lunes, 12 de mayo de 2014

Scrabble (cuento)

"2009, y quizás ese también eras vos..."

Quizás hoy no pueda escribir. Creo comprender que la culpa es del tiempo, o mejor dicho, la culpa es mía por darle prioridad al tiempo, o tal vez a la ansiedad. O a las dos, tiempo ansioso, ansiedad temporaria.

Procuro tranquilizarme, y sin miedo, me animo con esta frase mal hecha: Escribir, estoy escribiendo; de momento no importa qué.

Este texto me va a tragar pero no todavía, sé que alguien anda por ahí, se que me está viendo. Pero pareciera que me descalifico de antemano, buscando tantas ideas y mediante esa acción tapándolas a todas; no suelto mis dedos y cada letra es dubitativa, cada palabra es desvestida y vestida con mucha incertidumbre (basta ver el párrafo anterior).

Pienso tanto que no puedo deletrear lo que quiero, dejando manco ese momento en que mi corazón hace una pausa y yo transpiro tres ideas esperanzadoras. Literalmente. Es un poco desagradable que sude tanto cuando escribo, aunque por otro lado me agrada que mi cuerpo pueda hablarme.

Miro al techo, tiene algo que contarme, y veo que las paredes de mi mente se desmoronan al no tener nada que responder; “quizás la culpa sea de quien no me lee o de quien me debería haber leído”, pienso.

Pero casi sin darse cuenta mis dedos se sonrojan, al borde de perdonarme; los dejo ser y los pobres se desviven por no distraerse.

Poco a poco, como un caracol extenuado, dibujan a una viuda embestida por una brutal borrachera que saben nos cruzamos (aunque sin especificar dónde), se nota que ha llorado y que puede volver a hacerlo. Mi reloj interior ya se quedó dormido, al final quizás pueda darle vida a este texto...

El techo les dice que en vez de un vestido de flores la vistan toda de negro, todos estamos de acuerdo y pasa ella a llamarse Norma, quien a su vez, tenía un amor que también empezaba con “N”, aunque dicho nombre no contenía todas las letras de la palabra “amor”. “Es como un Scrabble”, parezco decirle a mis dedos, quizás algo apabullado por las vueltas que acabó teniendo este verso.

El techo parece saber dónde estamos, pero se mantiene callado...

Noto una sonrisa en mi cara, una idea que había estado con la mano levantada hace rato pide permiso para ir al baño; ni el techo ni yo entendemos de que se trata esa abstracción pero hoy quienes mandan son los dedos, así que no objetamos nada. El silencio nos cosquillea la panza y el tiempo se detuvo, el fin ahora parece más relajado o al menos perdió el miedo. Otra sonrisa y punto aparte.

La viuda me mira desde adentro, el cuento me ha tragado. Me dedica una mirada fría, casi ausente. Una parte de mí cuenta que ya “no es” triste, que es sólo por esta noche; su crema de menta con soda parece más tambaleante que su pena y se sienta apabullada en un banco que ya no sabe qué hacer para que se quede quieta. “¿Vas a hablar nada más que vos, meta rima nomás, o puedo ser de una vez Norma?”, dice como si de repente estuviese sobria. Yo empiezo a dilucidar dónde estamos...

Todos han dejado el bar salvo el camarero que trapea la barra, ella le da la espalda girando en el taburete y me comienza a hablar de Norberto, o al menos eso intenta, ya que le toma demasiado tiempo juntar el aire. Pero mis dedos están atentos y escriben que dicha dificultad acarrea dolor, que nada tiene que ver con los efectos de la bebida. Mis condolencias por la rubia carecen de hipocresía, pero yo sé que me doy aún más pena. Mis dedos se abandonan entre mis pensamientos y se comienzan a quedar dormidos, les grito y aparece una palabra que hace mucho buscaban: cigarrillos. “La coherencia va a empezar a reírse de mí si no nos tomamos esto en serio”, les digo...

Ya muero de ganas de adueñarme de sus manos, de acariciarle la espalda y de hacerla perfecta. Viste un pasado lleno de cigarrillos largos y de memoria selectiva, toda una vida dedicada a la docencia y a su pasión por el tango, resume, antes de pedir más menta y menos soda. Sus curvadas pantorrillas le cuentan a mi curiosidad que es una gran bailarina, mientras me aclaro que no estoy acá para intentar seducirla.

