • Eres un borde.

Se pone de pie resoplando con los ojos y se va hacia su mesa. Sigo su destino por deducción y noto que en esa mesa no se ríe nadie, que de hecho parecían estar conversando de otra cosa, o al menos que no parecían ser parte de ningún chiste. Eso sumado al elemental hecho de que no los había visto antes en mi vida. La piba llega y en pocas palabras, casi podría decir que en menos de diez, les explica algo que ellos reciben sorprendidos al principio, y de mala manera inmediatamente; miran hacia donde estoy yo, ella apenas si señala con el mentón, y todos vuelven a su mesa y a sus cosas. Punto.

Entonces supongamos que debería empezar a escribir ahora en pasado. Porque para ponerme de pie, atravesar todo el bar con la vergüenza inexplicable de lo sucedido, para tomar aire bajando la cabeza y para pedir permiso a gente que hace que la distancia se extienda... Para eso tengo que hacerme el anecdótico. Como si ya hubiese pasado.

  • Perdoname, recién no sé... Hay algo raro, en serio, yo no he escrito ningún libro, pero por una cuestión de que no califico para escribir.

Sí. Eso dije.

Y toda la mesa me miraba y la miraba, dos se apretaban el labio de abajo con los dientes de arriba, en Argentina ese gesto podría describirse como el de alguien que ha dicho un “bolazo”. Pero ella dijo que yo era un “borde”, y eso es más español que un torero abrazando a Paco de Lucía. (Otra argentinada, ¿para qué juego con el bolazo?). Yo transmitía el mismo miedo que transmito a través de este párrafo. Lleno de puntos seguidos. Como goteando. Pero esa incomodidad no era tan infundada, estaba pidiendo disculpas por la actitud, pero pudo parecer que quizás yo había escrito un libro que esta piba había leído. Y no había escrito ningún libro, ni he escrito un libro. Inlibro. Deslibrado.

  • Ya. No te preocupes.

Fue tan evidente que estaba quedando como un idiota. Tanto que ya no me podía ir, estaba clavado frente a cinco extraños, medio en silencio medio balbuceando, casi seguro de que no podía empeorar la situación. Y lo ideal era que la piba dijese que volviéramos a mi mesa a conversar de lo que había sucedido. Ideal e imposible; me miraban esperando a que me vaya, pero no me iba a ir. Si me iba acrecentaba la vergüenza pero a mis espaldas. Iban a hablar de mi idiotez mientras trataba de llegar a mi mesa. Mejor quedarse a escucharlo todo, a verlo...

  • Oye... ya está bien. Si sólo quería decirte que me había gustado un cuento.
  • ¿Ya está bien de qué?

Y se miraron todos, los cinco, haciendo orgía de ojos.

  • Que no hace falta que expliques tanto. Ya está.
  • No he dicho nada.

Estaba clarísimo, no había dicho nada.

Me debo haber puesto tan amarillo, quizás hasta me bajó la presión, porque ella se paró casi de golpe y me llevó hasta la mesa, pidiendo permiso como si estuviese orientando a un viejito borracho y deprimido. En el camino le pregunté si había pensado en voz alta, pero no me contestó.

  • Ya no supongamos nada.
  • No entiendo.
  • Que no digas: supongamos que estoy bla bla bla. Sigue aquí conmigo.
  • Si hablé en voz alta recién me debería haber dado cuenta. ¿Estás adentro de mi cabeza? Me estoy volviendo loco.

No hombre, si no hace falta. Mira... Yo ahora estoy como voz en off de tu cuento, aunque por otro lado te lo estoy diciendo. Sin línea de diálogo, con línea de diálogo, metida en tu cabezota como una bala. ¿Lo ves?

Bajo esta premisa absurda, ¿yo que hago ahora? ¿Ironizo? ¿Pongo línea de diálogo? ¿Agrego algún otro paréntesis innecesario? ¿Hablo en presente? Es muy patético estar haciendo esto. ¿De qué te reís?

  • Perdona.
  • No, dale. Por lo menos decime de qué te reís.
  • Estabas desesperado por escribir, sigues desesperado... Pero no tienes nada que contar.
  • Ah muchas gracias. Cambiando de tema. ¿Y los otros cuatro de tu mesa?.
  • ¿Decoración? ¿Escenografía?. ¡Pero yo que sé! Ríete hombre...
  • Un papelón. Y vos no me estás ayudando. “Escenografía”

Se acercó una camarera a ofrecernos algo para tomar en una interrupción fuera de ritmo pero agradable. Sin dudas el primer ron me lo había zampado sin darme cuenta. Así que pido por pedir, ya que el cuento está arruinado, pido en presente y ella se suma con una cerveza. Respiro un dios mío apenas la camarera se va sonriente y le pregunto a la piba:

  • ¿Y vos qué sos? Una musa, medio mala leche. ¿Algo de eso?
  • Bueno, ahora yo digo el “supongamos”. Porque supongo que la idea era que yo hubiese leído tu libro y que haya sido el personaje de alguno de los cuentos. No lo sé.
  • Eso está claro, pero no existe tal libro. O sea que la cagada empezó cuando me leíste el pensamiento, ahí con los otros cuatro patanes innecesarios.
  • “No hay libro”, no hay caso contigo, no estás para escribir. Podías limpiar la casa, prepararte un licuado, retomar la lectura, no lo sé... ¿Cómo sería una musa mala leche?
  • No tiene importancia.
  • Si tu lo dices.
  • El problema empezó ahí en tu mesa, si me dejaban a algún lado iba a llegar.
  • ¡Pero si estabas con toda la cara de pasmado sin saber qué decir! Yo creo que deberías haberme retenido en esta mesa cuando vine a presentarme.
  • Qué decís. Era imposible mantener viva esa charla.
  • “¡Qué decís!”, me haces gracia... ¿Y esta charla?
  • Así que a los otros cuatro de la mesa no los conocés...
  • Venga, definitivamente no hay caso contigo, no podemos pasarnos la noche así, unas veces se escribe y otras no. Al menos intenta dedicarme unas palabrillas, anda.
Sonrío como suspirando a la inevitabilidad y me dejo ser. 