Comienzo a transpirar y entiendo que voy por buen camino, escribo lo que puedo justo cuando Norma se cruza de piernas y yo tengo que darme vuelta para perderme el movimiento, llevado por ese respeto evasivo que siempre creo conveniente.

Volvemos a mirarnos cuando ella me obliga a tomar cualquier cosa, le sienta mal que no beba. Elijo un vino tinto de un valor que ni mis dedos se atreven a tipear y ante su sorpresa de ojos entreabiertos, le explico que mi cerebro invita. Al menos ya no sospecho que quiera llorar.

Juro no leerme hasta otro momento y mis ideas me creen, mientras el gesto es agradecido por mis dedos. Entiendo que no he borrado ni una foto de Norma ni una letra que la ha descrito, escribir me transporta, me avergüenzo ahora por la manera en que comencé este cuento.

Mi personaje amenaza con irse si no le presto más atención, me disculpo agarrado de un brindis: Le digo que brindo por ella, (por su difunto esposo no me atrevo), y acoto despacito que desearía saber bailar tango para poder sentir su cabello en mi nariz... Ella sólo responde salud.

Me río al ser despreciado por mi propio drama mientras el tiempo sigue sin ser una amenaza. Otra gota roza mis brazos haciéndome destilar alegría.

Le pregunto al camarero si es hora de cerrar, él responde que recién son las once, “pero si hace cinco minutos eran las cuatro”, pongo yo entre comillas. Él me guiña el ojo y me rellena la copa... Quizás Norma deje de ser viuda.

Noto que se va haciendo a cada minuto más joven y menos... estoy algo vulnerable y tartamudeo cuando me mira, al parecer ella está bien como está, viuda y todo. Me hace recomenzar con sentencia unánime: Norberto era mecánico dental y un gran hombre, me intento disculpar y ella me dice que me disculpará pero más adelante.

Mis dedos, el techo, Norma. Todos empiezan a hablar de él, la atención del bar le pertenece y yo me decido a hacer de traductor. Se conocieron en un arenero, explica, al cual él llevaba a su sobrino todos los jueves; admite casi al borde de toquetear los recuerdos que por supuesto que pensó que era hijo suyo. Que en lugar de ir a la plaza ella se dirigía a comprar los ingredientes para un merengue, aunque se acercó porque lo confundió con un compañero de la escuela. No me creo mucho esa parte; mis dedos, también un poco incrédulos, no se atreven a interrumpirla, yo se los agradezco sin darles respiro, aunque por distraernos nos hemos perdido el final de la historia. “Mejor”, digo yo, Norberto me había puesto celoso.

Antes de empezar a sentirme culpable me recuerdo que ella dijo que “no es” triste, el pasado pisado; el techo se burla de mi comentario incongruente y yo dudo de lo que acabo de escribir. Norma se durmió en mi hombro dándome un veredicto: Me gusta muchísimo.

Enviudó joven, me cuenta el camarero, dice que tiene treinta y ocho años, no es que yo “parezca” sorprendido, no puedo creerlo, de hecho reformulo la pregunta tres veces. Finalmente digo que parece más joven, y haciendo el tonto termino el vino de un largo trago. No estaba dormida, me dice que no me haga el galán mientras busca mi cara con su mano sin anillo, y al encontrarla me marca con una caricia que me cosquillea entero. “Digo la verdad Norma”.

Pido la cuenta pero antes de terminar de decir “cuenta” Joaquín me dice que invita la casa. Por alguna razón ninguno parece sorprendido, luego doy una ojeada general al espacio y pienso que podría comprar el bar, casi al mismo tiempo en que noto mi desvarío. Agradezco a Joaquín por su servicio, para eso me pongo de puntas de pie atrás de la caja registradora, abrazándolo entre palmadas en la espalda.

Cuando llegamos a la puerta la tensión en el ambiente no me deja ver, yo intento esparcirla revoloteando mis manos como espantando a mis sueños. De inmediato me encuentro a Norma con medio rostro entre sombras y una mejilla que se hincha gracias a su media sonrisa. “Lindo verso este último”, dice.

Con una timidez blanca le susurro que estoy feliz de tenerla cerca, seguido le propongo ir a otro bar en el que al parecer recién son las once de la noche, pero Norma me mira blanda, me deja en pausa tapándome la boca con dos dedos y restos de olor a perfume antes de sentenciar: “Los tangos no terminan así".

Yo me he prendido un cigarrillo buscando castigo en su consuelo y viceversa, su calma me tranquiliza y lo dejo caer al piso casi entero. Norma hace círculos con su pie arrabalero y me dice que si la vida es como mi cuento otro día sin ansiedad ni tiempo seguro nos volveremos a cruzar.

Yo quiero arrancarme las manos, pero afirmo mi aflicción con un gesto.

Me besa la frente mientras me disculpa por desmerecer a Norberto, yo confío este final a mis dedos, pongo mis pulgares en los bolsillos y echo a andar, con todos sus tacones haciendo temblar mi nuca mientras su eco se desvanece.

Yo no me di vuelta, el texto me tragó sin masticarme, descienden los decibeles del tango, casi que no se escucha. Presiento que ella tampoco giró la cabeza, y yo quiero creer que mañana también escribo, ya aprenderé a buscar coherencia.




martes, 29 de abril de 2014

Notita para el desayuno

Dijiste que te sentís cómoda cuando te miro un largo rato, “estoy como despacio...” agregaste después. Y usaste el verbo “estar”, quizás eso fue lo más bonito. O la frase entera, no sé bien.

Pero yo de repente entendí que no estás entre mis textos, que no te aceptan, que de hecho te tienen envidia... y apareció la culpa.

No sirvo para esto, sólo sé describir tragedia. Entonces: Basta, “tragidizate”...

Me levanté del sillón con tu frente apoyada en los labios y comencé a pedirte una prosa. Sí, yo a vos.

No abuses del cariño ni de las cosquillas, ¿puede ser?, no seas tan generosa con los besos, no me abraces cada vez como si hubiese muerto alguien.

Ya no tengas ese tacto musical indescriptible, basta de llorar por el jazz cuando estás borracha, ¡ah! y no calces tan poquito en tus zapatos.

No aplaudas con tanta alegría al guitarrista de la Catedral, imperfeccioná tus labios, por favor, deshacé alguna línea de tu ceño, estoy un poco harto.

Será mejor que no amanezcas tan blanda, que no atiendas el teléfono con un “chau”, que no bosteces tiritando.

Necesito más reclamos, por ejemplo, alguna vez mirá el celular cuando te hablo, no entornes los ojos para hacerme burla, dejá-de-decirme feliz cumpleaños a cada rato.

No sepas despeinarte, expulsá esa postura de bailarina en tus momentos de paciencia, y otra cosa, ya no debe salirte tan bien la imitación de aquel cantante italiano.

Dale un respiro al sol, no te cepilles los dientes espumando  trabalenguas, no te ensambles con la lluvia. En un primer resumen, no me hagas sentir liviano.

No hay pilares que sostengan las ardillas que viven en tus manos, perforate las orejas porque a fin de cuentas es moda, y de una vez... revelá el famoso rollo de “24”.

Dejá de inventarte los puntos cardinales, de verdad, no me ganes en los sueños... la imperfección no puede parecerse tanto a la dicha.

Podrían perder la gracia tus notitas en la heladera, tus modales con los ancianos, podrías cuidarme menos de vez en cuando, dejar de esconder primaveras para nuestros momentos malos.

Quitale las rueditas al alma, no encuentres el arte tirado (no puede seguir siendo “suerte"). Y por Dios te pido: Sé más esdrújula para los regaños.

Andá haciéndolo de a poco, no es necesario que sea de golpe, te dejo este papelito al lado de las tazás de café, éste, sí.


Pd: Decepcioname, dale, pensalo...

miércoles, 9 de abril de 2014

Te guste o no


Ya lo he decidido, y es irrefutable.

Vas a necesitarme, a convertirte en mi cansancio. Voy a ser el encargado de tu shampoo, de tus medias de lana para el invierno; seré el absoluto responsable de que te quedes tranquila, porque aquel ladrido de perro, aquel que llega desde tan lejos, es un ladrido a salvo.

Lo siento mucho, pero no hay cómo evitar que nuestras manos se vayan meciendo en un paseo nocturno y veraniego, los martes te tocará elegir si pescados o verduras, voy a coleccionar tus sueños, te guste o no, e iremos al supermercado, quizás los jueves que hay ofertas... Divididas las frutas de las conservas, atiborrado el freezer con tus miedos, gaseosas abajo, beso en la espalda de tu cuello y cosquillas en la cocina.