Está bien, pero quiero aclarar que es complicado romper una pared con un ramo de flores, poner primera e ir a de inmediato a ochenta por hora... Aunque note que me observa cariñosa, aunque mi sonrisa acompañe la complicidad, esa en que yo recibo mi Ron-Tonic y ella su cerveza, silenciosos ante una nueva camarera que no puede dilucidar, ni remotamente, el lío en el que estamos metidos. Pero yo no puedo seguir sin dirigirme a vos, pi-bi-ta, esto tiene que convertirse en una pequeña poesía, con el cuento arruinado, pisoteado... Y vos te llenás de dientes felices porque no me resigno a borrarte, a dejarte inconclusa en una carpeta que ya sabe de sobra que no voy a poder escribir un libro. Y bajás la cabeza en agradecimiento, con un cliché castaño claro rebotando contra el ojo derecho, para hacerte después toda sonrisa hacia la izquierda, quizás por la última imagen, ¡hay que ver el coraje que me da eso!, entonces hago serpentear mi mano boca arriba hacia el meollo de la mesa para que la tuya llegue a la mía y se apoye, como un candado blando y húmedo. No fue un momento romántico, lo sabés o lo sabemos. Fue amigable, casi inmaterial... Te hacés musa de a poco porque has bancado este texto como una campeona, ¡mala leche las pelotas!, porque pestañeando despacio, y agregando una fuercita, estás apretando mi mano como una batería de auto nueva.

Pongo párrafo aparte porque necesito respirar, nada más que por eso, mientras vos tomás cerveza como un pescado chiquito, no sé si para ayudar a mi ternura o porque no tenés sed, ni vos sabés bien, así llevás los hombros arriba porque a fin de cuentas qué importa, dos y tres sorbitos de cerveza con la mirada entrecerrada, atenta. Me tartamudean los dedos porque no quiero arruinar el final de esta idea, tan completa y a la vez sin que se sepa cómo sos físicamente, porque no ha sido una descripción si tengo que ser sincero, ni va a serlo... Pero tu mano no se ha movido de arriba de la mía, con ese apretón como aliento irrefutable de una musa hecha y derecha. Entonces porque no apretar yo también un poquito, si en un cuento insalvable, de una calidad ausente, en un cuento donde ahora entiendo que todo lo que no se trate de estas manos agarradas está de más, por qué no apretar si me siento contento, como si de golpe pudieses golpear a una puerta, a una de madera y de verdad, como si tu voz pudiese encontrar un tono al decirme tu nombre, el que sea. Te asoma la emoción en unas lágrimas modestas, que no caen pero que dan brillo, como en un límite sensato a la cursilería. Estoy contento, coqueteando con estar triste, con la confusión de la esperanza infundada.

  • Ay ay muchacho...

Gracias por quedarte.

  • Gracias a ti por hacerme querer ser cierta.

Y nos quedamos un rato largo con las manos agarradas. Y en ese tiempo pasó el mundo a los tumbos, hasta que se cansó de dar vueltas.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Barlatay

Barlatay no baila. Barlatay casi nunca bailó, y de haberlo hecho alguna que otra vez sólo es posible imaginarlo a solas:

Leves movimientos de cabeza al volante de su Ford, debidos éstos a un sorpresivo “error” en la radio (no así bajo la predeterminación de un Cd). Algunos pasos de baile (realizados al margen de su estado consciente) ante alguna canción inevitable como Jijiji o White Trash, o por algún ritmo que le trajera recuerdos sensoriales como la canción que solicita el personaje de Nicolas Cage en “Gone in 60 seconds”... The song Donnie. Donnie... The song.

A Barlatay, no obstante, le gustan los bares. Bares en los que la música suena mientras él bebe whisky con agua... Agua que las primeras veces se paga y que luego los bartenders suelen convidarle. También están los bartenders nuevos, en los bares de siempre, y son los bartenders con mayor antigüedad los que se encargan de explicar el favor que hay que hacerle a Barlatay. Quizás por eso suele reincidir en los mismos bares, y ansía (con verdadera ansiedad), que los miembros del staff no quieran cambiar su extenuante trabajo nocturno por algo mejor.

La música, esa que siempre suena en este tipo de bares, comienza a un volumen razonable cuando Barlatay se sienta en alguna banqueta de las barras laterales. No le gusta ni más ni menos que la que sonará estruendosa cuando las inhibiciones vayan mermando, aunque se siente más cómodo al principio porque esa música más bien quiere pasar desapercibida, es música de bar-temprano, además a esas horas él se siente a las anchas en la barra que ocupa, sin que le llenen el cenicero con restos de bombillas plásticas masticadas, chicles, cáscaras de un limón que disfrazó la dureza de un tequila, papeles plateados de paquetes de cigarrillos o cualquier cosa que no sea ceniza o colilla. Su vaso va y viene, al lado el cenicero, es temprano, entonces quizás no sea sólo la calidad o los decibeles de la música. Quizás sea el conjunto. Aunque los “éxitos” no le gustan ni fuertes ni inaudibles, tampoco la gente que se mueve mucho, ni los que son más felices cuando beben, o al menos los que siempre son más felices cuando beben. Entonces cuando le cuesta más trabajo volver a la barra, cuando demoran más en atenderlo, cuando la música de moda está tan alta... Quizás el disgusto también se trate de un “conjunto”.