Me comprometí a desafiar a tus estornudos extraviados, a traerlos de vuelta de las orejas; a que la siesta me pida permiso para despertarte, a que el café no se anime a tener frío. Ya está hecho, tu infancia va a estar en el cuarto de invitados jugando con otros niños pero sin hacer ruido. Conseguí el tobogán cíclico que no te animaste a pedir en los Reyes del '88 porque te daba vergüenza. Nada de qué preocuparte, las "cascaritas" de maní van a estar siempre en mis dientes frontales, el reloj un poco antes, el ver-da-de-ro olor de casa como prefieras.

No te esfuerces en revertir esto: Vas a ir a vestirte, noventa y seis atuendos, reversibles, intercambiables. Tetris de tela. Mi deber es que sepas que noventa son formidables, que seis son un milagro y que estoy listo para empezar de vuelta.

Estoy preparado para que lleguemos a la confitería cuando les “quede sólo uno”, “el último”, porque tengo compromiso pleno en administrar lo que te alegra, tu felicidad en trocitos. Perdón por todo esto, pero es mi obligación que lo sepas.

Si llegás muy enojada por unas nubes de sobra voy a leer ese cuento que te gusta. Al principio me vas a golpear fuerte en la cabeza con una cuchara enorme, a preguntarme si soy idiota, alternando el insulto con un “¿ah?”, diciendo la palabrota bien lenta; varias veces se va a escuchar el “toc” de la madera en mi hueso. Mi voz, leal, va a seguir relatando la historia, me vas a golpear de nuevo sin tanta fuerza porque vas a percibir que remo a través del odio... Te cambia un poco el gesto, yo escribo ahora en presente y percibo que se ablanda la carne de tu cara. Me empujás despacio, si acaso ese es el verbo que aplica; sigo leyendo el cuento a punto del temblor, porque aunque tu mirada me hable tengo que concentrarme en la historia y en mis futuros chichones. Pero al fin estás por permitirme el abrazo, la fiera se aplaca, el pecho, tu cabeza, casi caliente y cansada, tu respiración que va olvidando que el mundo es negligente, que no sabe que sos lo único que importa. Termino de leer el cuento merodeando tus oídos que casi roncan. “Detestame, censurame, olvidate de mi cada día, total ya lo he decidido. Y no es negociable”.

Es lo que me toca, cuando enumere las carcajadas no vas a poder creerlo, me vas a pedir un recibo,para luego darte cuenta que no mentía, para apretar el orgullo entre tus piernas.

Tengo que ser el índice que eleva tus gafas por los nervios, la paciencia suficiente para los cierres de tus chaquetas, el ruido agónico de tu primer mate malhumorado, el cesto de residuos vacío, la precisión que da vuelta las tostadas, el optimismo de la sensación térmica, el caramelo de menta.

No te resistas, estoy obligado a comportarme como el sostén de tu bolsillo que molesta y pesa, como la trabita extraviada de tu pelo. Te lo digo de otra forma, si te irrita el humo voy a esconder los encendedores, sino voy a reciclar ceniceros con la ansiedad que expulsa tu cuerpo.

Sé que suena un poquito avasallador, parcial, pero el diablo no es el único ángel, ambos aprendimos de esos clavos de mentira. Con todo el alma te juro, cursi, por eso casi no lo digo... Aunque no lo termines de entender, ni ahora ni aunque me lo pidas de nuevo. Va a ser desde tu espalda, desde el volumen de tu sombra, y no creo en el destino, ni en que algo esté escrito, pero me vas a necesitar.

Y está decidido.

miércoles, 2 de abril de 2014

La puerta del portarretratos (cuento)

Mi mamá me vivía diciendo que no juegue en el comedor. No sé cómo pero se daba cuenta de que tenía la idea en la cabeza, entonces me advertía, “Qué te he dicho antes Leo, si vas a jugar, en - tu - pieza”, o cosas así.

Pero mi pieza es chica para jugar y tampoco tenemos patio porque vivimos en un edificio.

Además en mi pieza me siento raro, porque para que ni papá ni mamá puedan meterse a veces cierro la puerta, porque entran y arruinan todo cuando me preguntan a qué juego. En fin, cuando quiero quedarme solo y la cierro, me ahogo, como que la puerta abierta me deja respirar mejor. No sé bien por qué será eso.