Pero a Barlatay le gusta la gente (quizás no tanta gente), disfruta de la noche en esa oscura mezcla de soledad y de compañía. Barlatay necesita ver a las chicas pasearse con sus perfumes, con sus pelos imposiblemente brillantes, con sus pieles satinadas. Además no quiere adentrarse en un bar con tragaperras, de luces fluorescentes, donde todos sean como él pero más viejos, en esos bares donde nadie le preguntaría por qué toma whisky con agua, porque a nadie le importaría un carajo, ni eso ni el resto de la existencia.

Siempre (o casi siempre, que los siempres son de superhéroe) que Barlatay iba oyendo la música que bien correspondía a la medianoche, a la una de la madrugada, o a las dos, recordaba los bares donde quizás pudiesen poner esa música que trasciende, que lo haría querer moverse y hasta pedalear alguno de los pies en el fierrito de su butaca. Pero ahora Barlatay está lejos de la Argentina, en un lugar sin demasiada importancia, al menos en lo que respecta a este relato. Porque incluso para él, en cualquier lugar fuera de su patria le sería privado el placer de una canción que lo saque de la costumbre auditiva. Porque tampoco las canciones extranjeras que podrían distraerlo cuelan en la lista de ningún “picnhadiscos”, esos muchachos que con medio auricular en su cabeza (siempre una oreja la dejan libre), dejan salir cosas al aire, según el propio Barlatay, muy electrónicas y todavía más feas.

Las rutinas para Barlatay son relativas, aunque se lo vea esquinado en una barra seis días seguidos, él siempre reconoce las pequeñas diferencias que pueden influir en una noche. Entonces si puede girarse en su butaca hacia las mesas para dar una mirada rauda sobre los acontecimientos, o si puede trasladarse con cierta ligereza hacia la barra o hacia el baño, o si el contacto físico con extraños no es constante... Entonces ya no es, por ejemplo, un sábado más.

Asimismo si puede observar los bailes de las chicas sin que los constantes traslados de los descontentos le obstruyan la visión, y si puede disfrutar porque ellas disfrutan, tanto porque las dejan bailar en paz sin asedio, o porque tienen el espacio que precisan para desenvolverse... Entonces ya puede ser un buen sábado.

Porque no quiere estar absolutamente solo en los bares que frecuenta, ni llega a creer que un fin de semana los hombres puedan abstenerse de salir y de beber en movimiento. Tampoco espera que bajen la música ni que los bartenders firmen un contrato perenne con esos jefes insensibles, pero sabe disfrutar las casualidades que permiten espacio entre persona y persona, más chicas que chicos, pocos acercamientos indeseados que abrazan y que brindan... Incluso en un buen sábado puede haber una chica que lo observe para memorizarlo, y quizás hasta llegue a hablarle en otro momento, en la cola del supermercado, atrapados en un ascensor, encerrados en una bóveda. Barlatay pensaba en esas cosas ridículas entre su ensimismamiento y movía la cabeza, sonriendo, dejando entrar un buen sorbo de whisky en la boca. Se reía porque ya no se aborrece, eso fue hace tiempo, cuando no le daba lo mismo atrincherarse en bares, aunque lo hubiese querido, y eso que antes estaba en un lugar más anónimo. Qué habría hecho en esta isla en aquella época, se preguntaba Barlatay masticando un cubo de hielo, mientras redireccionaba su mirada hacia la chica que parecía estar fichándolo de nuevo.

No era la primera vez que lo miraban, que Barlatay es un tipo tan pintón como temerario, quizás por eso su actitud huraña tenía cierta aceptación. La sociedad adopta borrachos lúgubres y rutinarios si son buenos mozos, si lucen mal llaman a seguridad para que los saquen, o al menos para que los vigilen de cerca.

Barlatay, en ese sábado que no era un sábado más, viró en su butaca para no contornear otra vez, para girar entero. Y el bar estaba concurrido pero no atiborrado, sintió un placer casi enfermizo al no chocar sus rodillas en su radio de movimiento. No planeó quedarse mucho tiempo viendo a la chica, la cual no lo miraba en ese preciso instante, sino que bailaba bastante enajenada una canción que él reconoció por haberla escuchado antes, pero que no registraba realmente. No le gustaba lo que hacía, darse vuelta para galantear a sabiendas de que no iba a dar un paso más. Barlatay retornó a su posición anterior, dio un trago más largo que lo habitual a su whisky y lo vació (esto lo supo por el tamaño de los hielos chocando contra sus dientes). Armó un cigarrillo, pero antes de prenderlo decidió ir a rellenar el vaso. Titubeó. ¿Cuántos llevaba? ¿No aprendió todavía que por más whisky que beba no va a hablar con una chica que baila?.

Porque si el guapo Barlatay era observado por una chica taciturna desde algún punto del bar, (y tal vez extraviada), quizás había una chance. No porque fuera a acercarse, todo lo contrario, porque podrían acercarse a pedirle fuego a él, a preguntarle algo como qué tipo de hombre se sienta solo a beber whisky, sobándole la espalda, hablándole cerca. Barlatay recuperaba la calma y se reía por esas veces (que sin estas exageraciones), algo similar llamó a su puerta. Chicas que le hablaron, en situaciones que él pudo, mal o bien, manejar con la máxima naturalidad que le fue provista.

Ya no cabía duda, la chica le daba lo mismo, decidió arrebatado más whisky con agua. Apretó las muelas, porque la mayoría de las veces que tenía que salir de su zona de confort apretaba las muelas, y fue hacia la barra.

Como de costumbre no habló con los bartenders, simplemente esperó a que alguno de los dos lo observe para hacerle un gesto (el cual casi siempre incluía una sonrisa... Que tampoco es Tony Montana). Con sus ojos atentos en los cuatro ojos de los muchachos, y procurando que la torpeza de los que se avalanchaban con los billetes apretados contra esa madera que parecían fornicar no lo perturbasen más allá de lo soportable, Barlatay mantenía cauta la paciencia. Quizás lo que lo fastidió un poco más, al menos esa vez, fue la determinación de esas personas en un sábado que, como bien sabía él, el bar no estaba rebalsado.

Dio un paso hacia la derecha para dejar que los muchachos consigan de una vez por todas sus tragos. Al ver que las bebidas eran de colores (una azulada, las otras dos rozando el rojo), Barlatay entrecerró los ojos y carajeó. Pero unas caderas inoportunas repitieron el carajeo desde abajo, dándole después un pequeño golpecito.

Barlatay nunca va a saber si el hecho de que el bartender le haya acercado su whisky con agua casi de memoria, entre los brazos lunáticos de la muchedumbre, fue perjudicial o intrascendente (se sorprendió, quizás en algún momento había sido visto por la sagacidad del obrero de barra sin que él lo haya percibido). Y apenas si había gesticulado ante el golpecito de la muchacha cuando tuvo que pagar, esperar el vuelto, agradecer... Ya en ese momento la chica estaba acodada de puntillas pidiendo su trago, que acabaría siendo una cerveza en botella. Barlatay, amotinado, decidió volver rápido a su guarida.

Quizás crean que es injusto que traiga a cuenta lo siguiente. Justo en este momento del relato, justo ahora... Pero a diferencia del lugar de los hechos, a mi entender esto puede sumar a nivel narrativo. Porque si fuesen ustedes Barlatay, un tanto incómodos con la situación de esta chica mostrando un leve gesto de interés hacia ustedes, y quisieran volver a su banqueta en la barra lateral del bar, a la tercera de adelante hacia atrás para ser más precisos, y notasen que hay un grupo de seis personas obstruyendo el lugar, como arrinconando a la banqueta para hacerle bullying, y casi de inmediato vieran que una de las chicas de ese grupete se abalanza casi desmayada en esa, su banqueta... Y no pudiesen sacarlos o pedirles permiso porque a más de un chico, si fueran Barlatay, lo habrían sacado pitando, y más de una vez. Pero a una chica que además está rodeada de cinco hamsters exacerbados, y muy felices... Si ustedes fuesen Barlatay, dudarían.

Entonces él tuvo que quedarse de pie cerca de las escaleras, una de las peores cosas que solían sucederle en el bar. Sentía que estar de pie evidencia querer estar de pie, padecía no poder darle la espalda a todo desde esa altura, desde esa libertad de 360 grados, odiaba no poder adentrarse en la madera que sostiene su vaso, no poder sonreír entre las cavilaciones surreales de chicas que no existen (o que existen pero que no harían jamás eso que imagina). Barlatay carajeó de nuevo y de reojo fue con la vista hacia el lugar que tan vilmente le habían usurpado. Por lo general, en situaciones similares, bajaría las escaleras con el vaso, se lo zamparía de un tirón en la puerta de salida, subiría otra vez, se cercioraría de su desgracia... y, o bien se iría a casa, o bien sacaría a los intrusos con su metro noventa y cinco y su áspero semblante.

Barlatay sintió su cuello enrojecido, debía buscar los motivos. La chica seguía bailando, con la cerveza casi llena, el líquido uluante apenas abajo de la parte más ancha de la botella, bailaba y con sutileza lo miraba, hacía en ese momento el paso que eleva las manos alternadamente, algo parecido a John Travolta en “Pulp Fiction” mezclado con el encerar/pulir de Daniel-San (pero con más gracia). Lo miraba, bailaba sobria, o con la elegancia de la sobriedad... Y lo miraba. Barlatay quería saber que lo mejor era tomarse el trago rápido e irse de ahí, pero no lo sabía, y mantenía una lucha interna con su mano, con su boca sedienta y con ese cuerpo de más que no sabe por qué sobra. Hacía lo imposible porque la chica no notara que la veía bailar. Bailaba entera, la blusa blanca que transparentaba un híbrido entre corpiño y musculosa también bailaba. Los anillos bailaban en la mano muy abierta, a la altura de los muslos, como temblando. Bailaba su maldito pelo, padecía Barlatay, desorbitado pero consecuente, bailaba con su cabeza atrasada hasta una sensual corvatura. Y lo volvía a mirar. Bailaban sus muslos arrodillados, minifaldados, bailaba después haciendo alharaca con las dos amigas de turno, riendo todas de una torpeza sexy, sabiendo todas ellas que la torpeza es otra cosa, y Barlatay sintió aún más el ridículo en sus apretadas muelas.

Salió como de un trance, puso una cara acorde y fue hasta el lugar donde aún permanecían la chica y los cinco pigmeos. Fue hacia donde estaba su banqueta.