Sé que no se juega a la pelota donde hay tantos adornos caros y jarrones, y fotos de la familia, casi todas en portarretratos pesados. Con respecto a las fotos mi hermanito es el que más tiene, por lo menos cinco o seis veces más que todos nosotros. Lo malo es que como no pudo crecer todas sus fotos son de cuando era casi un bebé. Para mí parecen todas iguales, aunque a mi mamá no se lo digo.

Ya rompí algo antes de que pasara lo que quiero contarles, un huevo como de cerámica que le había regalado mi abuela a mi mamá. Pero ella ni se dio cuenta, me acuerdo que estaba solo cuando pasó porque mi papá estaba durmiendo la siesta, él duerme mucho la siesta, pero me refiero a estar solo en el comedor haciendo eso que no se hace. Toda la tarde estuve asustado por el escarmiento que se me venía encima, pero creo que hasta hoy mi mamá ni sabe que el huevo ya no está encima del mueble.

Yo no mentí ese día, el del huevo, si es verdad que no dije que lo había roto, y desde lo de mi hermanito que mentir o quedarme callado me ahoga, como el que siento en la pieza mientras juego.

Así fue que seguí jugando ahí, es que me daba como electricidad jugar a la pelota en el comedor, era como feo y lindo al mismo tiempo. Una parte de mí tenía muchísimo cuidado, pero la otra no tanto.

Se imaginarán que no le apunté al portarretratos con la pelota, sobre todo porque de haberlo querido hubiese sido imposible, fue una carambola sin suerte, pero para qué explicarle eso a mi mamá.

Ese día ella llegó justo cuando rompí la foto de mi hermanito, bueno, el portarretratos, las fotos no se rompen. Pero eso a mi mamá no le importó, me gritó llorando, o lloró gritando, no sé bien: “Mil veces te dije que no juegues acá”, “por qué nunca me hacés caso”, y un montón de otras frases que siempre me dice, salvo que esa vez lloraba como lloro yo cuando me encapricho con algo. Mi papá salió de la habitación en pijamas, además de dormir la siesta pasa mucho tiempo en pijamas, creo que la única que trabaja es mi mamá, a él le dieron como unas vacaciones por estar triste. En fin, él le decía que se tranquilice, que a fin de cuentas no era para tanto, pero yo sé que ella tenía razón, no podía jugar ahí y me lo había dicho muchas, muchísimas veces.

Agarró la foto de mi hermanito y se fue a la cocina. Mi papá se le fue atrás andando como cansado, y cuando llegó a la puerta se dio vuelta y me susurró que me vaya a ver la tele a mi pieza. Yo quería recoger los vidrios y los pedazos de marco que habían quedado en el piso pero mi papá no me dejó, dijo que ya lo hacía él. Tenía una cara muy tranquila cuando me hablaba, y el llanto de mi mamá que venía desde la cocina me hizo acordar a la cascada que hay en un río al que fuimos una vez de vacaciones. Me dieron ganas de decirle que no iba a jugar más ahí, pero no sé si podía servir de algo así que me fui.

En la tele había cosas buenas para ver, y a pesar de que me encanta cuando hay tantos programas divertidos al mismo tiempo, no dejaba de pensar en el día en que mi hermanito se me quedó mirando como una hora desde la cuna y yo no dije nada, porque para mí que se hacía el tonto, no me acuerdo en qué pensé durante todo ese tiempo al lado de él, pero seguro fueron tonterías, nada serio. Yo creo que estaba sorprendido de que esté tan quieto. Todavía no sé cómo puede uno darse cuenta que es malo que los bebés se te queden mirando una hora sin moverse. Como no me gustaba pensar en eso, me paré y abrí la puerta que había cerrado para olvidarme del portarretratos.

Con la puerta abierta se escuchaba la voz de mi mamá y de mi papá, y cómo andaban de un lado a otro y recogían los pedazos de vidrio. Pero como les dije, no sé por qué muchas veces me cuesta decidir si prefiero tener la puerta abierta o cerrada.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Acá no...

Cada beso tuyo me enerva. Agustín, esto no se hace.

Estoy de acuerdo, Leticia tal vez exageró, sé que su portazo hizo eco en tus recuerdos más peligrosos, que presentís ahora que su risa (con todos esos dientes acompañando el gesto), parece un acertijo, un río lleno de piedras.