Sólo dijo “sacala”, cabeceando hacia la intrusa, lo dijo a la argentina, con acento en la segunda “a”, sin importarle si eran eslovenos o peruanos, lo dijo sin violencia pero con una dicción bastante perturbadora... Y todos, los cuatro chicos y la chica, dejaron de reírse y miraron hacia la banqueta de la sexta integrante de la banda. “Yo me voy a sentar ahí” agregó, y la chica de a poco alzó la cabeza, con la cara desfigurada, un tanto indecente. Los cinco la sacaron sin decir nada, en una mezcla de pavor y de desconcierto. Barlatay se sintió un poco culpable, quizás esperaba que le exijan una explicación, de esa manera hubiese sonado más sensata la demanda, porque él había pasado ahí toda la noche, ¿acaso ninguno de los seis lo había notado?, “pendejos del orto”, se dijo, lastimando a la culpa de un whiskazo.

Ya entraban las 3 de la mañana, Barlatay resopló el mal momento y se dispuso a armar otro cigarrillo, luego se alumbró la cara, acercó el tabaco y lo caló bien fuerte, acto seguido giró la cabeza hacia el sitio donde seguían bailando las muchachas, incluída “esa” muchacha. Sintió bajar su propio ceño iracundo en la mirada, que esa vez duró un par de segundos más que todas las miradas tartamudas del resto de la noche. Vio como la muchacha que seguía revoloteando perdía la sonrisa, hasta el punto de desaparecer casi por completo. Después ubicó la mirada en las otras dos, se alternaba entre una y otra, hasta que ninguna de las tres casi sonreía. Se aseguró la ausencia total de gracia, rehizo el giro y caló de vuelta hasta el fondo de sus pulmones, tiró el humo y acabó el whisky de dos largos tragos.

Pasó un rato más entre tres cigarrillos, el cenicero no estaba tan mal después de toda una noche, en el ínterin fue hasta la barra una vez más con su mirada casi hacia adentro. Luego de un tiempo tan indeterminado como agradable, se paró y fue hasta la salida, sentía adecuada la hora de volver a casa. Las chicas ya no estaban detrás de él, en algún momento se habían ido del bar, pero Barlatay no había vuelto a mirarlas, y como tampoco giró la cabeza en ese efímero camino hacia el primer escalón, no se dio cuenta si estaban o no, pero no lo calculó, incluso está de más decir que le dio lo mismo. A mitad de las escaleras, ebrio en su burbuja, y francamente sin seguir una línea de pensamiento, tarareó la versión de “El baile oficial” que solían dedicarle sus amigos: “La policía - no baila, gobernador - no baila, mi profesor - no baila... y Barlatay... no baila!”.



viernes, 9 de octubre de 2015

Los sueños y los despiertos


Los sueños de la quiniela se acomodan en un punto arrabalero, no sé bien por qué, pero me resultan una especie de tango tartamudo:

00 Huevos
25 Gallina
50 El pan
75 Payaso
01 Agua
26 La misa
51 Serrucho
76 Llamas
02 Niño
27 El peine
52 Madre
77 Las piernas
03 San Cono
28 El cerro
53 El barco
78 Ramera
04 La Cama
29 San Pedro
54 La vaca
79 Ladrón
05 Gato
30 Santa Rosa
55 Los gallegos
80 La bocha
06 Perro
31 La luz
56 La caída
81 Flores
07 Revólver
32 Dinero
57 Jorobado
82 Pelea
08 Incendio
33 Cristo
58 Ahogado
83 Mal tiempo
09 Arroyo
34 Cabeza
59 Planta
84 Iglesia
10 La leche
35 Pajarito
60 Virgen
85 Linterna
11 Palito
36 Manteca
61 Escopeta
86 Humo
12 Soldado
37 Dentista
62 Inundación
87 Piojos
13 La yeta
38 Aceite
63 Casamiento
88 El Papa
14 Borracho
39 Lluvia
64 Llanto
89 La rata
15 Niña bonita
40 Cura
65 Cazador
90 El miedo
16 Anillo
41 Cuchillo
66 Lombrices
91 Excusado
17 Desgracia
42 Zapatilla
67 Víbora
92 Médico
18 Sangre
43 Balcón
68 Sobrinos
93 Enamorado
19 Pescado
44 La cárcel
69 Vicios
94 Cementerio
20 La fiesta
45 El vino
70 Muerto sueño
95 Anteojos
21 La mujer
46 Tomates
71 Excremento
96 Marido
22 El loco
47 Muerto
72 Sorpresa
97 La mesa
23 Mariposa
48 Muerto que habla
73 Hospital
98 Lavandera
24 Caballo
49 La carne
74 Gente Negra
99 Hermanos


Tienen olor a mate cocido, pueden leerse como vino en pingüino de cerámica, como polvo sobre los muebles. Se apoyan sobre manteles plásticos a cuadrillé, silbando bajito, entre religiosos suspiros de señoras que suelen hacer ñoquis caseros los 29.

Cien imágenes variadas, etéreas, subjetivas... y etcéteras, que no caben en esta oración.

Llaman la atención Santos y Santas (tantos que ni los enumero). Se beatifica Cristo, Iglesia, Virgen (que al no tener artículo suscita dudas, pero no creo “correcto” explayarme precisamente en este párrafo). Reza un Cura, El Papa, La Misa... Pero aunque me parezca un tanto grotesca la cantidad de sueños eclesiásticos, por otro lado es lógico... La suerte cree en Dios, por sobre todas las cosas.

La bocha reemplaza al fútbol (desde un punto de vista deportivo, sin rebusque de “cabeza”), el arroyo al dique, la ramera a la prostituta, mientras que los gallegos marcan una época. El jorobado bien podría ser el ciego (no es un ejemplo antagónico, sino más bien cotidiano), la gallina bien podría ser el pollo, el revólver la “pistola”, el barco el avión, o por lo menos el velero.

Hay varias ramificaciones, por lo cual es lógico que algunos sueños abarquen más de un terreno, y otros ninguno fuera del azar naturalmente dicho. Lo que sí me parece digno de recalcar, es que si bien están titulados por el evidente hecho de soñar con alguno de ellos, cierto es que elegimos jugar por situaciones casuales dentro de la vida despierta. Abarcan lo que se sueña, y lo que se vive, y yo presumo que fueron concebidos con esa idea dual.

Pero no puedo dejar de repetir que siento una milonga disgregada al leer una y otra vez las menciones. La gallina se me aparece en un campo de hace tiempo, el perro y el gato callejeros, buscadores de fortuna entre lo que nosotros llamamos basura. La mesa es un tablón dominguero, la escopeta está escondida para ahuyentar rufianes, las flores son llevadas por un amante de sombrero. La pelea es en un ring, en un polideportivo que permite fumar. El pan no puede... simplemente no puede ser pan de molde.

Me encantan los sueños que se hacen cargo de su melancolía temporal sin necesidad de análisis: La yeta, excusado, ramera, la bocha, o la lavandera. También me gusta que no todos lleven artículo (no así para redactar este texto), pero en eso preferiría ahondar más adelante.

La muerte es recurrente, quizás porque el juego puede salvarnos, tanto o más que la fe, y yo no sé si poner comillas en “puede”, en “salvarnos” o en “fe”. El muerto, el muerto que habla, el muerto sueño (de palabra a palabra, sin intermediarios, una de tantas incógnitas que pasean por mi cabeza). Tres muertes que se personifican en un ser puntual, aunque no en la muerte per se, y no sé qué decir al respecto, o no sé si valdría la pena decir algo.

Las comidas no tienen elaboración (bueno, salvo la manteca y el pan, pero me refiero a elaboraciones tipo ravioles, locro o empanadas): los huevos, la carne, los tomates, la leche, el pescado y el aceite. No estaría mal que aparezca el mate, de hecho no entiendo su ausencia, como la del café, el azúcar, o la sal.

No sabía en qué momento empezar con la abstracción, y ya no puedo esperar... voy. Cierta abstracción es la que me permite divagar, y si hablamos de una apuesta romántica, se trata de volar con unas alas largas y pesadas que se mueven lentamente. Palito, cabeza (sin artículo, me encanta), la carne (de tan obvio se me aparece complejo), la luz, gente negra (sublime), el payaso, agua (porque aparece inundación, por lo que la complejidad es más que posible), el balcón (y esto es más bien personal), la caída, humo, o el miedo. Ya sé que la abstracción es un tema ambiguo, pero de eso se trata un poco, de usar la imaginación para sospechar qué hizo que un tipo juegue al palito, o a la luz. Otra vez, no se trata sólo de soñar con algo, sino de lo que vivimos estando despiertos ¿Qué tiene de abstracto el humo? Bueno, sin dudas que lo mismo que puede tener la gallina si nos ponemos cabeza abajo, pero el humo acarrea otras propuestas, no sólo la de un cigarrillo o la de un incendio... que para algo tiene su propia casilla. El humo puede significar la angustia, el arrepentimiento, o por qué no el engaño de su amante (no de su novia, ni esposa... a-man-te).

Así caigo en la mujer y en todas las derivaciones familiares, el tema de citar (más) abstracciones lo sigo después, quizás sin precisión, sino más bien en una especie de enfermedad de escritor mediocre, a salpicones. En fin, lindo cuadro familiar: madre, niño (sé que no es hijo, pero igual aplica), sobrinos, casamiento (ídem niño), marido, médico (es la profesión del marido, qué le vamos a hacer) y hermanos. No están ni los cuernos ni el divorcio, el primero se me hace un ausente, casi me suena a que simplemente se lo olvidaron... Iba a citar a la fiesta, pero de momento me guardo ese placer literario.

De más está decir que la poesía no se ha ausentado de mi querido amigo invisible. Porque... no tengo idea del origen de los “sueños”, y a decir verdad no sé si quiero saberlo antes de terminar este pequeño texto, quizás sea de una verdad tan rotunda e irrefutable, o de una simpleza tan decepcionante que me arruinaría este grato momento (aunque por otro lado me niego a admitir que pueda existir dicha simpleza).

Decía, lo poético, y si bien puedo intentar mantener la naturalidad de la expresión, de no hacerlo pretendo ejemplificar.

Soldado, ¿ex combatiente, o de plomo? Quizás extorsionado joven argentino que dejó a sus novias para pelear una batalla de barro y de frío.

La niña bonita, qué bárbaro, qué adjetivo. La niña bonita era jovial, ya a estas alturas ha abandonado la cinta en sus cabellos, ahora lo lleva corto, como la mayoría de las abuelas que dejaron pasar el tiempo sin que crezca la desazón.

El barco (este es el más personal). El barco es despedida, nada tiene que ver con la pesca ilegal de ballenas en la costa nacional, el barco es un viaje largo que va a sopesar los recuerdos de la despedida, es el vaivén estomacal acompañando al mar, el barco es el horizonte amarillo de un sol abandonado.

Llamas estuvo trastabillando entre mis candidatos, pero ya lo dije, la existencia del incendio nos invita a darle otro peso, al igual que el que se le puede dar al humo. Las llamas no son necesariamente pasión, aunque sí son fuerza visceral, que no es lo mismo, porque la pasión quema desde todos lados, y estas llamas queman desde adentro, sin que se vean los daños.