En este momento tan terco el calor de tus labios se siente como una amenaza de incendio, es que tus dedos hacen demasiada fuerza en este dolor nuestro, en este domingo al revés. Quisiera tener manos para rozarte la cara, poseer también esa telepatía que a ustedes los envuelve y convidarte un trocito de calma.

¿Por qué habrás elegido este rincón? La luz parpadeante de esa especie de lámpara nos degrada. Fue decisión tuya empeorar el día, y yo no tuve tiempo de objetar nada, obedecí por el ardor ansioso de tus costillas, por esa inercia que siempre me obliga a acompañarte. No lo voy a negar, después de andar extraviados por el barrio la mañana entera sin que me enciendas sospeché que planeabas alguna estupidez.

“La desgracia desafía los límites de la desgracia”, querés a Leticia con las muelas porque nunca aprendiste a llorar, y se traba tu corazón cuando algo se les quiebra. Pero no imaginé que harías malabares con los fósforos justo acá. Sin embargo nos ensartamos en este asiento metálico, que del confort sólo sabe que lo envidia. Esto está mal Agustín, empezamos a ser testigos de gente ajena al mundo que hoy te castiga, gente que vuelve o que se marcha; con sus muecas dominicales, fatigadas y a la vez sin cansancio ¿Y para qué? 

Presiento que disfrutás del riesgo con mi piel ya húmeda en tu boca, pero tu cabeza va de lado a lado, no podés creer el desentendimiento de los pasajeros. Aunque claro, Leticia no les escupió esa maraña de palabras crudas, no sufren porque tenga pesadillas de gritos y bruxaciones y látigos y sangre negra... y qué mierda es todo esto ¡Ay Agustín! Nos miran con miedo, no parecen tener compasión a pesar de que farfulles palabras que si bien son ininteligibles, delatan a un amor equilibrista que padece cataratas; no sienten pena porque te rasques el pelo enredado en tu mirada que a su vez se enreda en el piso.

Le dijiste a Leticia que ibas a dar una vuelta, o “lo” dijiste, por su enojo quizás tu voz le pasó de largo. 

Nunca salís a “dar una vuelta”, menos en medio de un invierno con sobredosis de viento, si en cuanto salimos del edificio parecía que Barcelona quería trasladarse eólicamente hacia otro lado ¿Cuántas horas se habrán perdido desde que nos fuimos? Cómo iba yo a saber que escogerías esta estación para hacernos jaque mate en silencio. Te digo, si no fuese domingo ya estaríamos dándole explicaciones a un Mosso d'escuadra, pero eso está por pasar, yo sé de lo que hablo. Hago la predicción de tu comportamiento: Como para vos cualquiera puede ser un ángel de Wim Wenders, le vas a contar que el pelo de Leticia, más temprano, en un siglo sin posdatas, rozó las tazas mientras servía el café; que no sabés llorar porque nunca estuvo en los manuales de los González – Prieto, entre otras cosas. Y seguro vas a pensar que no le va a importar que estés conmigo. Si tenés suerte te va a pedir que lo acompañes, pero para mi que te esposa...y yo al suelo, mitad ceniza, mitad simbiosis de tu amargura.

El ruido que hace nuestro humo es tan seco, parecemos latir los tres como un suspiro quebrado. Se dibujan en tu frente figuras grises e hipotéticas: El abrazo de Leticia en su su versión niña cuando demanda “apretón Don González – Prieto, quiero apretón”; sus gafas oscuras, vagabundas extraviadas de la habitación; el dique de sus lágrimas. Pero todo se disipa cuando cerrás los ojos, pesados y arrepentidos...Agustín, vos también estuviste mal.

Ahí viene un empleado de la estación, ¿no te dije? Yo ya soy casi la parte amarilla, pero antes de extinguirme, mortal y efímero como siempre, quiero dejar advertido que los conozco bien. Leticia te va a buscar en dos horas en la comisaría, más enfadada que antes, sí, pero eso no importa. Además, hoy creo que vas a llorar en ese merecido asiento trasero del patrullero acurrucado contra la ventanilla; y ella va a notar lo rojo en tu mirada cuando te estén devolviendo los “efectos personales”. ¡Se quieren Agustín! No te olvides. Y soltame, que atrás del muchacho viene un policía, te lo advertí, abajo de la lámpara puede leerse: “Acá – no – se fuma”.