La lluvia y el balcón escriben su propio poema (abstracto, poético, suicida), yo los dejo de la mano, y no pueden negar que lo ven a ese tipo, apoyado en la baranda mientras el agua solloza desde el abismo del techo taciturno (y algo barroco).

Las piernas, quizás otro ejemplo personal, porque las veo cruzadas y desnudas, con tacones cansados de bailar. Y no hay ganas de imaginar quién las porta, sólo esas piernas son capaces de escribir una novela.

No llevo un orden, sino más bien un desorden, pero era mi idea, mala tal vez.

Hay otros animales (además del perro y del gato, delincuentes del basural de calle Suipacha), caballo, víbora (ambiguo, claro), mariposa o pajarito... Pajarito, qué decir de este diminutivo tan “canario”, tan jaula en el jardín del patio interno de un caserón de techos altos. Es, sin dudas, otro evidente condimento tanguero. Hay un insecto también: lombrices (no gusanos, por lo cual no puedo dejar de imaginarme la relación con la pesca, otro gran ausente). Concluyo este inciso con la rata, y con esa articulación selectiva.

La Rata”, aunque “Lombrices”. “La cama”, por ejemplo, tiene también ese peso que da el artículo, así como esa impresión de estar hablando como un personaje de Roberto Arlt. El pan, el vino, pero, sorpresa (sorpresa, sí, no es que quiera sorprenderlos, uno de los sueños es “sorpresa”). Las piernas, y acá puede verse como influye la presencia o la ausencia dado el caso. Y de nuevo, cuando me expliquen la procedencia de estos detalles (porque dudo que sea aleatorio)... lo más probable es que me ponga triste. Escribir esto con la virginidad sensorial me da un placer que sin dudas me va a ser arrebatado como un piñón de realidad. El peine es otro ejempo tan articulado... como inexplicable su articulación ( no así la luz, donde se evidencia nuevamente algo “divino”).

Por otro lado, yo creo que hay algunas propuestas de por sí apostadoras, unas que ya lo llevan en su linaje morfológico, dentista es un metódico ejemplo, anillo es otro, pero la situación de anillo me inclina hacia un camino más desesperado, una apuesta menos asidua y más drástica, digamos más “divorciada”. Tengo algún detalle más conciso sobre los sueños apostadores, pero lo postergo.

Ahora el evidente, párrafo aparte. Dinero, que desparpajo ensartar a uno que corre con ventaja... Iba a ayudarlo con vicios, pero incluso este lo mira desde abajo (admito que me fastidia el constante esfuerzo narrativo que hago por diferenciar los que llevan artículo de los que no).

El miedo, la poética aversión que nos hace morir un poco cada día, qué linda es la tragedia caramba. Ladrón, desarticulado, por parecer que es un imperativo, uno que increpa, como el “ratero” del Chavo del 8, ¡ladrón!. La fiesta, otro momento que parece una historia por sí misma (les dije que volvía por este sueño). Acá el concepto se alarga, es una fiesta, con esas piernas largas, en ese casamiento que nombraba más arriba, pero esta fiesta termina mal, y no es fatalista la observación, sino que termina sin cambiar la vida de los invitados. Vasos dados vuelta, luces altas para avisar que la oscuridad, esa que proporcionaba oportunidades para terminar con la soledad de las camas de dos plazas y de un solo ser humano, se ha acabado irremediablemente. Pierde la gracia el cotillón, se ve ridículo; acodados en las mesas se miran los sobrevivientes sin esperanzas, caballeros ya borrachos se ponen los sacos, afligidos por la imagen que tenían de las seis de la mañana, cuando esos mismos sacos, estaban en las espaldas hipotéticas y destempladas de alguna de las chicas que todavía no se ha casado. Todos van a jugar a “la fiesta” el domingo siguiente, ellos y ellas.

El tipo hipotético podría rara vez jugar al serrucho, exótico y limitado sustantivo, o a la zapatilla (este último artículo es cosa mía), zapatilla extraviada de su compañera, que por algo no está en plural. El supuesto individuo jugaría al borracho, a ese adjetivo que sabe combinar las risas con la tragedia, sucede que el número que lo acompaña le recuerda a su cumpleaños. Porque claro, y será que me parecía inútil hacer alusión a esto: pero hay un número atrás de cada sueño. El loco es un loco verdadero porque está adjetivado, porque tiene-que-estarlo, de hecho no me extrañaría que él mismo venda números de quiniela por las calles. Por ejemplo, el loco coincide con la fecha de mi nacimiento, y eso, repito, indica que no siempre se juega con lo que se sueña, sino con lo que se vive (a menos que estuviese loco y que soñase con otro loco). (No estoy loco).

Los malditos también merecen párrafo aparte, lugar común acertado, observen esta historia: enamorado, pelea, sangre, incendio, ahogado, cuchillo, la caída (porque no me digan que es algo parecido a un tropezón), hospital (me cabe justito, quizás no amerita), llanto, cementerio, desgracia, la cárcel, excremento... si hasta parecen hermanos de un mismo cuento de Bukowski.

Hay varios sueños que me dicen... nada (por ahora, y quizás la vacuidad se extienda hasta el final del texto): anteojos, planta, linterna, el cerro (éste me resulta particularmente incoloro) o piojos. Todos estos, no sé bien por qué, me parecen destinados exclusivamente a acertar a la quiniela, y los otros sueños son mucho más que eso, pero no se me ocurre nada más que haber necesitado una linterna en un apagón para jugarlo a la mañana siguiente. O, ¡Rosa, el nene tiene piojos, mañana jugale al 87!.

Con eso último no quiero desprestigiar ninguno de los sueños de mi amigo imaginario, además hay que rescatar que hoy, con la globalización, habría estudios para que cada uno de ellos esté pensado para jugar con mayor asiduidad, harían cualquier cosa para hacer el juego más recurrente, y él lo ha logrado sin la presión de una multinacional. No por nada eligió los tomates y no los alcauciles, el perro y no el oso hormiguero, y eso es sólo por citar dos ejemplos.

He llegado al final, a propósito, el individuo no es un personaje de este escrito, es un sinsentido para este texto (y un claro ejemplo de mi sin-sentido común para la estructura literaria)... Pienso llamarla la “lista de un tipo” , no me pregunten por qué (ni tampoco por qué uso tantos paréntesis para hacerme el gracioso). Asimismo voy a procurar mantenerme ignorante sobre los orígenes de esta lista o del autor de la misma, porque es dicha. Y punto.

Hela aquí, un tiempo después, con los conventillos convertidos en viajes de intercambio, con la mezcla de sueños y de vivencias, con las cartas hundidas en los emails, con más ateos que religiosos, pero sobre todo con los deseos atemporales de tomarme una ginebra con el autor de los maravillosos sueños, propiedad de los que quieren un poquito... un “cachito” de suerte. Nada de “tablet”, o de “megas”, que sea de esta época, casi como de aquella, como aquella pudo parecerse a esta época, casi parecida a la tenebrosa época que se nos viene. Mi lista, la lista de un tipo:

00 La mirada
25 Desvelo
50 El semáforo
75 Los bizcochos
01 Batería
26 La puteada
51 Toco madera
76 Trámites
02 Gemelos
27 Muy salado
52 El candado
77 Mosquitos
03 Los mocos
28 Olvido
53 Abrojo
78 La esquina
04 Vegetariana
29 Cuadro torcido
54 Coca sin gas
79 Sin dientes
05 Siesta larga
30 La nostalgia
55 Papel de diario
80 La sombra
06 Rocky Balboa
31 El bondi
56.Gotera
81 Cucheta chillona
07 Sonrisa de lado
32 Beso con lengua
57 El pelo
82 Las islas
08 El enchufe
33 Papelón
58 El bar
83 Pileta
09 El delantero de área
34 Blanco y negro
59 Mal aliento
84 Cerrajero
10 Primera vez
35 Valija abierta
60 Cortadito
85 Botones
11 Erección
36 El perfume
61 Mal olor
86 La mano
12 Tarjeta de crédito
37 Dolores
62 Hombre llorando
87 Aspirinas
13Ventilador de techos
38 Mejor amigo
63 Los vecinos
88 El pochoclo
14 Frazadas
39 Desayuno
64 Pezón
89 Con rueditas
15 El pelado
40 La columna
65 Las pilas
90 Pinturas
16 La canción
41 Crisis
66 El Diablo
91 Los puchos
17 Estornudo
42 La manguera
67 Detergente
92 Cartero
18 Sed
43 El control remoto
68 El patiecito
93 Milanesas
19 Los globos
44 Las agujas
69 Guiñada
94 El Diego
20 El asado
45 El susto
70 La jubilación
95 Lapicera
21 Cáscara de banana
46 Pinchadura
71 Orientales
96 Al revés
22 Ravioles
47 El vuelo
72 Cajón vacío
97 Los colmillos
23 El foco
48 Alambre de púas
73 Sin teléfono
98 La plaza
24 Yerba lavada
49 La mancha
74 El incienso
99 Una tal Ana










miércoles, 12 de agosto de 2015

Casi casi...


Las canas del tiempo se niegan a teñirse el pelo, el pelo me tira de la cabeza, la cabeza confirma que el corazón ha muerto. La muerte que se cruza de piernas, las piernas mal puestas en mi cuerpo, medio cuerpo de ida y de vuelta. Las vueltas que dan mis ojos alrededor de la vida, la vida que husmeó el movimiento de la muerte en busca de su sexo, el sexo que mantuvieron mi cabeza y mi corazón antes de que el corazón muera, la muerte estampada en una camiseta hipotética, la camiseta rasgada de un niño que hablaba solo, la soledad amenazada para que alguna sonrisa tenga sentido.

Algún sentido buscando a los otros cuatro, ligar todas las manos un cuatro de copas. La copa astillada con vino que de manera inexplicable no me corta los labios, los labios del corazón si se lastimaron y susurraron entre burbujas de sangre, y esa sangre rodó a causa del niño perdido.

Le pregunto a la cabeza si alcanzó a oír al corazón antes de que muera. “La muerte me distrajo con su sexo”, dice. Tengo sexo con la vida, bífido, pensando en el placer y en la frase murmurada, si la frase tuvo algún sentido, el sentido del cuatro de copas se me viene a la cabeza, la cabeza dentro de mi cabeza me asegura que en esta vida lo voy a ligar todas las manos. Con las manos he mutilado a la vida, la vida mutilada con la copa astillada, “la copa estaba sana” había dicho el corazón, lo dice la vida antes de tener sexo amable con la muerte. La vida, aunque mutilada, se ríe a las caracajadas.

Me obligan a mirar, miro porque las desafío, el desafío es que no ruede ni una lágrima, las lágrimas casi explotan en la muerte porque ha perdido protagonismo, la muerte envidia el placer sórdido de la vida. ¡Basta!. El silencio explota con el grito, mi voz derrumba el silencio sorpresivo... Despacio alejo el cuchillo, mi garganta queda con un pequeño asterisco rojo. Basta, la mano hace temblar el metal y su brillo. Basta, suelto de a poco mis muelas narcóticas rogando quedarme dormido.